Opinión

El nuevo impulso agrícola

Los precios de los granos están en máximos de los últimos años y se abre una nueva oportunidad de crecimiento agrícola. Sin embargo, la aplicación de avances científicos y biotecnológicos -tan reconocidos en la gestión de la pandemia- enfrenta trabas en las chacras. 

Nicolás Lussich /Ing. Agrónomo MBA / Periodista

El precio de los granos ha tenido un fuerte aumento en las últimas semanas, configurando un escenario positivo que puede ser la base para un nuevo ciclo de aumento de la producción agrícola en Uruguay. La demanda global liderada por China sigue avanzando, a pesar del impacto de la pandemia de coronavirus en la economía mundial. Parte de este aumento de la demanda está asociado a problemas circunstanciales, como la fiebre porcina que impone recomponer la oferta de carne, pero aun dejando de lado estas cuestiones -que pueden cambiar de un año a otro-,  la trayectoria de la demanda es de una permanente suba en prácticamente todos los granos. Así, hemos asistido en los últimos meses a intensas compras de China en Brasil y EEUU, especialmente en soja y maíz. Los grandes compradores de trigo y arroz también están más activos.

La oferta -por su parte- ha sufrido adversidades climáticas, en especial en EEUU y en Europa, mientras se configuró La Niña en el Pacífico, que puede afectar la producción de América del Sur, todo lo cual configura un escenario alcista. Así, los precios de la soja llegan a un récord desde 2016, mientras la relación stock/consumo está en un mínimo desde 2014 (gráficas). El mercado se mueve con rotunda lógica: si la producción no es suficiente para cubrir la demanda, manda la señal de precios para que la oferta aumente.

El nuevo escenario encuentra a la agricultura uruguaya en una situación diferente a la del anterior ciclo de expansión agrícola 2006-2014.  En aquellos años se salía de una crisis financiera con devaluación, los costos eran bajos y se partía de áreas reducidas. Hoy los costos de producción son notoriamente mayores, las regulaciones para la siembra son más exigentes – lo cual es bueno-  y el área  -si bien es menor a la de los máximos de 2013-2014-,  es una superficie respetable, de tal manera que el crecimiento seguramente será más paulatino. Este año es posible que haya un leve aumento del área de maíz y la soja podría volver al millón de hectáreas, pero La Niña es una amenaza que llama a la cautela. 

En cualquier caso, el sector agrícola hoy luce más robusto y diversificado. La productividad es mayor en casi todos los cultivos. El caso del maíz es especialmente ilustrativo y expresa la incorporación de mucha tecnología, tanto en manejo como en genética.  Asimismo,  es una agricultura más diversificada: el área de trigo está en su promedio histórico, pero tiene buena compañía de la cebada -que se afirma- de los oleaginosos de invierno (colza y carinata). De tal manera que el área de invierno superó las 500 mil hectáreas (máximo desde 2014). Esta diversificación es positiva para la sostenibilidad del sistema,  y otorga una base más amplia para la instalación de los cultivos de verano de segunda. La soja -principal cultivo-  también se ha consolidado con rendimientos mayores, aunque siempre susceptibles al clima.

Agenda agrícola. Precisamente, para contrarrestar la incertidumbre climática, desde el MGAP se están impulsando la incorporación de seguros agrícolas, que ya están rodando pero pueden tener una adopción mucho mayor. Si bien -por razones presupuestales- no habrá este año subsidios para una expansión de la herramienta, esto está previsto a mediano plazo, de manera de hacer más atractivas las primas, en especial para seguros de rendimiento. Para eso se necesita además consolidar información por chacra, tarea que se está procesando.

Otro capítulo relevante en la agenda agrícola es viabilizar las exportaciones de sorgo a China, para lo cual se está trabajando en la implementación del protocolo. Esto reforzará la diversificación e impulsará un cultivo de gran potencial de rendimiento en Uruguay, con la cualidad agregada de aportar mucha materia orgánica al suelo.

Asimismo, en el reciente decreto reglamentario que amplía la promoción de inversiones se incorpora el encalado y la realización de terrazas como tecnologías promovidas, que puntúan para la obtención de beneficios tributarios de los proyectos presentados. Por otra parte, se decretó la posibilidad de descontar IVA a los servicios de aparecería, lo cual también es un beneficio para la actividad agrícola. Otra iniciativa a estudio del MGAP y el MEF es incorporar la fertilización con potasio al régimen de beneficio con que ya cuentan el nitrógeno y el fósforo (descuentan por una vez y media para la renta), en el entendido que ya es parte de la fertilización básica agrícola.   

Son algunas medidas que se tomaron o se apunta a tomar para facilitar el despliegue del sector, que fue clave durante los tiempos de gran crecimiento. Sin embargo, en otros temas persisten trabas. 

Malezas en la economía. La expansión agrícola  del período 2006-2014 no habría tenido la dimensión que tuvo si no fuera por los transgénicos. La soja resistente a glifosato (RR) y el maíz resistente a insectos (Bt) fueron esenciales para configurar una forma de producción práctica y productiva. A pesar de eso, durante los gobiernos anteriores hubo un ostensible freno a la incorporación de nuevos eventos transgénicos, sin fundamentos científicos. Los nuevos eventos se aprobaban tardíamente y a regañadientes, con períodos largos de implícita moratoria. En ciertos casos, esto ha hecho que Uruguay quedara retrasado frente a sus competidores en el acceso a tecnología, en especial con Brasil. 

La llegada de un nuevo gobierno generó expectativas de cambio entre los principales proveedores de agroquímicos y material genético, pero no se han concretado. En el sistema nacional de bioseguridad, la representación del MGAP en la Comisión de Gestión de Riesgo (CGR, que asesora a los ministros en la aprobación de OGM) ha planteado cuestionamientos a una visión extremadamente “productivista”. En el CGR hay representantes de varias carteras, entre ellas salud y ambiente, cada una con su enfoque. Este diseño institucional de Uruguay para la evaluación y aprobación de transgénicos -si bien puede resultar engorroso- apunta a una sana contraposición de visiones. Lo que llama la atención es que desde el MGAP se cuestione el concepto que -precisamente- es el que aporta a la sostenibilidad desde el punto de vista agronómico: la productividad. 

En efecto, es justamente una mayor productividad lo que hoy los productores, la agricultura y la propia economía están necesitando: Uruguay tiene problemas serios de competitividad por altos costos y tiene que incorporar todos los recursos tecnológicos posibles para que la productividad aumente. 

Pero además, el aumento de la productividad es una condición imprescindible para una estrategia de sostenibilidad ambiental efectiva. Si se busca evitar una mayor presión sobre los recursos naturales, y preservar la biodiversidad y las áreas naturales, es imprescindible aumentar la productividad de los recursos que ya están en producción (más producción por hectárea). Es justamente esto lo que han permitido los transgénicos y otras tecnologías asociadas. 

Por supuesto, no todo ha sido un cuento de hadas. Es claro que hubo un abuso -en ciertos lugares- de la aplicación de glifosato en cultivos RR, lo que generó la aparición de malezas resistentes que hoy son un gran problema. Precisamente, para combatirlas se necesita contar con todos los recursos tecnológicos (transgénicos, agroquímicos, manejo) para habilitar -además- rotaciones y sistemas más sostenibles.

A nivel global las principales empresas con capacidad para investigar y desarrollar nuevos eventos, tienen en oferta productos que combinan varias moléculas resistentes en una sola variedad (apilados), lo cual es especialmente valioso para enfrentar los problemas de malezas y poder combinar rotaciones sostenibles en los sistemas productivos. Pero la incorporación de esta nueva generación de transgénicos se está trabando sin justificación,  pues muchos de esos eventos ya están aprobados individualmente.

En tiempos de pandemia se ha valorado -con justicia- el aporte de la ciencia, lo que ha permitido incluso a la comunidad científica tener un argumento más firme para sus reclamos presupuestales. Coincidentemente, el Premio Nobel de Química -otorgado esta semana- premia a dos científicas que desarrollaron una aplicación de biotecnología genética. Resulta contradictorio que -al mismo tiempo- se restrinja el avance científico en el campo. Los transgénicos fueron claves para la expansión de la economía hace 10 años y pueden seguir aportando.