Opinión

Después del susto

El caso de Coronavirus en un trabajador de la industria frigorífica dejó pálidos -por unas horas- a todos quienes trabajan en la cadena cárnica. No hubo contagios y se confirmó que los protocolos se cumplen bien. El desafío es mantener la disciplina sanitaria y avanzar en las tareas comerciales pendientes.

Ing. Agr. MBA Nicolás Lussich.

Uruguay ingresó en una nueva etapa de la pandemia, luego del notorio éxito que tuvo al contener su expansión en las primeras etapas y llegar a menos de 15 casos activos. Sucesivos nuevos brotes han confirmado que la guerra está lejos de ser ganada: lo ocurrido en Rivera, luego en Treinta y Tres, y más recientemente en una institución mutual de Montevideo (Médica Uruguaya) reafirman que el virus es extremadamente contagioso y -por tanto- difícil de mantener completamente a raya. Más aún cuando Uruguay ha optado, por decisión del gobierno y con el respaldo -creo- de la enorme mayoría de la población, por reactivar la economía, en pasos cortos pero seguros. De manera que hoy estamos con más casos activos -y subiendo- mientras el nivel de actividad es notoriamente mayor que en meses previos. Es un nuevo escenario, más desafiante.

Cuantificar esto es difícil. En la gráfica adjunta se muestra la evolución de los casos activos de Coronavirus – un indicador del estado de situación de la pandemia- junto a la movilidad urbana en el transporte colectivo de Montevideo, medida como el porcentaje de pasajeros respecto a la situación pre-pandemia. Considero que es un indicador ilustrativo del nivel de actividad, aún a pesar de ser un registro que abarca solamente la capital; obviamente el país es bastante más grande que Montevideo (vaya obviedad para los agronegocios), pero es la principal zona urbana del país, clave en la dinámica económica; en buena medida lo que allí sucede refleja -a la corta o a la larga- la actividad en todo el territorio. No se trata de una relación causa-efecto: si las cosas en el transporte público se hacen bien, los casos no tienen por qué aumentar. Esto vale para todo el resto de las actividades y es precisamente el desafío: la nueva normalidad no pasa por establecer “más o menos restricciones”, sino que se trata de una nueva forma de hacer las cosas; en definitiva, una nueva “tecnología”. Si la idea es “volver” a lo anterior, no estamos en el buen camino.

El concepto vale especialmente para la industria alimentaria y la agroindustria en general, que ya ha hecho una tarea extraordinaria: prácticamente no ha parado su funcionamiento a pesar de la pandemia. Salvo un lapso de pocos días en la industria frigorífica – ante la razonable preocupación de los trabajadores- las plantas de faena, industrias lácteas, racioneras, plantas de celulosa, molinos y otras plantas agroindustriales, han seguido produciendo y son claves en la continuidad de la actividad de una economía que busca recuperarse.
Se han definido y aplicado protocolos a todo nivel: con los proveedores, en el propio proceso de las plantas y en la logística de distribución, todo lo cual conlleva costos agregados importantes. El caso del trabajador en el frigorífico Carrasco se dio por un contagio familiar; al tener la planta un protocolo claro se pudo analizar la situación de todos los compañeros con los que tuvo contacto, y todos dieron negativo, demostrando 2 cosas clave: la relevancia del protocolo – distancias, mascarillas, higiene- y del seguimiento epidemiológico. Surgido un caso, es imprescindible tener el registro de los contactos y la capacidad de testeo rápida y efectiva para neutralizarlo. El frigorífico ha vuelto a funcionar normalmente.

Tan relevante como contener la epidemia es mostrar transparencia y efectividad al momento en que surge un problema; porque es probable que se repitan casos parecidos. Mantener el prestigio y la confianza de los compradores es clave en tiempos en que el escenario externo se ha vuelto particularmente intrincado. Y dado que Uruguay es un país pequeño, su capacidad de influencia y posicionamiento internacional no se basa en su tamaño sino en su calidad institucional. Y no es una frase hecha: depende tanto de preservar y fortalecer las instituciones democráticas como de la cotidiana tarea de trabajadores, profesionales y empresarios, de hacer las cosas bien y estar a la altura de las circunstancias.

Es bastante claro, además, que un contratiempo en cualquier empresa agroindustrial pone en juego el buen nombre y credibilidad de todo un sector, y -hasta cierto punto- el de todo el país. Por esto, no hay tarea pequeña en el combate al Coronavirus.

Más allá del virus.
A pesar de las importantes dificultades que genera la pandemia, el escenario externo de los agronegocios mantiene un perfil más positivo respecto al de unos meses atrás. El precio de los lácteos se mantuvo luego de la suba, lo mismo para el caso de los granos y los mercados cárnicos sostienen su dinámica, aunque con desafíos permanentes. La demanda europea levantó, aunque aún está lejos de lo que era antes de la pandemia. Norteamérica mermó sus compras -tuvo un pico de demanda transitoria- y China, el principal mercado, sigue comprando, pero vigilando los precios. En este contexto, la competencia con los vecinos (Brasil y Argentina) se hace cada vez más intensa.

El ciclo 2019/2020 mostró una fuerte caída en la faena vacuna (-15%), consecuencia -principalmente- de la exportación de terneros en pie en años previos. Pero el stock de ganado se va recomponiendo y las perspectivas son alentadoras, a pesar de las dificultades que genera el Coronavirus.

La mejora en el acceso a los mercados sigue siendo tarea pendiente y en tiempos de dificultades -en especial en la industria- cada dólar “perdido” duele. El INAC actualizó en los últimos días la estimación del monto que Uruguay paga a los gobierno de los países adonde exporta carne para acceder a sus mercados (costos arancelarios). La cifra alcanzó US$ 222 millones de dólares en 2019, de los cuales US$ 140 millones corresponden al 12% que nos cobra China (principal mercado). Son dólares que no entran en las ventas de los frigoríficos, y por tanto reducen sus ganancias, los ingresos de los trabajadores y de los productores.

Armar una agenda de apertura comercial con el Coronavirus, Trump y el enfrentamiento EEUU-China, es bastante más difícil de lo que fue años atrás, cuando perdimos la oportunidad de hacerlo en un escenario más amigable. A eso hay que agregar una situación compleja en el Mercosur, pues los vecinos están más complicados que nosotros; el objetivo es ganar margen de maniobra comercial, sin perder acceso en la región. El acuerdo UE-Mercosur puede ser una oportunidad para avanzar en este plano.

El cambio de autoridades en cancillería implicó un retraso en dicha agenda, pero las nuevas autoridades de la cartera -junto a INAC y otros organismos- están retomando la tarea. Hay que recordar -además- que la “ventaja sanitaria” que tenía Uruguay en el rubro cárnico se ha ido achicando porque los países de la región también avanzaron, y porque la mayor predominancia de China como demandante ya no hace tan relevante dicha ventaja.

Finalmente, más allá de las tareas a nivel externo, se viene la intensa discusión local del presupuesto, clave para avanzar en la competitividad de la economía. La producción precisa un Estado que cueste menos y ayude más, y esto no es solo cuestión de su tamaño (que ciertamente es exagerado): es preciso ir más a fondo en discutir y redefinir en qué se gasta, pues hay cuestiones que -ciertamente- precisan más recursos, para lo cual otras cosas deberán hacerse con menos (o directamente dejar de hacerse a nivel estatal).

Si no mejora la situación presupuestal y fiscal, el Uruguay no logrará evitar conocidos dolores de cabeza, como el atraso cambiario, que sigue allí latente. Mientras dure la pandemia, es posible que este problema quede “reprimido” en la medida que ir a la Argentina a hacer turismo está vedado e ir a Brasil -y volver- parece harto difícil. Pero cuando la pandemia se supere -no se sabe cuándo- estas diferencias cambiarias serán difíciles de sostener.