Opinión

Con la “motito” no alcanza…

 

 

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

En el marco de un fuerte aumento de los salarios en toda la economía, se destaca la suba en los salarios rurales, en particular de los mínimos establecidos para cada rubro. El salario básico para un peón jornalero en ganadería se duplicó en términos reales en los últimos años, superando al Salario Mínimo y -por mucho- al salario medio (ver cuadro).

Es insoslayable el rol que tuvo el Estado y la política salarial del gobierno en esta tendencia, a través de un impulso especial a los salarios rurales en los consejos de negociación sectoriales. Que el Estado defina un determinado criterio obliga a todos los involucrados y empareja las situaciones, de forma que todas las empresas saben a qué atenerse. Más aún en el contexto rural, donde los sindicatos de trabajadores son débiles y no muy representativos.

Sin embargo, las negociaciones fueron particularmente ríspidas porque las pautas -notoriamente- fueron más allá de lo que muchos productores pueden sostener, lo cual se ve reflejado en el empleo sectorial, que retrocedió seriamente. De tal forma que el último convenio salarial del sector no fue suscrito por los empresarios.

El punto clave es cómo se sostiene este aumento. Durante los años de expansión del sector, tenía buen fundamento el aumento de salarios que -además- venían de niveles muy bajos (de hecho, muchos productores pagaron siempre por encima de los laudos). Ahora la situación del sector cambió: los precios bajaron y la producción se resintió. Sin embargo, los salarios siguieron subiendo, en parte porque los acuerdos son por varios años, pero también por la falta de flexibilidad de dichos acuerdos y cierta negación de la realidad -con carga ideológica- por parte del gobierno, que dio por garantido el crecimiento del agro, aún con costos internos en fuerte suba (no solo los salarios) y sin mayores ayudas, ni en infraestructura, ni en apertura comercial, etc..

El salario básico para un peón jornalero en ganadería se duplicó,

en términos reales, en los últimos cuatro años,

superando al salario mínimo

y, por mucho, al salario medio.

Con este nuevo escenario, era esperable una caída en el empleo. La hubo en toda la economía, pero el agro fue de los sectores con mayor descenso. Según el INE, el empleo en el campo pasó de 150 mil puestos de trabajo en 2011 a 130 mil hoy (ver gráfico). En el mismo período el agro bajó de 10 a 8% del empleo total.

Es cierto que el empleo rural -como tendencia de largo plazo- ha venido cayendo en todo el mundo, salvo contadas excepciones. El cambio tecnológico en todos los rubros (desde la esquila hasta la cosecha, pasando por el manejo de los rodeos, el tambo, etc.) permite hacer con pocas personas y potentes máquinas, lo que antes implicaba decenas de trabajadores. El empleo directo se reduce y crece la productividad de los trabajadores, que ganan más.

Otro punto a tener en cuenta es que muchos trabajadores que se desempeñan en tareas rurales residen -cada vez más- en localidades urbanas cercanas. Estos trabajadores no suelen catalogarse como rurales, pero lo son en 100%. Es un síntoma positivo de la dinámica en el trabajo en el campo: resuelto un medio de transporte razonable para ir y venir, el trabajador puede estar mejor con su familia en el pueblo. Aquello de la “motito” que ilustraba el ex presidente Mujica (que en muchos casos, ya no son motos, sino autos).

Pero ninguno de estos dos puntos explica la caída reciente del empleo rural, que se dio por problemas de costos y competitividad. Se perdió la oportunidad de consolidar la calidad del trabajo rural con altos niveles de empleo y salario.

Por esto, no alcanza con “motitos”: el desafío es cómo se mejoran hoy las condiciones de la producción del campo, que están muy complicadas. Sin eso, el empleo rural (directo e indirecto) se seguirá resintiendo.

Para revertir la caída en el empleo

es necesario volver a un círculo virtuoso entre producción y salarios,

para lo cual el Estado tiene que ayudar más.

El reciente ciclo de expansión del agro profundizó la especialización y profesionalización del trabajo en el campo, mejorando los ingresos. La tradicional -y ciertamente prejuiciosa- imagen del peón iletrado y dependiente no es realista, y los reductos de trabajo más básico y precario, son excepciones que confirman la regla.

Para revertir la caída en el empleo es necesario volver a un círculo virtuoso entre producción y salarios, para lo cual el Estado tiene que ayudar más. En política laboral, defendiendo el salario pero también el empleo (incluyendo el de los jóvenes de 16 a 21 años, que tienen en el campo atractivas oportunidades). También abriendo mercados, mejorando las rutas, invirtiendo más. Mucha cosa se ha hecho, por ejemplo en materia de educación (Utec), pero no parece suficiente.

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