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El Serrano: el que conoce la magia y el poder de las palabras...

Walter Abella Palacio, mejor conocido como “Serrano” Abella, nació en Treinta y Tres hace 80 años, pero más de la mitad de su vida vivió en Melo. Es una estampa del periodismo agropecuario y escucharlo hablar es un deleite. Con una voz atrapante, tiene la capacidad de trasladar a las personas con sus cuentos. Padeció la miseria, en una infancia dura y marcada por la prematura muerte de su padre, pero sabe reconocer y rescatar los mejores recuerdos. Hay gente que tiene magia y a él no le falta

Walter Serrano Abella
Lázaro Antúnez

Escucharlo hablar es un deleite. Su voz te atrapa, envuelve y emociona. Sus cuentos, recuerdos, anécdotas y versos te trasladan a otro tiempo, en otro lugar. Fue a la escuela caminando, con la alpargata en mano para que el yute dure más. Supo padecer la miseria, pero también sacar lo mejor de ella. Muchas personas lo marcaron y lo guiaron para llegar a donde está hoy. Un lugar merecido y buscado, que lo posiciona como un ícono del periodismo agropecuario. Un comunicador con magia, un toque que marca la diferencia. Es olimareño, pero pasó más de la mitad de su vida en Melo. Con el tiempo, entendió, que la casa es la familia, no importa dónde esté. A sus 80 años, Walter “Serrano” Abella Palacio cosecha lo sembrado. Acá su historia; una parte de ella...

-Si escribo su nombre en Internet, ¿qué me dice Google?

-Que soy un comunicador del interior, alguien que ha dedicado la vida a esto. Llevó 61 años, empecé el 1° de mayo de 1961 en la Difusora 33 y no paré nunca de trabajar.

-¿Quién es El Serrano?

-Nació en Treinta y Tres, en las costas del Yerbal, al margen izquierdo del arroyo, cerca de la desembocadura del Olimar. Geográficamente, donde describen que nació Treinta y Tres. Teníamos una chacra, éramos seis hermanos; yo era el menor de los varones. En orden, había una hermana mayor, tres hermanos varones, yo y una hermana menor. De esos, con vida, quedamos la mitad: tres. Los primeros dos años de escuela teníamos que atravesar el campo, eran unas caminatas de 35 o 40 minutos con las alpargatas en la mano para que no desflecaran con el rocío y durarán más. Nos lavábamos los pies en la canilla de la escuela y ahí nos quedamos. Fue una infancia de campo, de gurí de campo. Cuando tenía siete años mataron a mi padre. Luego mamá vendió la chacra y nos vinimos al pueblo. Ahí viví hasta que me casé, a dos cuadras de la plaza 19 de Abril. Hice 1° y 2° en la escuela de barrio Tanco y luego en la escuela de varones. Cuando estaba en cuarto año de liceo, lo dejé.

-¿Siempre en los medios?

-No, no. Estando en segundo de liceo, cuando tenía 13 o 14 años, mis notas eran desastrosas y lo dejé. Cómo lo lamento, porque esos baches culturalmente, sobre todo en está profesión de periodismo, uno los necesita y son un arma vital. Bueno, mi madre sola, viuda, criando seis hijos… como eran horribles las notas mamá se disgustó y con razón. Me dijo que se mataba y que yo no tenía derecho a hacer eso. A mí me dio mucho dolor, me saqué un pasaje por AFE con la idea de llegar a Montevideo. En Nico Pérez había un transbordo y eso era todo un acontecimiento; iba todo el mundo cuando llegaban los trenes. Ahí estaba yo sentado esperando, tenía como 40 minutos, y me encontré a un primo mayor. “¿Qué haces?”, dijo. Le expliqué que me iba a Montevideo que estaba con las notas mal y le di un disgusto a mamá y por eso decidí irme. “¿Conoces Montevideo?”, le respondo que no. “¿Llevas plata?”, le digo que no. “¿No te animas a trabajar con ladrillos?”, me preguntó. Y me quede ahí, trabajando en la olería con ladrillos.

-¿Que habría sido de tu vida en Montevideo?

-No me imagino. La verdad que no me imagino. En ese entonces, cualquier actitud de trabajo, sobre todo, de mandadero servía. Bueno, me quedé en los Muelles del Pescado, la olería y estuve un año y seis meses trabajando ahí. Era duro. Mamá se enteró dónde estaba y me fue a buscar. También trabajé de mozo en restaurantes.

-¿Y la radio en qué momento llega?

-En la radio arranqué por necesidad, pero siempre me gustó. Había un concurso en Difusora 33 y me presenté. Éramos como 60 o 70. Eran muy exigentes, seis meses de pruebas para dos cargos, pero nunca se supo el segundo puesto. De hecho, siempre jorobo a un médico conocido que también se postuló y le digo que como le gané el concurso, él se dedicó a la medicina. Ahí entré a la comunicación. También hice teatro de joven. En Treinta y Tres hay una corriente cultural brutal; fijate que habían cuatro teatros independientes, en un pueblo de 12 mil habitantes, en la década del 60. Tenía una efervescencia cultural, algo se mantiene, que siempre ha sido mi preocupación saber dónde está la veta, cuál es la semilla, si es el campo, los artistas...

-Una vez en la radio, ¿qué hacía?

-Bueno, en la radio, era tizón, muy modesto. Locutor-operador, pero en una radio del interior si no va el informativista lo haces vos. Hacía la discoteca, lo que hiciera falta. Al tiempo me ofrecieron la gerencia de una veterinaria, en el 68, pero el director de la radio, un docente, me dijo que no me fuera, que mi vida estaba ahí. En su propuesta me daba dos horas de radio y que todo el resultado era para mí. Obviamente me quedé. Un día me dijo que no, que era el 70% y cuando llegamos al 50-50 me dijo 40% y le dije que no: “me voy”, pero me quedé, estuve 17 o 18 años.

En la dictadura armamos una radio los wilsonistas “solos para resistir”, en la Olimar, que estaba cerrada. La compramos entre una cantidad de blancos. Empezamos a hacer radio, pero llegó un momento que se cerraron todas las puertas. Ahí fue cuando me fui a Melo y arranqué de nuevo. En realidad iba para Rivera, porque tenía un conocido que me había contactado para la radio internacional de Rivera y, en Melo, nos sentamos a almorzar con mi señora. Allí estaba el director de la radio. Nos acompañó y me dijo: “lo único que te pido es que vayas y escuches la oferta, pero no arregles. Yo tengo interés de que vengas”. Fui a Melo en 1981 y me quedé hasta el día de hoy. Llevo 42 años en Melo, más de la mitad de mi vida.

-¿Quienes o qué lo marcaron?

-Me marcó la muerte de mi padre, fue violenta… a tiros en un almacén de Treinta y Tres en donde se jugaba a las cartas. Me marcó la infancia, con una madre y una tía solterona que la ayudó a criarnos. Seis hermanos, en una pobreza que nunca fue dura porque si bien es cierto que fue muy dura desde el punto de vista económico, al punto tal que muchas veces comer era, casi, una odisea; también florecía la alegría de la convivencia de seis hermanos. Treinta y Tres era una ciudad atrapante, muy generosa, solidaria.

La gente no se explicaba porqué no funcionaban los hoteles… no funcionaban porque llegabas y en los boliches, bares o en la plaza te encontraban buscando pensión y te decían “no que pensión, vení pa’ casa”. Era una ciudad de puertas abiertas y veranos con ventanas sin rejas. De retreta los domingos. Dormías con la ventana abierta y te despertaban las guitarras. Fue una adolescencia plenamente feliz, económicamente siempre casi marginal. Cuando me fui de la Difusora 33 fue uno de los desgarramientos más grandes de mi vida. Me había hecho la idea de que nunca me iba a mover de Treinta y Tres. Wilson (Ferreira) me decía siempre: “sos la persona que te fuiste más cerca y el que más demora en volver”.

-¿Cómo fueron esos primeros meses en un pueblo ajeno?

-Me fui un mes a probar suerte. Melo es comercial, una diferencia abismal con Treinta y Tres. Al punto tal que siempre gané muy bien en la radio, tenía 32 avisos en Treinta y Tres y, en Melo, con 13 avisos ya tenía la misma cantidad de plata. El dueño de la radio me salió de garantía, alquilé una casa y me fui adaptando. Pero siempre tuve una sensación rara… éramos muy pobres, muy pobres. Nunca había tenido una casa que era mía. Cuando alquilaba una casa y colgaba un cuadro, siempre me daba esa sensación de que tenía tiempo limitado, porque algún día lo iba a descolgar porque me iba a mudar. Ese proceso me costó mucho. Me iba al parque Rivera y me sentaba solo a llorar entre los árboles para que no me vieran los hijos, porque sentía que la responsabilidad de modificar los esquemas era mía. Era el cabeza de grupo. En mi cumpleaños, el 18 de junio, el cura Posadas me fue a visitar y yo estaba desgarrado, hacía menos de siete meses que estaba en Melo. Vino porque le había escrito una carta, entre otras cosas, le decía que no tenía casa… me abrazó y me dijo: “Serrano, la casa es la familia”. Y es verdad, la casa es la familia o la familia es la casa.

-Una vida entera en la radio, ¿qué intentas transmitir todos los días?

-No tengo un plan fijo de comunicación, nunca lo tuve. Primero porque carezco del esquema vital de haber ido a una facultad de comunicación, que es fundamental. La comunicación, en una modesta opinión personal, para mí es un duende, como decía Lorca de la poesía: una cosa misteriosa, mágica. Un cordón umbilical que une al que habla con el que escucha, al que lee con el que escribe, al que mira con el que está en la televisión. Es una magia indescifrable, no se puede forjar. Lo que da la facultad es una solidez cultural que a quienes tengan el ángel, el duende, lo hacen con una formación más académica, más clara, más firme, pero no con más magia. Me parece que la comunicación es un duende, una cosa misteriosa. A veces, uno hace un gran esfuerzo, medita, estructura una editorial, la arma cuidadosamente, la saca al aire y no pasa nada. Sin embargo, otras veces, uno dice otra cosa e inmediatamente eso vuelve en avalancha.

-¿Te das cuenta de esto?

-Nunca tuve conciencia, no lo voy pensando. Desde hace 30 años vivo a dos cuadras y media de la radio y siempre voy pensando en cómo competir conmigo mismo, en hacer una audición mejor que la de ayer. Nunca tengo un plan establecido, la radio no puede tenerlos.

-¿Y el mensaje?

-No soy consciente de lo que produzco, quizás esté tocado por el duende, la magia de la comunicación desconozco si la tengo y porqué. No es un plan establecido. Es como el horizonte, uno camina, camina y camina, pero es la misma distancia siempre. Nunca tuve un plan determinado. Entendí que la radio está afuera, que la tarea periodística no está nunca dentro de los medios de prensa, ni en los estudios de la radio, ni en los de televisión, ni en la sala de prensa de los diarios. No está ahí, anda con la gente, es patrimonio de la gente. Un día estábamos jugando un partido de fútbol en Zapicán y se me acerca un productor y me dice: “Serrano, ¿cuál es el número del tren?” Eran dos números: 8 y 9, soy tan antiguo… “¿Por qué no avisa cuándo viene el tren o si viene retrasado? Me como cada frío parado con la valija”.

Él hablaba y a mí ya me había picado la preocupación de cómo no había detectado eso. Me era tan fácil hacerlo y para otros era tan difícil. A partir de ahí llamaba siempre al tren para informar si venía retrasado o si venía en hora. Un día estaba transmitiendo un raid en Vichadero, con la Voz de Melo. Terminó la transmisión y me quedé conversando, pero vi a un hombre con un sombrero y un paquetito que se quedó, se quedó... y cuando se fueron todos se acercó. Me dice: “mire, sabe que lo escucho todos los días, vivo solo en un rancho y no tengo familia. Soy colono y lo escucho todas las mañanas. Le traje una mantita de carpincho”. No vayan a pensar que era una manta de abrigo, era un corte de carne, la mejor parte. Le agradecí, apunté el nombre. Cuando arranco el programa, la primera hora es dedicada a la gente de campo, no a la gente con campo. A la gente que nació en el campo y vive en el campo, porque ahora se pobló de gente con campo también, ¿no?. El universitario que le fue bien económicamente compra campo, multinacionales compran campo, pero mi mensaje siempre está montado sobre gente de campo.

A ellos les pasaba los discos de 5 a 6 e información cuando se levantan, están tomando el mate o preparando el primer churrasco del día. Entonces pasé un disco y lo nombré a este gaucho. Al año, en el mismo raid, se repitió exactamente la misma historia: allí estaba el tipo parado con su sombrero y el paquetito que ya sabía lo que era. Y me dijo una cosa que me conmovió, me estremeció e hizo un coscorrón a la responsabilidad con lo que un medio genera, me dijo: “pa’, Serrano, le agradezco. Me quedo tan contento porque, como usted sabe, estoy solo en el medio del campo, en el monte y en la vida, pero si usted me nombra en la radio siento que estoy en el mundo”. Y yo me di cuenta de la diferencia que había, para mí fue simplemente un saludo a mi amigo tal de colonia tal. Cómo incide, cuánto valor tiene eso. A veces no nos damos cuenta lo que reproducimos cada vez que tiramos las palabras al aire o la letra al aire.

-¿Te imaginabas este camino o fue improvisación pura?

-No fue improvisación pura, pero nunca lo soñé. A veces me sorprende. La cuñada de mi hijo trabaja en Argentina y cuando el presidente Pepe Mujica anunció la llegada de UPM 2, lo hizo en la Hora del Campo. Me llamó y me dijo que quería venir a saludarme. No tengo ninguna relación estrecha con él, nada más que la profesional. Anunció UPM 2 en la Hora del Campo y el columnista de diario Clarín de Buenos Aires puso: “el presidente uruguayo fue a anunciar la presencia de UPM 2 en la audición de la Hora del Campo del Serrano Abella: un ícono del periodismo”. La cuñada del Polilla (el hijo) me mandó el recorte. Esa trascendencia me sorprendió. La respuesta ha sido más generosa de lo que me imaginé que podría ser.

Un campañón: Más de 60 años en radio y dos libros

-61 años cumplí este 1° de mayo y 55 la audición el 21 de junio del año que viene. Escribí dos libros, uno de Martín Aquino. Como arranco a las 5 de la mañana y abro la radio digo: “hoy es 5 de marzo de mil novecientos noventa y tanto. ¿Qué fue lo que pasó el 5 de marzo de 1917?” Tengo una agenda de la patria chica y llegamos a la muerte de Aquino. Fue mamá la que me hizo conocer a Máquina. Ella era una mujer sumamente formal. Siempre decía: el señor Policía, el señor juez, el maestro. Me acuerdo que la maestra nos pegaba con la regla, llegábamos a la casa a contar y decía “algo habrás hecho vos” y era más grave el rezongo de mamá… bueno, ella tenía esas cosas. Mamá repetía casi todos los versos que los payadores habían hecho de Aquino.

En medio de una sorpresa de una siesta de verano le pregunté: “pero mamá, ¿Aquino era un hombre bueno o era un hombre malo? si andaba a los tiros…”. Y me respondió una frase que la repetí a lo largo del libro porque me quedó muy impregnada: “era un hombre bueno mijo, lo hicieron malo”. Aquino era un personaje emblemático. Era un bandolero, asaltaba las estancias, robaba, mataba, se peleaba. Lo llevaron preso en Brasil, lo extraditaron a Uruguay. Fue un matrero. Si hay algo que define a Aquino fue el texto del orejano Serafin J. García, que le puso música el Pepe Guerra: “No sigo a caudillos ni en leyes me atraco; Y voy por los rumbos claro de mi antojo; Y a naides preciso pa hacerme baqueano”. Eso era Aquino y yo me enamoré de eso. Fui juntando archivos y tenía material inédito. Un día me puse a pensar que iba a quedar todo en el escritorio y que no correspondía. Ahí fue cuando el Dr. Javier Vázquez me dio una gran mano. Armé un libro que hicieron ellos: los vecinos. Hasta hace poco tiempo era el más vendido de la editorial Fin de Siglo. Lleva 11 mil ejemplares, gané un Bartolomé Hidalgo, fue todo una sorpresa.

-¿A qué responde ese éxito?

-Pienso que tuvo más que ver con los oyentes que con los lectores; cuando hicimos la presentación en el Ateneo de Montevideo, el dueño de la editorial, un tipo sensacional, me dijo: “¡mira tus lectores! A veces vienen cuatro nomás, no te vayas a hacer una idea”. Había una cola bárbara. Estaban todos de bombacha y boina, y le digo: “no, no. Esos no son mi lectores, esos son mis oyentes”. Después vino Los Muros del Silencio, también tienen que ver con mi historia. Esta fue mi experiencia por el mundo de la literatura, pero soy un comunicador.

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