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El psicólogo uruguayo que anda "de pago en pago"

Es de Lascano y lo será toda su vida: Alejandro De Barbieri es un reconocido terapeuta que ha dejado su huella por todo el país

Alejandro De Barbieri

Si había algo que nunca pensé escuchar de la boca de un uruguayo fue que nos tenemos que parecer a los argentinos. Pero cuando me explicó porqué, lo entendí. Copiarles su autoestima, ese entusiasmo que muchas veces tildamos de soberbia. “Los uruguayos tenemos que querernos un poco más”, me dijo Alejandro De Barbieri y tenía razón.

Alejandro De Barbieri Sabatini nació en Lascano, en Rocha, el 20 de setiembre de 1971. Es psicólogo clínico, egresado de la Universidad Católica del Uruguay en 1994. Culminó su especialización como logoterapeuta, egresando de la Fundación Argentina de Logoterapia Viktor E. Frankl, en 1996.

“Mi papá es de Minas; mi mamá de Lascano. Mi padre es rematador, siempre trabajó con mi abuelo en los remates de la zona y en uno de esos conoció a mi madre. Ahí comenzó la historia”, contó “Ale” a El País.

Es el mayor de cinco hermanos y vivió en Lascano hasta tercero de escuela. Terminó sus estudios primarios y secundarios en Los Maristas, en Montevideo.

“Soy de Lascano y voy a seguir siendo de Lascano toda la vida. Me encanta volver. Por eso siempre viajo al interior, prácticamente, todas las semanas”, expresó.

Tuvo una linda infancia marcada por su ciudad natal y las idas a la playa con sus abuelos. Durante las vacaciones de invierno, todas, se dividían con sus hermanos porque eran muchos e iban a la casa de sus abuelos. En verano se la pasaban en La Paloma desde un día después que terminaban las clases, en diciembre; hasta un día antes de volver a la escuela, en marzo.

El bicho de la psicología le picó en cuarto de liceo, recordó, durante una clase de filosofía, una materia que tiene mucho de psicología. De todas formas, hizo orientación biológica y sexto de medicina: quería ser médico, pero desistió cuando vio que era una carrera muy larga. Le gustaba la psicología, pese a no tener ningún referente cercano, ni conocía a ninguna psicólogo.

-¿Qué es la logoterapia?

-Es una corriente existencial, del psicoanálisis de Freud. Proviene de Víctor Frankl, un psiquiatra confinado en campos de concentración. Cuando salió escribió un libro “El hombre en busca del sentido” y ahí descubre que las personas que tienen un para qué pueden sobrevivir cualquier cómo. Es decir, tener un sentido, o un propósito como se dice ahora, permite dar sentido al sufrimiento. Frankl desarrolla un enfoque que tiene que ver con la resiliencia, el futuro y la esperanza. Yo trabajo mucho con ese enfoque porque teniendo en cuenta la elevada tasa de suicidios que hay en Uruguay, se precisa mucho más difundir una psicología que brinde esperanza, que de un motivo para vivir, un propósito, un sentido o un camino.

-¿Por qué te llaman las empresas o las escuelas?

-Siempre me llaman por temas de motivación, liderazgo. En mi libro “La vida en tus manos” hablo del trabajo y el sentido del trabajo. Es un libro para todo público que aborda lo laboral. Es pensando, justamente, para dar charlas o talleres. Voy a una empresa a trabajar en el liderazgo, en las habilidades blandas. Hubo un cambio en la salud mental. Este fue el primer año que escuche que se empezara a hablar de salud mental, y tengo 51. Educar sin culpa (su otro libro) salió en 2014 y lo arranqué poniendo la cifra de suicido de Uruguay. Pasaron ocho años y todo empeoró. Lo bueno que nos dejó la pandemia es que legitimó la salud mental. Ahora es más común que llamen a un psicólogo, hay menos prejuicio. Trabajo mucho en empresas que me llaman y me dicen ‘quiero que hables de salud mental, de suicidio, de depresión’. Antes no era tan común. ‘No nombres depresión, que el gerente pasó por una depresión’, me decían.

-Mucho tabú.

-Mucho tabú, ahí está. Pero ahora, por suerte, se incorporaron en la grilla estos temas. Sumé también el tema de las nuevas masculinidades, el género. Hace poco hice unos talleres en una empresa grande en Uruguay para hablar sobre la convivencia entre hombres y mujeres en una fábrica. Trabajamos los prejuicios que tenemos para favorecer la convivencia saludable. Son temas nuevos. Hago énfasis en la comunicación. La pandemia ayudó a que las empresas pudieran tener teletrabajo, pero han visto las ventajas y también las desventajas. Mucha gente que está en la casa todo el tiempo deja de socializar. Trabajan bárbaro, pero les cuesta incorporarse a un equipo, se pierde el sentido de pertenencia.

-Gran parte de tu trabajo se centra en la educación, ¿cómo analizas la eduación uruguaya?

-Mirá, te soy totalmente honesto. Hace muchos años que doy charlas, me recorrí todo el país. Pasé por todos los gobiernos porque hace mucho que estoy de vuelta. No conozco al detalle para opinar sobre la transformación educativa, pero a grandes rasgos, me parece bueno que se remueva el tema. Que los profesores tengamos la madurez emocional para ver qué cambios pueden ser positivos más allá de si lo vota un gobierno u otro. Hay que ver al tema con amplitud, porque las cifras siguen siendo deplorables: de 100 chiquilines, 60 no pasan a cuarto de liceo. Tenemos cuarenta que se nos pasan. Tenemos que replantearnos. No estoy a favor de bajar el nivel de exigencia, no se si está reforma lo hace, pero es lo que escucho. A los gurises hay que exigirles mucho, exigirles la lectura, la comprensión de textos. Es muy importante que tengan profesores con una exigencia sana, no autoritarios, profesores que se la juegan. Porque si vienen de un contexto crítico, tienen que encontrarse con maestros que dejan el alma en la cancha. Nos encontramos con el problema de la familia, muchos centros educativos no pueden o no saben incorporar a la familia. Creo que se precisa educar familias y escuelas en conjunto. Esto involucra a privados y públicos, porque quizás el privado tiene recursos, pero no lo hace; y el público no tiene recursos para contratar psicólogos o psicopedagogos que den charlas o talleres. Soy un fanático de que si no se trabaja con los padres no se puede pretender trabajar con los niños y llevo esa bandera a todos lados. Como país, seguir creciendo en cultura. Hay mucho para laburar, terminar las grietas, tenemos una democracia fantástica, hay que unirnos en el tema educación, en el trabajo, en la innovación, en la creatividad.

-Desde la psicología, ¿cómo ves a la persona que vive en el campo?

-Tuve la suerte de dar charlas en Conaprole, en familias que trabajan en el campo, en los tambos. También he ido a varios pueblos y ciudades del interior. Creo que nos afectan los estereotipos de género: de 100 suicidios, son 80 varones. Acá no hay manera que podamos zafar de este tema los varones, nos cuesta. En el interior, a parte de que hay más suicidios que en la capital, hay que abordar el tema del género: los varones somos más reservados en las emociones. Somos más básicos. Alexitimia se llama, es la dificultad para poner en palabra los afectos. Le puede pasar a muchas mujeres, pero en general les pasa más a los varones que a las mujeres. Aparte en el campo se da esa rusticidad: la falta de control de los impulsos. Se tiene un acceso a las armas más cercano, el que vivió en la campo tuvo que matar a un animal abichado, por ejemplo, o casos así… me refiero a que se está más en contacto con la muerte. A esto se suma la dificultad para la autorregulación de ese impulso. En la ecuación social, la falta de líderes culturales o religiosos, políticos o deportivos. No importa, no hay un liderazgo que aglomere gente. Cuando voy al interior, me doy cuenta que falta que los gurises se sientan parte del liceo, parte de la comunidad. No pueden perder el liceo, primero porque se quedan con poco vocabulario. Hace una semana, por ejemplo, estuve en una UTU con chiquilines que hacen administración y les pregunté cuál fue el último libro que leyeron. Ninguno levantó la mano. Al rato levanta la mano un chico (mirá que soy cálido en las charlas), me dijo que el último libro que había leído fue “Pateando lunas”, de Roy Berocay. Un chiquilín de 18 años hace 10 años fue el último libro que leyó. Extrapolá eso al Uruguay. No puede ser. Tenemos chiquilines que se quedan analfabetos emocionales porque quedan con pocas palabras. Entonces, cuando tienen que atravesar un mal, una pérdida o un despido, lo que fuera, no saben cómo atravesarlo.

-¿Qué tan en contra juega la tecnología, las redes sociales?

-Hay un tema que la red social, como dice siempre el escritor Gregorio Lugri, es que Google te da información, pero no te da conocimiento. Esa es la gran diferencia: la gente cree que por tener Google está a salvo. Google genera datos, pero el conocimiento es mucho más que la suma de datos. Ahí es donde está el riesgo de una persona que tiene poca alfabetización y utiliza más internet para entretenerse. No lo va a utilizar para mejorar su capacitación. La pandemia fue la prueba del 9: los alumnos no aprendieron más, pero los maestros aprendieron a amigarse con la tecnología.

-Luego de dos años, cerramos 2022 sin pandemia. ¿Qué nos dejó?

-A mi viejo libro, Educar sin culpa, le puse tres capítulos nuevos. Uno, que es prevención de bullying, justamente, porque tenemos muchas consultas y muchos problemas post pandemia. Los chicos no son capaces de autorregular sus emociones y convivir sanamente. Otro capítulo fue el manejo de la pandemia: lo que la pandemia nos dejó. Nos dejó que los vínculos son muy importantes y que la salud mental es muy importante. También tenemos que celebrar el camino recorrido. Uno encuentra el sentido de la vida en el pasado, en los recuerdos. Aquella gente que podía hacer su trabajo por zoom fue un privilegiado, pero obviamente que afectó los chicos introvertidos en los liceos. Al principio de la pandemia estaban de fiesta, todo era virtual, no tenían que levantar la mano, ni preocuparse porque el profesor le pregunte. Pero cuando la pandemia se instaló ese chico empezó a sufrir, porque perdió las habilidades sociales, perdió el grupo, perdió los amigos y perdió el encuentro. Un tema grave del mundo en el que vivimos es que es un mundo muy indiviudalista, nos hace, al varón sobre todo, quedar solo en su dolor.

-De cara a 2023, ¿un mensaje?

-Bueno, estoy encantado con el triunfo de Argentina, entonces creo que podemos aprender mucho del autoestima de los argentinos: podemos aprender a querernos un poco más. Sé que no es todo motivación, pero los uruguayos pecamos de mucha desmotivación, de chiquitos, de perfil bajo… Una cosa es perfil bajo y otra reprimirnos. Argentina cantaba ‘vamos a ganar la tercera copa’ desde antes del mundial. Para nosotros es exagerado, pero porque lo tildamos desde nuestra depresión. Se pueden pasar de rosca sí, los tildamos de soberbio. Ahora van a cantar ‘somos los mejores del mundo’ y no les podemos decir nada porque son los mejores del mundo (risas). Es verdad que el riesgo puede ser la soberbia, pero nosotros estamos del otro lado. Tenemos que querernos un poco más, me parece que es muy importante como mensaje. Tener una buena autoestima, saber quién soy, qué quiero, saber qué precisan las personas que me rodean, cuáles son mis dones y qué puedo dar.

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