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El guía estrella: el baqueano del Valle del Lunarejo

Los secretos de las quebradas son mejor contados por quien los vivió: turismo, historia y conciencia natural

César Augusto Viera Fernández nació y se crió en Tranqueras, Rivera, yendo y viniendo al campo todos los días.
César Augusto Viera Fernández nació y se crió en Tranqueras, Rivera, yendo y viniendo al campo todos los días.

Nos hicieron creer que el turismo uruguayo son solo sus playas y las aguas termales, pero si algo bueno nos dejó la pandemia fue que nos obligó a darnos cuenta de que hay un Uruguay rico en historia, en naturaleza, en fauna autóctona y, lo mejor, un mundo agropecuario del que es necesario concientizar.

“El turismo interno pudo crecer gracias a la pandemia y la gente empezó a salir a conocer. Está lleno de lugares naturales por preservar, pero son finitos: no podemos súper explotarlos porque si se rompe no hay como recomponerlo. Hay que conocerlo con conciencia. El turismo interno bueno desde todos sus puntos de vista: para preservar la zona, para dar laburo y para dar a conocer al país”, comentó César Augusto Viera Fernández, productor rural vitalicio, intento fallido de contador y baqueano nato de la zona del Lunarejo.

Nació y se crió en Tranqueras, departamento de Rivera, yendo y viniendo al campo, establecimiento El Gavilán, todos los días. Hoy tiene 26 años y hace 8 que se dedica al turismo. Abrió su empresa con 18 años. No solo era joven e inexperiente, sino que tampoco tenía recursos. Con su tapera sin ventanas, luz ni agua corriente, pero con un paisaje que a cualquier turista lo deja boquiabierta -y una riqueza histórica de gran valor cultural-, el joven hace lo que mejor le sale: ser baqueano del Valle del Lunarejo, en Rivera.

Para ser guía turístico hay que realizar un curso de UTU. No obstante, “baqueano” es el título de la zona: “No sos un guía con un curso de nueve meses o de un día. No hay ningún guía en la zona que haya estudiado. Son solo baqueanos los conocedores del lugar que pueden contar la historia y que, además, tienen conocimiento del lugar”, puntualizó a El País.

“Cuando empecé no había nada. Era solo una tapera, no existía ni techo ni puertas, ni ventanas. No había luz eléctrica ni agua. Por eso empecé acampando en El Gavilán”, contó.

Valle del lunarejo jpg

Cuando cumplió 18 años se fue a Tacuarembó a estudiar contabilidad. Esa primavera, se fue con una carpa para El Gavilán, el establecimiento rural de su padre, que en ese momento estaba para la venta. Con la idea de poner en orden las cosas hasta que apareciera un comprador, el joven se hizo cargo del campo, siempre acampando en el monte.

Resulta que un día llegaron unas personas al predio. Ingresaron porteras adentro hasta que se toparon con César Augusto, quien les explicó que no podían pasar porque era propiedad privada.

-Mirá que hay una página, Uruguay Ignorado, en donde están todas las indicaciones para entrar acá y dice que está parte es pública y que se puede entrar sin problema, le dijeron.

-Bueno, pero no se puede, les respondió. De todas formas, ese día los dejó pasar porque los turistas viajaron desde muy lejos para conocer el lugar.

Al otro día entró al sitio web y era tal cual le habían informado: “Esa era mi tapera; ‘para ir al Valle del Lunarejo hay que tomar la ruta N° 5. Luego el empalme con la ruta N° 30, recorrer unos 30 kilómetros hasta el repecho de Pena y ahí va haber una antena roja. Dejan el auto ahí, van a entrar en un camino y va a haber una casa abandonada de ladrillo visto’. Sí, esa era mi tapera”.

Ese mismo día se comunicó con el propietario de la página y le advirtió que ellos eran productores rurales y que no podían recibir turistas. “El de la página me dijo que teníamos tremendo lugar, que porqué no cobrábamos, ni que sea, la entrada a 50 pesos para que la gente pudiera ver el Valle desde arriba”, recordó.

Ni corto ni perezoso, se le prendió la lamparita... pero primero había que preguntarle al patrón. “Llamé a papá y me dijo clarito: mientras me encargara del campo y durante las vacaciones podía hacerlo, solamente para pagar los pasajes para ir a Tacuarembó a estudiar. En casa toda entrada de dinero era bienvenida y así comencé”, recordó.

Los secretos de las quebradas son mejor contados por quien los vivió: turismo, historia y conciencia natural

El primer paso: poner el número de teléfono en el dichoso sitio web. La repercusión fue tremenda, sobre todo, porque nadie nunca había visto el Valle desde abajo en donde hay la quebrada se mezcla con saltos de agua, piscinas naturales y cascadas. “La gente no ve eso porque está todo escondido, hay que caminar para llegar y, si no sos medio baqueano, te podes perder en el monte porque está lleno de caminos”, dijo. Así formaron el primer sendero: La Quebrada de El Gavilán para acompañar a la gente. “Pusimos un costo extra por acompañarlos como baqueano conocedor de la zona, guiándolos y llevándolos a lugares que no eran de tan fácil acceso”, comentó. Sin embargo, con el tiempo le agarró el gusto a las visitas guiadas, sobre todo, porque era un trabajo en el que no tenía que dejar lo que más le gustaba, al contrario, tenía que mostrarlo. “Me empezó a gustar el turismo y abandoné los estudios. A mi padre no le gustó nada y me puso a trabajar de pistero en la estación de servicio de acá de la zona a 30 km de donde vivo. De todas formas, viajaba todos los días en moto para atender a la gente que llegaba”.

Al tiempo el vecino le ofreció su predio, porque le servía tener a los turistas controlados. Además, cuantos más paseos para ofrecer eran más días de hospedaje y de los usos de servicios de la zona. Un par de meses después, otro capataz de estancia, en la que está la cascada del Indio y la cascada Grande, también le ofreció el campo con el mismo objetivo: que la gente no estorbara en el sistema productivo, que no dejaran mugre en el lugar y que cuidaran la zona bajo su control.

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Poco a poco y con ayuda de la prensa, el lugar se fue haciendo conocer. “El Valle del Lunarejo no figuraba en el mapa, primero, porque la ruta 30 no existe, pero tampoco había promoción del lugar. Pero en 2017 fue furor.

“En 2017 nos visitó un programa de televisión y explotó. Me caían muchos mensajes, llamadas, pero no podía con todo. Llamé a un amigo para que me ayudara, pero tampoco pudimos. Llamé a una prima, a más amigos. Armé un equipo para atender al grupo de gente, pero no tenía infraestructura. El baño que tenía disponible era el de mi casa. Recién había bajado la luz, pero el agua la traía de Tranqueras todos los días. Era un verdadero caos. Empezamos de muy, muy abajo”, recordó.

Con su padre productor rural, César Augusto creció en esas quebradas tropeando ganado monte adentro. Gracias a esas largas travesías hoy conoce los senderos como nadie.

Inculcar conciencia agropecuaria es también uno de los objetivos que se ha planteado con su trabajo. “Mucha gente no tiene idea de que el huevo sale de la gallina. Les llama la atención que bale una oveja. Están encerrados entre las rejas y el bitumen y no tienen idea de donde salen las cosas. Por eso las guías son también informativas: desde lo paisajístico, lo histórico y lo agropecuario. Nos tomamos el tiempo para enseñarles sobre el país en el que viven”, concluyó.

Un rincón histórico y natural en el norte del país

El Valle del Lunarejo está ubicado sobre la cuchilla de Haedo, formación basáltica de Arapey. Es un área que se formó hace unos 300 millones de años. Está ubicado sobre un corredor biológico de la Mata Atlántica brasileña, es decir, hay una gran cantidad de flora y fauna muy similar a la de Brasil y, por eso, pueden vislumbrarse animales que hoy, en muchos lugares de Uruguay, están en peligro de extinción: coatí, tamanduá, guazú virá, mano pelada, lobito de río, hurón.

La zona es una de las más ricas en historia del país. El Gavilán se ubica a 10 km de donde tuvo lugar la última batalla civil de Uruguay, la de Masoller, en la que se enfrentaron blancos y colorados el 1° de septiembre de 1904.

Por sus caminos se pueden apreciar los viejos corrales y cercos de piedra construidos en 1790, las primeras divisiones de tierra del país.

Allí también se encuentra la primera casa de comercio construida por Francisco Masoller. Fue una pulpería de la época de 1870: era carnicería, bar, panadería. Fue también una casa muy importante en la batalla de 1904, porque era el banco de sangre siendo atendidos blancos y colorados heridos de guerra. Hoy en día es una casa museo.

Por el avance de la forestación, en 2009, el Valle del Lunarejo fue declarado como área protegida.

“Estamos sobre la cuchilla de Haedo formación basáltica Arapey. Es como una “gran esponja”: es el punto de recarga del Acuífero Guaraní, la tercera reserva de agua subterránea más grande del mundo, abarcando a Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay.

Valle del Lunarejo, Rivera

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