Historias que son cuentos

¿Pasó la Onda?

Milagros Herrera.

Suena el timbre que anuncia el final de la semana de estudio. Son 1:30 PM, mi ómnibus, “2° coche Melo” sale 2:30. Como casi todos los viernes, ya vine con una segunda mochila, en la que llevo botas, bombacha de campo y camisa.

Camino hasta la terminal, ya falta menos.

La ansiedad es grande, el estómago me hace cosquillas, es increíble cómo me sigo poniendo nerviosa.

Se oye la voz en el parlante: “pasajeros con destino a…, ya es hora de embarcar…”.

 

De a poco vamos saliendo de la ciudad, agarramos ruta, y comenzamos a dejar atrás algunos de los pueblos del Santoral.

La marcha es más bien lenta, el viaje se hace largo. Es que mi ómnibus no es directo.  Allí donde al costado de la ruta hay un bolsón de galleta, también para, y eso no colabora mucho con mi ansiedad.

Oigo la voz del chofer que grita “¡Cerro Colorado, 10 minutos!”. Como si fuera para que ejercite aun más mi paciencia, a muy poquitos quilómetros de la portera de casa, todavía hay que hacer un alto. Cruzo los dedos para que vuelvan a subir todos, y rápido.

El ómnibus se vuelve a poner en marcha. A pocos quilómetros me acerco al chofer para pedirle que se detenga en mi destino final.

Ya veo la portera, y de bozal, la zaina esperándome. El ruido de los frenos como siempre la espanta , el chofer como siempre se preocupa: “Espero que subas mija”.

Como a muchos los ómnibus interdepartamentales formaron y forman parte de nuestra vida.

La pregunta: “¿Pasó la Onda?” la hicimos todos. Incluso cuando ya pasaron muchos años que esta empresa dejó de existir. Es que transportó a miles de nosotros durante más de medio siglo, ¿Cómo no quedar arraigada?

De hecho, existe la Asociación Recordatoria de ONDA y Amigos del Autobús, donde tiene por ejemplo la fotografía de la primera “cachila-ómnibus” que utilizó Perazza, la empresa predecesora de Onda, que operó desde 1925 uniendo Montevideo con Colonia. En esa época el ómnibus era en realidad un Ford T adaptado para transportar a ocho personas. El viaje duraba entre 10 y 12 horas y tenía paradas en Juan Lacaze, Rosario, Colonia Suiza, Ecilda Paullier, San José y, al fin, Montevideo.

Leyendo esto, ¡creo que me quejaba de llena en mi viaje Montevideo – Cerro Colorado!

 

Hay una historia, que aunque triste, vale la pena compartir ya que no muchos la saben. Luis Tappa nos deja esta impresionante crónica  que dice así:

Era pleno invierno, lentamente se iba gastando el mes de julio de 1955. El sábado 16 a las 13 horas, y aprovechando el feriado largo, había partido desde Plaza Cagancha hacia Rivera una excursión de ONDA, que debido a la gran demanda de pasajes había requerido la utilización de 7 unidades, cuatro cruceros GMC y 3 coches de los viejos.

En los últimos días un gran temporal de viento y agua azotaba nuestro país; las intensas lluvias provocaron la crecida desmesurada de muchos ríos y arroyos.

El lunes 18 de julio, corrían varios coches desde Rivera hacia Montevideo, se trataba del retorno de la excursión, venían cansados por el largo paseo pero contentos, ya estaban cerca.

Luego de pasar Florida, por ruta 5, llegaron a Paso Pache, pero la crecida era enorme y no había forma de pasar; entonces regresan hasta Florida y de allí salen a la ruta 6 y por esta, pasando por Chamizo, hasta San Ramón.

En Chamizo les dijeron que el puente todavía daba paso y siguieron, pero al puente ya lo cubrían las aguas; era de noche cuando arribaron los dos coches que venían adelante, Honatolio Fernández, “El caballo Fernández” lo conocían todos, de 36 años, conductor del ómnibus 172 que fue el primero en llegar decidió cruzar a pesar de todo, apuntó su faro piloto directamente hacia un letrero que estaba a la salida del puente y sin desviarse un centímetro siguió aquella imaginaria línea y cruzó.

Afirma que Berruti (Eliseo, trabajó 33 años conduciendo la Onda), me cuenta que hablando del tema con Fernández éste le dijo que en un momento sintió como que el ómnibus “se le iba” y muy liviana la dirección, entonces abrió la puerta para aliviar la presión, embarcar agua y darle peso, así cruzó y siguió. Se enteró al llegar a Montevideo de lo que había pasado con el 216.

Este, que venía detrás, intentó seguirlo pero no tuvo la misma suerte, y la rueda delantera derecha se atascó en las barandas del puente que se habían bajado ante la inminente crecida, esto según Berruti, otras versiones dicen que la rueda se salió de la calzada y quedó fuera del puente.

Eran las 9 de la noche del lunes 18 de julio de 1955 cuando el Centella 216 quedó atrapado en el puente. Comienza a gestarse el drama.

Por más esfuerzo que hizo, el conductor no logró sacar el coche de la trampa y ahí quedó con sus 41 pasajeros, 42 contando el chofer.

Con el paso de las horas la situación se complicaba más y más, las sacudidas constantes del coche producida por la corriente terminó rompiendo la rueda enganchada y el ómnibus se inclino peligrosamente sobre un lado.

No cuesta mucho imaginar los momentos que se estarían viviendo a bordo y la inquietud creciente de la gente. Al poco rato de haber quedado en el lugar y cuando aun el agua no había subido tanto, algunas de aquellas personas, entendiendo lo comprometido de su situación no lo pensaron más y optaron por “jugarse” intentando una salida desesperada, a pie por el puente y hacia atrás, o sea, hacia el lugar por donde entró el ómnibus y que era el que quedaba más cerca.

La corriente atacaba al coche por su lado izquierdo, y éste estaba al borde del puente sobre la derecha. Abrieron la puerta de emergencia, que está cerca del motor, del lado izquierdo, y fueron bajando, luego hicieron una especie de cadena humana y agarrados de la mano unos con otros, con el agua encima de las rodillas, comenzaron a caminar lentamente, paso a paso, luchando contra la corriente y por sus vidas.

Los ayudaban desde la costa alumbrándoles el camino, desde la cabecera del puente hicieron otra cadena humana que llegó hasta ellos para ayudarlos a salir, finalmente lograron ponerse a salvo, aunque aparentemente no fueron muchos. Los demás se quedaron en el ómnibus y la mayoría morirían.

Cuál fue la razón que los impulsó a quedarse, no lo sabemos. Mejor dicho, no la vamos a analizar. Y a la decisión de cruzar, sí o sí, tampoco. No viene al caso, ni importa mucho a esta altura.

Lo demás no sabría como definirlo. Faltan palabras para poder explicar lo inexplicable, faltan palabras para entender lo que pasó y poder describirlo, y faltan palabras para comprender en toda su magnitud como, ante la vista y paciencia de un pueblo que observaba azorado desde la orilla, luego de tantas horas no se pudo rescatar a aquella gente. Los que salieron lo hicieron en el momento justo, de haber demorado unos minutos más en tomar la decisión les hubiera resultado imposible.

En un molino cercano cargaron un enorme camión con 30.000 kilos en bolsas de harina, un montón de toneladas de peso, el camionero, Juan L. Rodríguez, concurrió al lugar y se ofreció para entrar marcha atrás con la intención de enganchar al 216 y sacarlo del lugar, o en el peor de los casos colocarse a su lado y hacerle de pantalla ante el empuje de las aguas e intentar pasar los pasajeros al camión. Cualquiera de estas maniobras, en esos momentos, hubiera tenido éxito seguramente, pero la policía no lo dejó entrar.

Para entonces había llegado desde Montevideo la grúa grande de ONDA, la REO con motor Cunmmings, a la que le habían soldado unos hierros en la parte trasera para facilitar la tarea de enganchar el ómnibus; el conductor de la grúa, el “Gringo” Bequio, hombre experimentado, por más que insistió en entrar asegurando que no iba a tener problemas en levantar al 216, tampoco pudo, no lo dejaron pasar.

Los dados estaban echados, alguien, el que dio la orden de no dejar entrar el auxilio, como un Juez implacable condenó a muerte a aquella gente. Demasiado tarde para investigar de donde salió la orden ¡y por qué! de no dejar entrar al camión cargado con miles y miles de kilos ni a la grúa; si hubo gente que salió a pié del puente sin que los arrastrara la corriente, mal podía el agua haberse llevado al camión con semejante peso y al que el agua le pasaría por debajo. De un cuartel cercano llegaron enormes reflectores, que dando una imagen surrealista iluminaban la escena desde la costa.

Con el ómnibus en el medio del puente las horas continuaban pasando mientras el río seguía creciendo cada vez con más fuerza, pero nadie encontraba una solución. Más tarde, y con el agua muy por encima de la calzada, llegan dos funcionarios de bomberos, Julio Cesar Ferrer y López Blanquet, que con un pequeño bote a motor alcanzan salvavidas a los pasajeros y también logran rescatar a varias personas tras heroica acción.

Fueron tres viajes con éxito, en el cuarto se quedan sin motor, son arrastrados por la corriente, chocan contra uno de los pilares del puente ferroviario y naufragan, estos dos hombres se salvaron de milagro tras varias horas en el agua y una odisea increíble.

El resto fue solo improvisación, habían esperado demasiado para intentar algo, y ya solo quedaba esperar lo inevitable. Continuaban corriendo las horas y las aguas seguían subiendo mientras en la costa, la gente, como en la platea de un teatro gigante, observaba desde la orilla como se iba gestando la tragedia; el río no perdonó semejante desafío y ya con el agua en las ventanillas del ómnibus se bajaría el telón de esta macabra obra.

A las 6 de la mañana del martes 19, el 216 se rindió tras 9 interminables horas de lucha no pudo soportar más el embate de las aguas desmandadas del Santa Lucía, que corría enfurecido a descargar su ira en el mar, y se fue… Se fue a cumplir con su destino infame en el fondo del río, alumbrado por los reflectores y ante la vista y angustia de quienes presenciaban incrédulos e impotentes la dantesca escena. Finalmente el agua acalló los últimos y desesperados gritos de aquella gente que con sus ojos desorbitados por el terror moría atrapada en esa trampa infernal con forma de ómnibus. En el último momento y cuando el coche se hundía algunos hombres intentaron salir por las ventanillas caídas, era el último y desesperado esfuerzo por salvar la vida, alguno lo logró, otros murieron en el intento, mientras los demás, paralizados de terror, se quedaron dentro del Centella esperando algún milagro que nunca llegó. Martínez, el conductor del ómnibus, también moriría y fue el último en ser encontrado, lejos del lugar.

Debieron pasar tres días para que bajaran las aguas y ver el resultado del desastre. El jueves 21 comenzó a emerger la figura del ómnibus, 18 cadáveres adentro, a 40 metros del puente y bien cerca de la costa, la puerta abierta y dos de sus ventanillas caídas.

El ómnibus fue recuperado y puesto en servicio nuevamente, lo único, que como para acallar los ecos de la tragedia le cambiaron el número y pasó a ser el 222, continuó recorriendo las carreteras y finalmente terminó sus días en la empresa haciendo el trayecto Rocha-Chuy.

Pasó la onda,  dejándonos recuerdos imborrables de un tiempo que también pasó.