Según cifras que publicó DIEA hace algunos días, en la campaña pasada se sembraron 187.919 hectáreas de maíz en todo el territorio nacional. De esta cifra, tan solo 99.759 hectáreas pudieron cosecharse, constatando entonces que un 47% del maíz que se sembró se dio por perdido antes de la trilla, siendo utilizado entonces para pastoreo y reserva de forraje para el ganado.
No es de extrañar saber que los rendimientos promedio fueron pobres, teniendo 1.415 kilos por hectárea en el promedio nacional, y viendo que el maíz de primera con riego tampoco superó la barrera de las 7 toneladas y media, quedando en 7.446 kilos por unidad de superficie.
Lo interesante a analizar, es que de la superficie sembrada en la zafra pasada, unas 53.336 hectáreas fueron de maíz de primera, al tiempo que 119.328 se hicieron con un cultivo tardío o de segunda, mostrando una tendencia que se ha afirmado en los últimos años.
Esta situación se ha dado principalmente porque el maíz, con su ventana flexible de siembra, permite entrar luego de una cosecha de trigo o de cebada, y aún siendo sembrado en fines de diciembre o incluso en enero, los materiales genéticos permiten un buen desempeño del mismo en rendimientos.
A su vez, hace varias zafras que Uruguay sufre de déficit hídrico en los momentos críticos del desarrollo productivo, por tanto, corriendo estas fechas con una siembra posterior, se asegura una merma menor en cuanto a potencial de rendimiento.
Para este año, los anuncios son de año Niño, y muchas empresas y productores se mueven con anticipación pidiendo su semilla, y no sería extraño pensar que la superficie de maíz de primera pueda volver a crecer.
Esto dependerá finalmente del éxito o no en las implantaciones de invierno, pero también de saber si las condiciones están dadas para una siembra temprana, la cual con un manejo correspondiente, aplicando los materiales adecuados y beneficiada por el regimen hídrico acorde, permite rendimientos inicialmente superiores.