Rurales El Suplemento

Productivos e indignados

“La economía uruguaya se estancó. Lo paradójico es que el único sector que manifiesta avances es la agropecuaria, por la recuperación de las cosechas”.

Por Nicolás Lussich
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La economía uruguaya está estancada y todos los problemas de competitividad -largamente anticipados, analizados, denunciados- se exponen claramente en las cifras del producto bruto interno (PBI), lo que es preocupante para un país que -lamentablemente- tiene una frágil situación fiscal y un endeudamiento creciente. Según los números divulgados por el Banco Central (BCU), no hubo crecimiento en el segundo trimestre del año ni en el tercero, cuando se mide el PBI desestacionalizado. En términos interanuales se registra un aumento del 2,1%, pero impulsado por la reapertura de la refinería. Sin este efecto, el crecimiento interanual es de 1,2% en el tercer trimestre.

Lo paradójico es que, prácticamente, el único sector que muestra cierto avance es el agro por la recuperación de las cosechas. Sin refinería, la industria cae 2,4%; las comunicaciones y el transporte crecen 6%, pero aquí hay un efecto de expansión de las transferencias de datos que hay que relativizar, porque los precios de las comunicaciones han caído drásticamente (el PBI registra las variaciones de las cantidades, no de los precios).

Así es el agro que empuja, casi solo. Es, principalmente, porque después de los magros rendimientos de la zafra pasada, estamos en un ciclo agrícola más auspicioso, que ya se ve en las Cuentas Nacionales. Y es contradictorio porque la agropecuaria es el que soporta con mayor crudeza la falta de competitividad general de la economía, tanto por costos como por limitaciones comerciales resultado de una política externa poco dinámica.

Es que, por su propia condición, la producción del campo no tiene otra forma de superar las apreturas que produciendo más. Así se ve en la agricultura, la lechería, la forestación y la ganadería. Para eso se necesita invertir, aumentar la productividad y, claro está, incrementar el uso de insumos, por más cautela que se tenga. Para eso, muchos empresarios se han endeudado fuertemente. Pero la rentabilidad, vaya novedad, no está garantizada: si los precios bajan, como ha ocurrido, el clima complica o, punto clave, el país se encarece y no hay productividad que alcance.

Si otras áreas de la economía también no aumentan, en la productividad se genera una injusticia: no todos tiran igual del carro; algunos, en realidad, están subidos a él. Así, buena parte del resto de la economía más que empujar, frena la marcha: el aumento en el gasto estatal, que implica subas en la carga tributaria y retraso cambiario, y el crecimiento de los costos a todo nivel, en especial los costos laborales, por una política salarial que ha pautado incrementos desconociendo la realidad productiva; hace que las empresas no renten e incluso queden en rojo, a pesar de aumentar la producción y la productividad.

Es por todo esto que los productores sienten que les han sacado mucho y les han dado muy poco, generando una mezcla de frustración, desazón e indignación. Y no quiero caer en la falsa oposición Estado-privados: el primero tiene muchas cosas para hacer, otras para dejar de hacer y otras para hacer mejor; los segundos también. Es más: trato de no usar el concepto de “privado”, que tiene un implícito sesgo negativo en muchos discursos. Prefiero concebir la sociedad integrada, donde las personas se organizan en empresas para producir y en las cuales los trabajadores pasan la mayor parte de su tiempo. El Estado debe garantizar servicios básicos, como seguridad y justicia, sin embargo no lo está haciendo bien. No es que “no se haga nada”, pero las prioridades están sesgadas a expandir el gasto y los “beneficios sociales”, con niveles de inversión bajos que comprometen el crecimiento a mediano plazo, sin lo cual no se pueden sostener dichos beneficios.

Para el agro, el año cierra con más producción y menos rentabilidad. Mala señal.

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