Historias

La historia mejor contada: la de los boliches de campaña

Al costado del camino sin luminaria ni cartelería, los boliches de campaña abren sus puertas a los paisanos del pago y a los visitantes de paso

Héctor Báez junto a su hijo, Esteban, en el viejo boliche de sus padres en Aguas Blancas. Foto: Manuela García Pintos

Manuela García Pintos

La pulpería era el lugar de reuniones, el centro de dispersión de noticias y de concentración del pueblo; era el sitio de transacciones comerciales, de carreras, el lugar donde se arreglaban las cuentas.

Las pulperías fueron hasta finales del siglo XIX e inicios del XX los establecimientos comerciales típicos del mundo rural en distintas regiones de América. Proveían todo lo que hasta entonces era indispensable para la vida cotidiana.

Eran el centro social de los habitantes de la campaña. Allí se podía contratar a trabajadores temporales para las famosas “changas”. Se podían tomar bebidas alcohólicas, había riñas de gallos, se jugaba a los dados, a los naipes, a la taba, había payadas y bailes. Fueron el escenario habitual de los duelos entre gauchos por motivos de juego, amor o políticos. En la campaña oriental hubo pulperías volantes, que funcionaban en carretas enormes y se trasladaban por el territorio.

Actualmente son pocos los boliches que van quedando como almacenes de ramo general, donde se puede encontrar desde una tuerca, un rollo de alambre, productos veterinarios y ración, al tiempo que se toman una copa o hacen el mediodía.

Vieja foto en el boliche de Aguas Blancas

El boliche de Aguas Blancas. Héctor Baez nació en Aguas Blancas, en Lavalleja, y su infancia transcurrió entre el campo y el boliche de campaña de sus padres.

“Los vecinos se reían de mí porque me cambiaban los pañales arriba de la mesa del casino”, contó a El País.

Si bien tanto su padre como su madre llevaban adelante el almacén, su madre era quien estaba al pie del cañón siempre. De hecho, cuando falleció, la familia decidió cerrar el almacén.

“Historias hay muchas. Pero en ese entonces, los fines de semana era el lugar de esparcimiento de toda la gente. Había más almacenes cercanos, pero este se llenaba siempre por un tema de cercanía”, contó.

Esos eran tiempos donde se fiaba y se anotaba la cuenta en una libreta. Sus padres fiaban todo lo que era alimentos, pero no funcionaba de la misma manera con “los vicios”, como el alcohol y los cigarros, sobre todo su madre se manejaba de esa manera.

“A mamá la respetaban mucho. Si tenía que sacar a una persona del boliche lo agarraba del fundillo y lo sacaba. La vi varias veces hacerlo”, dijo.

Viejos recuerdos. “Un día estábamos dentro del corredor y un paisano dejó el caballo atado en el árbol, no era muy alto y ese día estaba lloviendo. A la hora de irse siempre lo hacía con alguna que otra copa de más. Antes de subirse al caballo se puso el poncho que por su corta estatura siempre lo arrastraba. Cuando se lo arreglaba de adelante, se lo pisaba de atrás y cuando pisaba el poncho caía al piso. Y así una y otra y otra vez y los paisanos bien apoyados en la barra se mataban de la risa”, recordó.

Foto: Martín González

El bolichero por lo general es una persona amable y conversadora. El primer lugar que un gaucho pisa cuando llega al pueblo es el boliche, porque el bolichero todo lo sabe. “Si andas a caballo te dice en qué estancia dan quedada. Si quieres información vas al boliche. Incluso, te puede pasar data de los amoríos del pueblo. El buen bolichero tiene que ser así”, dijo Martín González.

Bolichero, policía y arquero

Foto: Martín González

Esta anécdota sucedió muchos años atrás cerca de Casupá, en Florida, en un almacén de terrón y techo de paja del que ya no queda rastro del boliche, ni del bolichero.
Leonocio Álvarez era el dueño del parador y también el policía de la zona.

En frente al boliche estaba la cancha de fútbol donde al día siguiente jugarían los cuadros Huracán vs Estrella América.

La noche previa al partido hubo un baile en la escuela rural. Resulta que habían unos muchachos con sus respectivas novias en la cocina del centro educativo.

No se sabe bien cómo un par de nylon se prendieron fuego. El policía estaba cerca de la zona y compareció ante la escena, pero asustados por lo que pudiese pasar, los jóvenes empezaron a correr y se escaparon rumbo a Casupá. Se perdieron por el campo y el policía dejó de perseguirlos.

Al otro día y en medio del juego, le hicieron un pase a uno de los jóvenes que huyó la noche anterior. Este tuvo que enfrentar solo al arquero, quien para su sorpresa era el policía (y bolichero).
Aprovechando la situación, el policía le dijo: “Anoche te me escapaste, ahora no”.
El joven se asustó ante los dichos del policía y le tiró la pelota a las manos.

Caros, pero de fiar

Foto: Martín González

Martín González, es un gran conocedor de la patria uruguaya a quien El País, meses atrás, le realizó una entrevista dado que el joven se encuentra recorriendo el país a caballo.

A partir de su experiencia contó que antes muchos almacenes compraban cueros y lanas y, de hecho, en su casa le vendían los cueros al boliche de Peralta.

“Las reuniones antes eran mucho más comunes, la gente se juntaba a jugar al truco, a tomar algo.

Todo eso sigue existiendo, pero cada vez es menos común”, señaló.

Eso responde, en primer lugar, a que hay menos personal trabajando en las estancias y, por lo tanto, menos gente en los pueblos.

“Ya no son tan comunes las reuniones en los boliches. Ahora los boliches tienen fama y son más de uno los que he escuchado que son locos de careros (costosos). Eso se justifica por el hecho que no había mucha variedad, no hay muchos boliches. En una determinada zona un boliche, por allá lejos hay otro. Toda la gente que andaba cerca de ese boliche va a ahí. Entonces se afirman en los precios”, contó.

De todas formas, González reconoció que los bolicheros siempre fían y nunca “te dejan de a pie”.

“Eso si, siempre te fian, antes era así al menos. Si no tenes plata a fin de mes, levantabas lo que necesitabas, pero cuando viene la cuenta ¡agarrate Catalina!, comentó entre risas.

El de Figueredo

Foto: Martín González

“El boliche de Figueredo”, en la Cuchilla, fue desde que Gerardo García Pintos lo conoció, en 1966, “un centro de vida imponente”.

Ahí había almacén todo el día y boliche hasta la madrugada, era correo, era una parada de omnibus. Era el centro zonal.

Ese boliche supo tener un mono que estuvo durante años y, por supuesto, era la gran atención de los niños.

El boliche también era el lugar de los políticos en campaña electoral siempre.

Por allí pasaron Julio María Sanguinetti, Jorge Batlle, Luis Lacalle, Alberto Gallinal.

Ahí mataron a puñaladas a “la rubia de Cocoré”. Lo hicieron delante de mucha gente que no intervino y quedó para la historia de que “la rubia de Cocoré” se aparecía y estaba el espiritú de ella en el boliche.

Muchos años después ese boliche fue vendido, pero los nuevos dueños lo dejaron venirse abajo y hoy no queda prácticamente nada.

El gran valor de los boliches de camapaña, más que las miles de anécdotas que han dejado, fue que eran el verdadero centro comercial de la zona, epicentro social y de intercambio.

Angelito y el sable

Foto: Martín González

Como todo pago de campaña siempre hay algún personaje que llama la atención. Esto sucedió a finales de la década de 1950 en el comercio de Don Jacinto, en Matojo de San Carlos. Don Angelito, un conocido parroquiano del pueblo, concurrió una mañana al boliche de campaña donde se encontró con un par de amigos. Copas van y copas vienen hasta pasado el mediodía. De tarde, cuando el bolichero le dijo que no le despachaba más bebida, Angelito le preguntó por qué no.

“Porque ya te tomaste todas las de hoy”, le respondió el bolichero. Ahí comenzó el “me voy”, pero no se iba más. En un impulso llegó a la puerta y se agarró de ella quedando aprisionando del marco de la puerta. En determinado momento se le cayeron los pantalones y los calzoncillos, pero si se agachaba para levantarlos se caía. El bolichero optó por llamar a la comisaría, ubicada a unas 10 cuadras del comercio. El comisario, pronto para salir de recorrido con el caballo ensillado y el sable colgado en la cintura (en aquella época usaban colgado en la cintura un sable en una vaina de metal siempre brillosa). Cuando llega al almacén enfila la puerta, donde estaba Angelito. “¿Qué haces, Angelito, así con todo colgando?”, le pregunta el policía. Angelito le responde: “Y a usted también le cuelga”. “¡No me falte el respeto!”, exclamó el policía. “Yo no le falto el respeto”, le dijo Angelito al comisario. “Si a usted le cuelga y le brilla es porque no ha hecho nada y yo hice 14 hijos”

Masoller y su reliquia

Casa Masoller

El boliche rural de Masoller tiene más de 150 años.

De hecho, hay fotos de la guerra de Masoller (que tuvo lugar el 1° de setiembre de 1904 y significó el drástico final de la guerra civil uruguaya entre los colorados y los blancos) donde se puede a los doctores operando a los heridos de la batalla y en el fondo se visualiza la fachada del almacén rural.

Ese almacén, como tantos otros, era un centro social fundamental, pero tiene una historia muy especial dado que fue clave durante la batalla de Masoller.

Con gran seguridad, no debe de haber otro almacén en la redonda que tenga una historia similar a la del “boliche de Doña Irene”

Hoy los vecinos lo conocen como “el boliche de Doña Irene”. Según pudo saber El País, ese fue el primero de la zona. El mismo está ubicado al lado de una vieja estación de servicio que antes supo ser una estancia.

En su momento, aparte de ser un boliche de campaña, funcionaba como recambio de caballos en la época de la dirigencia.

Además, toda persona que vivía en Rivera o en Artigas para ir a Montevideo tenía necesariamente que pasar por Masoller.

“Ese boliche es una verdadera reliquia para la patria uruguaya”, dijeron vecinos de la zona a El País.

Masoller, 1975