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La historia del cura que comparte los valores del campo desde la raíz

De familia tambera y granjera en el norte del país, el Cholo es un sacerdote rural que imparte las lecciones aprendidas en su niñez

Adrián García, el Cholo, es de Paso de los Toros, Tacuarembó, y vivió hasta su adolescencia en el entorno de su familia tambera y granjera.
Adrián García, el Cholo, es de Paso de los Toros, Tacuarembó, y vivió hasta su adolescencia en el entorno de su familia tambera y granjera.<br/><br/>

Conocí al Cholo afuera del supermercado. Nosotros salíamos y el entraba con la chismosa. Era un hombre bien campechano de unos 40 años y, además de un vozarrón que se hacía escuchar, noté que tenía una preponderante cruz colgando de su cuello, pero también una boina, pantalón cargo y alpargatas Confortable. “¿Quién era?”, pregunté cuando nos alejamos. “El cura”, me respondieron.

El Cholo se llama José Adrián García, en realidad tiene 41 años, es de Paso de los Toros y sí, mi instinto no falló, es un gran campechano. También es el cura de Rivera y acompaña a varios grupos de jóvenes en aparcerías de campo.

Coordinamos la entrevista por Whatsapp y me agregó a Facebook para que sacara las fotos que necesitara para ilustrar la nota. Hacía bastante tiempo que no hablaba con un cura, y, claro, nunca lo hice por Whatsapp. Los tiempos cambiaron, los valores no.

El Cholo es una zona llamada Cuchilla de la Gloria, en Tacuarembó. Nació en 1980 y es hijo único de una madre soltera. Vivió en el entorno de su familia de profesión tambera y granjera, compuesta por sus dos abuelos y un tío.

Su abuelo era apasionado por el hipismo; corrió caballos en sus mejores años y los entrenó el resto del tiempo. “Ese fue el medio en donde crecí. Cuando era niño era todo hipismo, tambo y granja”, contó.

Como en todo hogar de campo, el trabajo empezaba a temprana edad y desde niño ayudaba a sus abuelos en las tareas. En sus vacaciones de verano visitaba a sus tíos abuelos que tenían campo en Tacuarembó, las primeras veces acompañado de su madre, pero a los seis años decidió ir solo. “Mi madre me crió con mucha libertad responsable. Las primeras vacaciones de primero de escuela me las pasaba en la casa de mi tío abuelo y ahí me hice del trabajo rural, porque era gente bastante exigente y no quedaba mucho espacio para jugar”, recordó.

De todas formas, confesó que siempre le gustó el trabajo de campo, porque era parte de la propia diversión.

“Toda la fascinación de un niño que se va haciendo hombre en sus primeros pasos de tomar mate solo, de ensillar un caballo solo y salir a recorrer solo. Medio entreverado entre los peones, salía a lo que para mí era la aventura del campo”, contó.

Esa eficiencia en el trabajo fue lo que lo preparó para que a los nueve años falleciera su abuelo, que tuvo también un rol paternal. Eso trajo consigo también una gran dificultad económica para llevar adelante el pequeño establecimiento rural. Fue así como a sus 13 años se hizo cargo del tambo y de la granja, dado que su abuela “quedó achicada” tras la pérdida de su compañero. Paralelamente su tío se había casado y el Cholo era el único varón de la casa, aunque su madre fue un gran mojón de apoyo. “Esa exigencia de la niñez me ayudó a madurar rápido y agarrar el toro por las guampas. Me encanta la tarea de campo, mi madre se dedicó mucho a la elaboración láctea de quesos, manteca, tortas, yogures. Gracias a esos medios, la huerta, la granja y la chacra, pude terminar el liceo”, agregó.

Junto a la aparcería Juventud y Tradición, en donde transmite los valores del campo: el respeto por el trabajo, el cuidado de la tierra, compartir las tradiciones camperas y la solidaridad más pura. “Tratando de sacar una vaca atorada, supe lo que es ver bajar del caballo al vecino para venir a ayudarme”, dijo.

El guía. La vivencia de Dios era algo de todos los días, cuando, por ejemplo, su abuela, después de recorrer el campo y antes de ordeñar, se hacía un momento para rezar un Padre Nuestro, porque ese día habían nacido un par de terneras.

“Y así vivíamos acompañados por esa presencia. En todo. Rezando por la seca, porque lloviera, porque dejara de llover. Él estaba ahí siguiendo la vida cotidiana”, contó.

La vocación de sacerdote no estaba en sus planes, que iban más por el lado de estudiar Agronomía. “Pero bueno, de ser pastor de ovejas salió la inquietud de ser pastor de alma y acompañar a la gente. Sobre todo desde un carisma especial, el salesiano, que llama mucho la atención, porque se identifica mucho con mi historia”, señaló.

Para su madre esto no fue una gran gran sorpresa, porque notaba que su hijo estaba cada vez más metido en la actividad con jóvenes, de animación y retiro.

“Le costó más asumir el despegue, porque no era lo mismo hacer facultad y volver los fines de semana a ser esto. Fue como una despedida. Costó, pero no por el hecho de la dedicación sacerdotal”, aseguró.

Hoy, el Cholo está instalado en Rivera y su madre, aún en Paso de los Toros, vive una etapa de cierre. Se liquidó el tambo y solamente queda una chacra y la huerta. Ella está muy inspirada con el grupo de mujeres rurales de la zona, pasando una etapa más bien de cosecha de todo lo que hizo, que de desgaste. “Vive con algo más liviano, pero siempre compartiendo”, indicó.

Valores. El campo, aseguró, tiene muchísimos valores. Si bien algunos coinciden con los valores universales citadinos, “hay algunos muy específicos del campo”. Así, continúo diciendo, lo primero que salta a la vista es el contacto con la naturaleza.

“La vida de campo es estar habitando la creación de la naturaleza, el valor de lo natural. De alguna manera, el misterio de la creación es recreado. Se me viene a la cabeza la canción Milagros, de Larbanois Carrero. Son milagros de todos los días”, dijo. Eso lleva a una vida que transita a un ritmo acompasado de la naturaleza con sus procesos, una vida más tranquila. “A mí me ha llevado a un estilo de vida de cuidar la ecología, entenderla”, agregó.

Lo que hacen a las relaciones del campo, el compartir mucho, compartir todo. Ahí aparece el segundo valor: el de familia de campo. Aquí no hay tanta dispersión como en la ciudad.

“Hay mucho de estar juntos, de trabajar juntos, de cocinar juntos, de charlar al lado de la estufa. Valorar los vínculos familiares”, señaló.

La solidaridad, podría ser un tercer valor. El apoyarse entre vecinos.

“Valoro muchísimo a mis vecinos que me sacaron adelante. Uno sale del campo con esas cosas. Tratando de sacar una vaca atorada, supe lo que es ver bajar del caballo al vecino para venir a ayudarme. Los vecinos fueron los que me enseñaron a alambrar”, explicó.

En el campo, agregó, hay mucha gratitud. Es solidaria pura y es palpable.

Todo lo que tiene que ver con el valor del trabajo.

“Es algo sustancial para el ser del campo. El trabajo acá no se vive como un castigo ni como un peso, sino que se disfruta. Es parte de su hábitat, el desarrollar hábitos de trabajo, las rutinas. Hace mucha falta hoy recuperar los hábitos de trabajo. Querer y amar el trabajo. Es muy vocacional entre la gente de campo”, dijo.

Un último valor, el de las tradiciones camperas.

“Eso me ha identificado mucho como sacerdote de campo. Defenderlas, promoverlas entre los jóvenes. Desde lo sacerdotal me volteé mucho a acompañar las aparcerías en Montevideo, viendo mucha gurisada que se va a estudiar y queda lejos de su familia, de su entorno y sus raíces. Estos grupos hacen que no se pierdan las raíces. Se comparten las costumbres”, comentó.

Pastoreando en las costas del arroyo Malbajar

A las 5 de la mañana un estruendoso rayo despertó al Cholo inquieto. Esa noche había llovido mucho en El Paiva, de los Salesianos Don Bosco, en Sarandí del Yí. Saltó de la cama, se calzó las botas y mientras se ponía el pilot, corrió hasta la caballeriza. Allí estaba Vidal, uno de los peones del Paiva, con dos matungos ensillados, quien atando el correón de la cincha, le dijo: “Mire pal arroyo”. Alzó la vista al horizonte en penumbras y quedó pasmao: la creciente era machaza: había que sacar al ganado de la costa.

Allá salieron al galope con la garúa golpeándoles la cara. La tormenta asustaba hasta al más guapo de los criollos. Al llegar a la costa ya había terminado de clarear el alba. El arroyo Malbajar estaba desbordado, corría agua por todos lados, formando islas en varias zonas del monte. En ese momento gritó Vidal “¡pucha, las ovejas”. Eran 96 ovejas aisladas por el agua que, apunadas de la mojadura y el susto, no atinaban a nada.

Tras algunos intentos fallidos, resolvieron cruzar a los animales de a uno o dos a caballo. Es así que uno le alcanzaba al que estaba montado la oveja. Colgaba una por delante y otra por detrás. De la oveja número 60 en adelante ya no sentían los brazos en el cuerpo, entre el frío y el desgaste de cargar animales con abundante lana enchumbadas en agua.

Las tres últimas las cruzaron sobre las 12:30 del mediodía. Cerca de la orilla, el zaino que montaba el Cholo comenzó a bellaquear. Por la gran correntada se le había aflojado la cincha hasta correrse a las verijas. Largó a la oveja para un lado y se tiró al agua por el otro, con las riendas en la mano. Se salvaron los tres: el Cholo, el caballo y la oveja. Al terminar la campereada, no quedaba fuerza ni para hablar, solo se miraban con una sonrisa que solo expresaba la chaira, pero estaban satisfechos por la gran hazaña. Pegaron la vuelta a las casas en silencio y con los matungos de orejas paradas.

“Ese recorrido no lo olvido más. Allí fui meditando todo lo que habíamos pasado. Pensaba en cómo fuimos capaces de arriesgar nuestra vida por las ovejas… ahora más que nunca comprendo las palabras de Jesús diciendo: ‘Yo soy el buen pastor, el que da la vida por mis ovejas’. Nunca lo había vivido tan de cerca. Ahora comprendo porque te comparaste con quién cuida a las ovejas”, dijo.

Allí mismo pensó en todas las personas que lo han pastoreado; los que se jugaron por él y, de paso, se puso a charlar con Dios. ‘Jesús, a través de esas personas sé que estuviste, porque sos capaz de lo alocado, de lo irracional por querer salvarnos, así como hoy lo hicimos con las ovejas en peligro. Cuántas veces soy como esa oveja apunada, inmóvil ante los problemas no me quedan fuerzas ni lucidez para nada. Soy también como esas otras que, reconociendo la oportunidad de tu salvación, me doy vuelta y me pierdo en la trama oscura del monte de la vida. Doy gracias por nuevamente estar en tus brazos, encima de tu montura, aquí me siento seguro y tranquilo”, narró.

Llegando al trotecito a la portera de las casas, terminó el camino recordando esta oración: “Tenga confianza el hombre, si es oveja descarriada, que el pastor de la majada, esta desiando su güelta, con tal que en forma resuelta deje su vida extraviada”.

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