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La dulce fiesta de las cosas más sencillas

La vida de campo es diferente. La vida de antes también era diferente. Ni mejor, ni peor: diferente. Y es tal vez en el campo, en ese contacto genuino con la paisanada, con la naturaleza, con la libertad más pura para los niños, es donde se forjan algunos valores que perduran de generación en generación. Es la historia de la familia Zorrilla de San Martín, mi familia, que abandonó la comodidad del centro de Montevideo para criar a sus hijos en el campo, explotando la agropecuaria y haciendo crecer una estancia que estaba semi abandonada. Hoy, me siento en la responsabilidad y el desafío de transmitir esta historia que enaltece el valor de la familia, así como la de tantos otros en nuestro país, que no han utilizado la vida de campo y la producción agropecuaria solamente como medio para vivir, sino que ha sido indiscutiblemente su fin

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“Marca, cuchillo y señal, y sale un pampa bufando. La calle se va cerrando, de lazos buscando el pial. Al correr del animal, sale un cascabel zumbando, la armada se va cerrando, y al abrazar las dos manos, uno gritó “la tomamos”, y hay una panza blanqueando”. Letra de Enrique Zorrilla de una yerra en San Francisco de los Ceibos en 1962, Treinta y Tres.

Ricardo, Enrique, Guillermo, Ricardito y Gonza cantando en San Francisco de los Ceibos
Ricardo, Enrique, Guillermo, Ricardito y Gonza cantando en San Francisco de los Ceibos
Alfonso Zorrilla

Todo comienza con Don Francisco Zorrilla de San Martín, un escribano del Tribunal de Apelaciones, que vivía con su esposa Doña Sara Nin Reyes en el centro de Montevideo. Es por su contacto con Don José María Ordeig, quien tenía grandes extensiones de campo en las inmediaciones de Kiyú en San José, que sus 6 hijos varones aprendieron los quehaceres de campo y a andar a caballo. En cierto momento, Don “Paco” realiza la sucesión de Alejandro Gallinal, porque era muy amigo de Alberto, su hijo, y ¿qué hace con el dinero para enojo de Doña Sara? Compra las dos partes restantes de una estancia en Treinta y Tres, que eran de sus dos cuñadas para hacerse de unas 2120 hectáreas que solían ser posta de diligencia de camino a La Charqueada.

Se trataba de un establecimiento con alambrados caídos, casi sin ganado, con 9 árboles en todo el predio y 3 aguadas secas. Don “Paco” comienza con la reconstrucción de la casa, y le pone de nombre San Francisco de los Ceibos por San Francisco de Asís. Poco tiempo después, Don “Paco” muere y aquí es donde empieza la historia de Zorrilla Hermanos.

Gonzalo, hijo de “Paco”, que había pasado veranos enteros con su amigo “Trompo” Gari en el campo de Bottaro en Cerro Largo, no dudó un segundo. “Yo me voy al campo”, dijo. A lo que siguió el “¿Nos casamos y te venís conmigo?”, a mi abuela Noel Pereyra, con quien se conocía por vínculos de amistad entre familias. “Él siempre me había hablado del campo como el sueño de su vida y yo le dije, contigo me voy a la China igual, pero eso es porque no sabía lo que era el campo”, dice entre risas. “El primer día, Gonzalo ensilló, salió al campo de madrugada y volvió de noche y yo me pasé todo el día llorando en la casa, pero me fui acostumbrando”, se explaya Noel. “Cuando anuncié en mi casa mi madre casi se muere, papá no porque lo quería mucho a Gonzalo, pero yo quería hacer mi vida y me fui”.

Zorrilla Hermanos de izquierda a derecha: Gonzalo, Ricardo, Enrique y Paco
Zorrilla Hermanos de izquierda a derecha: Gonzalo, Ricardo, Enrique y Paco

Paco, el hermano mayor que estaba cursando sus estudios en Montevideo, se encargó de ser el soporte de la familia y dedicarse a aspectos financieros y la parte de los bancos. José Zorrilla, su hijo, recuerda: “papá tenía mucho trabajo en Montevideo y su vida dependía de eso, pero tenía dos condiciones innegociables: su pasión extrema por el campo y una devoción absoluta por sus hermanos”.

Jorge y Alfredo, si bien siempre estuvieron cerca de la familia, fueron los dos hermanos que no se vincularon a San Francisco de los Ceibos directamente, al tiempo que Ricardo y Enrique, los dos más chicos de los 6 hermanos varones que solían juntarse a tocar la guitarra en un sótano de la calle Ellauri en Pocitos cada vez que tenían la oportunidad, estudiaron para ser técnico agropecuario.

“Para mí Paco y Gonzalo fueron como mis padres, yo estudié gracias a ellos”, dice Ricardo Zorrilla, quien trabajó en Cerro Largo y Florida, siempre como capataz de estancia, antes de irse al establecimiento familiar en Treinta y Tres. Hoy, con sus “jóvenes” 87 años y esa personalidad encantadora, se lo puede ver en cada Expo Prado tocando la guitarra y cantando en La Peña de Valdez alguna que otra zamba, entre aplausos emocionados y como si fuera un “gurí” más.

Enrique Zorrilla, el más chico de los 6, dedicó su vida también al trabajo de campo, con paso por la estancia Los Guayabos en Paysandú y algunas incursiones en arroz en Saman en José Pedro Varela, antes también de irse a San Francisco de los Ceibos. “A mí me gustaba más la ganadería”, afirma junto a Beatriz, su compañera de toda la vida. Enrique luego fue reconocido por su homenaje “al hombre de a caballo”, como le gusta decir a él, en sus pinturas. Su casa en Treinta y Tres primero y su taller en Montevideo luego, fueron lugar de multitudinarias reuniones con amigos de la vida, donde siempre había lugar para uno más, entre los que destaca siempre a su amigo el “Panza” Zumarán, y donde reposaba siempre sonriente un retrato de Wilson Ferreira Aldunate.

Ya en 1975, con 5 potreros bien delimitados, aguadas en funcionamiento, ya muchos más árboles y ganado vacuno y ovino pastando, Zorrilla Hermanos construyen la represa, que tiene un espejo de 147 hectáreas y hasta el día de hoy riega arroz, empresa que en su momento fue realizada por los propios hermanos.

Los Zorrilla en San Francisco de los Ceibos, con Severo Machado en el cuadro del fondo, dueño original de la estancia.
Los Zorrilla en San Francisco de los Ceibos, con Severo Machado en el cuadro del fondo, dueño original de la estancia.

“Lo que más me enamoró de Gonzalo fue su pasión por el campo, era tan campero que parecía que se había criado ahí”, dice Noel Pereyra, quien entre risas cuenta que cuando venían a comprarle sus terneros, él, ya con los bolsillos llenos y solución a las cuentas cotidianas, me miraba triste y me decía: “se los llevaron”. Es así que Gonzalo y Noel criaron a sus hijos en el campo. “Yo me levantaba, salía al campo y me sentía feliz todos los días, y veía que Gonzalo también volvía del campo feliz”, dice Noel, quien creció en una casa en el centro de Montevideo con 10 habitaciones, la cual cambió por un viejo casco que se llovía en ocasiones. “Nunca me importó el dinero, porque además de que nunca tuvimos mucho, hay que saber ser feliz con lo que uno tiene. Yo pienso que eduqué bien a mis hijos por hacerlo en el campo, por algo a todos les gusta”, aseguró Noel.

Enrique empezó a pintar hace casi 30 años. “Yo pintaba porque me gustaba, y un día un amigo me dijo “a ese cuadro lo tenés que vender por lo menos en 50 dólares, y así empecé”, dice Enrique. “Pasé muchos años de a caballo”, dice sonriente, y se puede apreciar en sus pinturas: son el día a día del hombre de campo.

La unión y la excusa de encontrarse es un sello en la familia. “Zorrilla Hermanos fue eso: 4 hermanos que hablando pudieron construir aquel desierto en lo que es hoy”, dice Ricardo Zorrilla. “¿Problemas? Miles, pero siempre se solucionaron hablando, yo cedo acá y vos cedés allá”, dice ante su inminente emoción para quienes lo conocemos, y ya definitivamente entre lágrimas dice: “Si me dieran la vida de nuevo la viviría igual, con la vieja Lucía, con mis hijos. Soy un tipo tan pero tan feliz que no sé cómo agradecer a la vida”, dice Ricardo, “son lágrimas de emoción”.

Noel Pereyra, que tiene 91 años dice: “estoy en un grupo de Whatsapp de literatura y otro de religión, y nadie conoce lo que es el interior y la vida de campo”. Mirando en retrospectiva comenta entre risas, “mi mayor logro fue llevar a Gonzalo a Europa de viaje una vez en la vida, y le encantó Londres, que le tenía terror”. Gonzalo, conocido como “El Gaucho Zorrilla” o “El Patrón de las Dos Horquetas”, escribía absolutamente todo lo que hacía en el campo en su diario personal, con su negatividad tragicómica característica como el día que puso: “planté una huerta: se murió todo”. Sin embargo, cuando iba a la capital del país, escribía que “de tal día a tal día estuve en Montevideo”, y nada más. Su vida entera era el campo, y el tiempo en Montevideo era tiempo que esperaba para volver. Tal es así, que el día que sus hijos lo ayudaron a liquidar las deudas con el BROU con la explosión de la soja y la ayuda de los pooles de siembra, volvió a su casa y dijo: “¿y ahora qué hago?” para risa de los presentes.

San Francisco de los Ceibos sigue allí, a medio camino entre Treinta y Tres y Charqueada. Ya no es solo un desierto sin ganado, con alambrados caídos, 9 árboles y aguadas secas. Hoy tiene recría, invernada y soja, pero sobre todo un casco viejo que cada Semana Santa recibe a todos los Zorrilla que van. Y a sus amigos, porque si usted quiere ir, avisa y lo esperamos con un corderito y algún buen tinto, además de “unas ganas locas de querer cantar”, como dice la Zambita para Llegar de Los Chalchaleros.

Manuscrito de La Yerra, de puño y letra de Enrique Zorrilla
Manuscrito de La Yerra, de puño y letra de Enrique Zorrilla

“Hay algo raro, no nos vemos nunca, pero pegamos un chiflido y aparecemos todos”, dice Ricardo Zorrilla. Entre bombos, guitarras, asados y abrazos la familia entera se reúne una y otra vez. Ya no tiene que ver con el campo, tiene que ver con los valores ligados en buena medida a dicho legado. Historias como esta hay muchas en este pequeño gran país, y desempolvarlas para reivindicar su valor frente a la sociedad forma parte de nuestro desafío como periodistas agropecuarios. Ricardo, o Don Viejo como se lo conoce, escribió: “Don Paco y Doña Sara empezaron este cuento, sin pensar en ni un momento, hasta donde esto llegará. Y ahora que en forma clara, se ve que es un batallón, si regresan del panteón, y ven lo que produjeron, seguro más que ligero, nos van a pedir perdón”, y se ahoga entre llantos y risa. Eso: la vida misma pasando por la sabiduría de una persona de la que tanto deberíamos aprender.

Porque cada vez que nos juntamos, al calor de un buen fueguito, con algún asadito, una paella y el disfrute de un buen vino, a Don Viejo lo hacemos cantar en público un precioso tango. Pero su público, de propios y ajenos, se emociona cuando dice “mi barrio fue mi gente que no está”, y pide perdón, aunque entre sonrisas cómplices de alegría y sentimiento fuimos aprendiendo desde chiquitos que el valor está en “la dulce fiesta de las cosas más sencillas”.

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