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Dejaron la ciudad para vivir en el campo y hoy producen cerca de 20.000 huevos por mes

Eugenia Cabrera y Felipe García se instalaron en una chacra de El Colorado, Canelones, donde dieron vida a Bien de Campo, un emprendimiento de producción de huevos de gallinas libres de jaulas. Con 650 aves, una comunidad que crece en redes sociales y nuevos proyectos en camino, la pareja encontró una forma de combinar el trabajo, la naturaleza y una manera diferente de vivir

Eugenia Cabrera y Felipe García, emprendedores de Bien de Campo.

Todo comenzó con una idea que parecía lejana, de esas que se conversan muchas veces sin saber muy bien cuándo podrán concretarse. María Eugenia Cabrera y Felipe García soñaban con tener una chacra, vivir rodeados de naturaleza, criar animales y encontrar, al terminar cada jornada, un lugar donde bajar las revoluciones. Lo que nunca imaginaron fue que aquel proyecto de vida terminaría convirtiéndose también en un emprendimiento productivo, con 650 gallinas, cerca de 20.000 huevos mensuales y una comunidad de seguidores que acompaña sus días desde las redes sociales.

Ella tiene 31 años, es ingeniera agrónoma con orientación forestal y desde hace años desarrolla su propia marca de carteras de cuero, Amadea Leather. Él tiene 33 y trabajó durante mucho tiempo vinculado al sector arrocero, desempeñándose en tareas productivas, logísticas y administrativas. Ambos conocían el campo, aunque ninguno tenía experiencia en la producción avícola. De hecho, Felipe reconoce entre risas que, cuando era chico, les tenía miedo a las gallinas porque las de una vecina solían picarlo.

La historia comenzó a tomar forma cuando decidieron salir a buscar una propiedad en la zona de El Colorado, en Canelones. No fue una elección casual. Felipe, oriundo de Las Piedras, había trabajado en una veterinaria de la zona y también había tenido algunas ovejas en un establecimiento cercano. Eugenia, por su parte, conocía el lugar por la barraca de lanas y cueros de su padre. Los dos tenían un vínculo especial con aquel entorno.

Durante varios fines de semana recorrieron propiedades, hasta que encontraron una que reunía lo que estaban buscando. Había una casa, un galpón, instalaciones y, sobre todo, un paisaje que terminó de conquistarlos. La antigua propietaria había plantado árboles frutales de todo tipo: cítricos, perales, ciruelos y nogales, que hoy forman parte de la vida cotidiana de la pareja.

“Nos enamoró mucho el entorno”, recordó Eugenia. La casa necesitaba arreglos y las instalaciones también, pero había algo que ninguno de los dos podía dejar de ver: el potencial de aquel lugar.

Lo que inicialmente iba a ser una chacra para disfrutar de la tranquilidad terminó dando lugar a una pregunta: ¿por qué no desarrollar allí una actividad productiva?

De una idea a 650 gallinas

La decisión de producir huevos no llegó de un día para el otro. Eugenia y Felipe comenzaron a investigar distintas alternativas y encontraron en la producción de huevos de gallinas libres de jaulas una oportunidad que combinaba dos aspectos que les interesaban especialmente: el bienestar animal y la alimentación de calidad.

“Cuando empezamos a investigar sobre las gallinas libres de jaulas y las diferencias con la producción convencional, nos pareció muy interesante. Además, el huevo es un alimento de consumo diario y vimos que había un público cada vez más interesado en la alimentación saludable”, cuentan.

Pero pasar de la idea a los hechos implicó bastante más que comprar gallinas. Durante aproximadamente un año trabajaron en un proyecto de inversión que presentaron ante el Banco República. Tuvieron que estudiar un rubro que desconocían, consultar técnicos, conversar con productores y aprender prácticamente desde cero.

El galpón que había en la propiedad fue reacondicionado y ampliado. Felipe se encargó de buena parte de las obras, desde las instalaciones de agua hasta los comederos, bebederos, cortinas y mallas de protección, mientras Eugenia acompañaba los trabajos y ambos iban tomando decisiones sobre un sistema productivo que recién comenzaban a conocer.

“Fuimos aprendiendo a medida que íbamos haciendo”, resumieron.

Maples Bien de Campo.

Las reacciones de familiares y amigos fueron de lo más variadas. Algunos pensaban que era una locura embarcarse en un proyecto de semejante magnitud sin experiencia previa. Otros imaginaban que iban a tener apenas cuatro o cinco gallinas para consumo propio. Y también estaban quienes confiaban en que podrían sacar adelante el emprendimiento.

Finalmente, en abril de este año llegaron las primeras aves. Optaron por recibir inicialmente 50 pollitas de unas ocho semanas de vida, una edad mayor a la habitual, para reducir los riesgos de la etapa más delicada de la crianza. El lote se completó hasta alcanzar las 650 gallinas que hoy integran el establecimiento.

Y hubo una fecha que quedó especialmente marcada en la historia de Bien de Campo: el 27 de junio, cuando apareció el primer huevo.

Aquel acontecimiento, que para cualquier productor experimentado podría formar parte de la rutina, para ellos representó la materialización de meses de trabajo, inversiones e incertidumbre. Lo grabaron, lo compartieron en las redes sociales y la respuesta fue inmediata. Llegaron felicitaciones, comentarios y, sobre todo, las primeras consultas de personas interesadas en comprar su producción.

Una forma diferente de producir

En Bien de Campo, las gallinas tienen acceso a un galpón y también a espacios exteriores donde pueden desplazarse libremente. No permanecen en jaulas individuales, pueden elegir dónde comer, beber agua, descansar y poner sus huevos.

La pareja asegura que el bienestar animal es uno de los pilares fundamentales del emprendimiento. Por eso, además de proporcionar espacios adecuados, decidieron no realizar el corte de picos, una práctica utilizada en determinados sistemas productivos para reducir el picaje entre las aves.

El sistema exige cuidados y una atención permanente. Dentro del galpón trabajan con una referencia de cuatro gallinas por metro cuadrado, mientras que en el exterior disponen de una superficie considerablemente mayor, de aproximadamente cuatro metros cuadrados por animal.

Pero esa libertad también tiene sus desafíos. La limpieza de los huevos requiere trabajo manual, es necesario prestar especial atención a posibles episodios de picaje y mantener medidas de prevención frente a depredadores, perros y aves silvestres que puedan transmitir enfermedades.

“Es un sistema que necesita más espacio, más infraestructura y mucho trabajo. Pero para nosotros el bienestar de las gallinas es fundamental y no queremos perder ese foco”, explicaron.

Actualmente producen más de 600 huevos diarios, lo que representa una producción cercana a las 20.000 unidades mensuales. Las aves reciben una alimentación especialmente formulada para su etapa productiva y cuentan con seguimiento veterinario, un plan sanitario y registros diarios que permiten monitorear su evolución.

Bien de Campo.

La rutina comienza temprano y combina tareas que se repiten todos los días: controlar el agua, suministrar ración, abrir las cortinas del galpón, permitir la salida de las gallinas, recoger los huevos y mantener las instalaciones en condiciones.

A eso se suman los repartos, las compras de insumos, el trabajo comercial y la generación de contenido para las redes sociales. También cuentan con la colaboración de Carlos, quien los ayuda en el cuidado cotidiano de las aves.

Porque, aunque el emprendimiento ha crecido, todavía no viven exclusivamente de él. Ambos mantienen otras actividades laborales y deben organizarse para atender cada una de sus responsabilidades.

Una historia que empezó a contarse en las redes

Hay otro aspecto que distingue a Bien de Campo y que, sin haber sido planificado como una estrategia comercial desde el comienzo, terminó convirtiéndose en una de sus principales fortalezas: las redes sociales.

Todo empezó casi como un juego. Eugenia grababa a Felipe mientras trabajaba en la chacra, arreglaba instalaciones o realizaba alguna de las tantas tareas que demanda la vida rural. Después compartía esos videos en TikTok e Instagram.

Al principio, a él no le entusiasmaba demasiado aparecer frente a la cámara. Sin embargo, comenzaron a notar que aquellas escenas cotidianas despertaban un interés inesperado.

No mostraban únicamente gallinas. También compartían los muebles que compraban en remates y restauraban para su casa, los árboles frutales, los trabajos en el jardín, sus perros y pequeños momentos de la convivencia.

Sin grandes producciones ni demasiada planificación, comenzaron a construir una comunidad interesada en seguir aquella experiencia de dos jóvenes que habían decidido cambiar de vida.

“Tratamos de mostrar las cosas como son, los aciertos y también los errores. A veces hacemos videos más estructurados, pero nos dimos cuenta de que lo que más funciona es ser naturales y auténticos”, señaló Eugenia.

Las redes terminaron siendo también una herramienta comercial. Cuando compartieron el video del primer huevo, comenzaron a recibir consultas sobre dónde conseguirlos. Así llegaron los primeros clientes y, posteriormente, las tiendas interesadas en comercializar su producción.

Hoy sus huevos se venden principalmente a través de tiendas naturales, carnicerías gourmet, cafeterías y elaboradores. Entre los comercios que mencionan aparecen La Italiana, Más Cosecha, Cinnamon, ProVaca y Girasoles.

El camino comercial tampoco estuvo libre de dificultades. Justo cuando las gallinas comenzaron a poner, el mercado atravesaba una situación de sobreoferta de huevos, con abundante disponibilidad y precios presionados a la baja.

“Nos dio un poco de miedo porque había huevos por todos lados. Si bien no eran iguales a los que producimos nosotros, igualmente competíamos en el mercado”, recuerdan.

Con el tiempo lograron construir una cartera de clientes y encontrar consumidores dispuestos a pagar un diferencial por el producto. Según cuentan, muchos destacan características como la consistencia y el sabor, mientras que algunos elaboradores les han transmitido diferencias en los resultados de sus preparaciones.

El campo como proyecto de familia

Aunque hoy buena parte de sus días transcurre entre gallinas, huevos, repartos y números, Eugenia y Felipe insisten en que la decisión de mudarse al campo nunca nació exclusivamente de una oportunidad de negocio.

Lo que buscaban era otra forma de vivir. “Queríamos llegar a casa y tener otras actividades que nos despejaran de la rutina. Tener animales, plantar algo, darles de comer. En el campo siempre hay algo para hacer”, explicaron.

La cercanía con Montevideo, a unos 40 minutos, les permite mantener el contacto con familiares y amigos, que además suelen visitarlos los fines de semana para compartir un asado y disfrutar de la chacra.

Y ahora hay una razón todavía más importante para imaginar el futuro en ese lugar. Eugenia y Felipe esperan para diciembre la llegada de su primer hijo, Juan Cruz, y sueñan con que pueda crecer rodeado de animales, árboles y naturaleza. “Nos gustaría que se críe en este entorno, lleno de vida natural, de campo”, contaron.

A menos de un año de haberse instalado, aseguran que volverían a tomar la misma decisión. Reconocen que no todo es sencillo, que los imprevistos aparecen y que emprender en el medio rural requiere una inversión importante, especialmente cuando se trabaja en superficies pequeñas y es necesario desarrollar actividades intensivas para hacer viable el negocio.

También aprendieron a organizarse como pareja y como socios. Eugenia se ocupa principalmente de los números, las redes sociales y el marketing, mientras Felipe concentra buena parte de su trabajo en la producción y las ventas. Ambos participan en las decisiones, aunque procuran respetar las responsabilidades de cada uno.

“Aprendimos a confiar en lo que hace el otro”, dijeron.

Un segundo galpón y muchos sueños por delante

El primer lote de 650 gallinas fue apenas el comienzo. Actualmente están evaluando presupuestos y trabajando en la preparación de un segundo galpón, donde proyectan incorporar un nuevo lote de aves que superaría el doble de la cantidad inicial.

La experiencia acumulada les permitirá diseñar las instalaciones desde cero, corregir aspectos que hoy consideran mejorables y seguir desarrollando el sistema productivo sin resignar el bienestar animal.

Pero los planes no terminan allí. Eugenia y Felipe imaginan que Bien de Campo pueda convertirse, con el tiempo, en una marca de alimentos que trascienda la producción de huevos. Estudian nuevas alternativas, desde productos con mayor contenido proteico hasta elaboraciones más caseras, aunque todavía no han definido cuál será el próximo paso.

La respuesta de los consumidores y el crecimiento de la comunidad digital los entusiasman, pero también saben que deberán avanzar con cautela, acompañando las posibilidades reales del emprendimiento.

Cuando les preguntan cómo se imaginan dentro de 10 años, la respuesta aparece bastante clara: con una marca consolidada, una producción estable y la posibilidad de seguir creciendo en alimentos de calidad.

Mientras tanto, su historia continúa despertando curiosidad entre quienes los siguen. Algunos les escriben porque sueñan con dejar la ciudad y mudarse al campo. Otros porque las imágenes de la chacra les recuerdan la infancia, la casa de sus abuelos o aquellos años en que la vida transcurría entre animales y árboles frutales.

Ellos saben que no todos encontrarían en el campo la misma felicidad y que cambiar de vida no garantiza que las cosas salgan como uno espera. Pero también creen que vale la pena animarse a intentar aquello que durante mucho tiempo parece imposible.

“Hay que tirarse al agua. Después, cuando estás en el baile, hay que bailar y darle para adelante”, reflexionaron.

Y quizás esa sea la mejor manera de resumir la historia de Bien de Campo. La de dos jóvenes que comenzaron buscando una chacra para escapar un poco del ritmo cotidiano y terminaron encontrando mucho más: un emprendimiento, una nueva rutina y un lugar donde construir su futuro. Entre árboles frutales, galpones y cientos de gallinas, Eugenia y Felipe siguen aprendiendo que, a veces, los proyectos más importantes comienzan simplemente con animarse a cambiar.

Licenciada en Comunicación por la Universidad ORT (2017) y máster en Dirección de Comunicación Corporativa (2024). Desde agosto de 2020 forma parte del equipo de Rurales El País. Actualmente colabora con la revista de la Asociación Rural y produce el programa #HablemosdeAgro, que se emite los domingos por Canal 10. Además, acompaña a empresas del sector agropecuario en el diseño y la implementación de sus estrategias de comunicación. Anteriormente trabajó como periodista agropecuaria en El Observador y fue productora del programa radial Valor Agregado, en radio Carve.

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