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De vender leche en damajuana a ser un símbolo del sector

Entre porrazos, Nina Sellanes Choca fue tallando su vida, ordeñando vacas y dejando huellas

María Saturnina Sellanes Choca, Nina, nació hace 64 años en el kilómetro 68 de la ruta N° 3, en Cañada Grande en San José y hasta el día de hoy vive allí. Al principio, su casa era una bodega que venía de su abuelo paterno, pero con el tiempo formaron, junto a su madre, un tambo.

No le gusta decir su edad, porque le hace recordar que se está acercando al final. Sin embargo, también piensa que los años vividos son testigo de la trayectoria, el crecimiento y las experiencias atravesadas. Es por eso que dice que tiene 64 años en el cuerpo, pero 15 en el alma. “La verdad es que cada vez que repito eso se me matan de risa”, confesó a El País, Nina Sellanes.

Nina nació hace 64 años en el kilómetro 68 de la ruta N° 3, en Cañada Grande en San José y hasta el día de hoy vive allí. Toda su vida estuvo ahí. Al principio, su casa era una bodega oficio heredado por su abuelo paterno. En el predio había viña y muchas quintas de árboles frutales. Cuando el cabeza de familia faltó, el campo se fraccionó en nueve partes, una para cada hijo. Para ese entonces la bodega ya había dejado de funcionar. Con muy poco, entre porrazos y golpes, Nina fue creciendo.

En 1973, a sus 15 años, su padre se suicidó. Lo único que heredaron, su madre y ella, fueron deudas, pero nada sobraba para poder hacerle frente.

Recuerda a su madre, María Elena Choca, como una mujer de mucha entereza y coraje que vivió oprimida bajo las ideas de su padre, un hombre bastante autoritario. En esa casa “era difícil hacerse sentir”. Sin embargo, fruto de su capacidad, fortaleza e integridad, las mujeres salieron adelante.

“Estábamos solas las dos. A fines de 1973, tal vez, ese fue nuestro inicio”, contó la tambera.

Para ese entonces eran tres: su madre, Nina y una vaca lechera.

El tambo comenzó vendiendo leche en una damajuana que había quedado de la bodega. Pero para ser tambero hay que saber ordeñar... así que tuvieron que aprender a hacerlo.

“Gurisa chica, mujer, hija única… no tenía idea de cómo hacerlo”, recordó Nina entre risas.

Vendían 10 litros de leche en una damajuana de la bodega y con eso vivían. Al poco tiempo ya eran dos vacas, es decir, 20 litros y se los vendían a una tía que tenía un tambo remitente a Conaprole. La ayudaba a completar la cuota que, en ese entonces, exigía la cooperativa.

La producción en la lechería es lenta, porque hay que esperar a que la ternera crezca. Entonces el crecimiento de ese tambo familiar se fue dando de forma gradual y la viña fue quedando cada vez más de lado.

Cuando se casó, Julio Alba, que en aquel entonces era empleado de una fábrica, se sumó al equipo y al poco tiempo se entusiasmó con el tambo que tenía esa tía a la que le remitían leche. Decía que era mejor que tener una viña, pero la realidad era que había que reconvertir el lugar para transformarlo en un tambo.

“Cuando sos pequeño todo se hace más cuesta arriba, salir adelante da mucho trabajo”, señaló.

Tuvieron dos hijos y muchos altos y bajos en la vida. Cada tanto llegaban las crisis y en una de ellas su marido salió a trabajar a un aserradero.

Viven en una zona de pequeños predios y, en su momento, se competía mucho con la gente que plantaba papa, porque pagaban buenas rentas y poder arrendar una fracción siempre aliviaba bastante las deudas. Hoy la papa es la agricultura, porque la limitante de la tierra la siguen teniendo.

“Entre golpes y porrazos la fuimos pasando. Criamos a los hijos y ellos la van a seguir, porque nosotros ya estamos grandes”, dijo la tambera.

El hijo mayor está vinculado al sector, trabajando en la prestación de servicios. El más chico está terminando la carrera de medicina. También tienen dos dos nietos, uno de 14 y otra de 11.

“Parecemos una gran familia italiana. La casa es grande y hay espacio para todos. Mi mamá hace unos meses que no está, pero nos dejó su legado y fortaleza y con ella viviremos siempre”, lamentó.

ANPL. En 2017 y, según ella, de manera casual ingresó como dirigente gremial en la Asociación Nacional de Productores de Leche (ANPL).

“Fue por una casualidad, porque faltaba gente para integrar la directiva y querían alguna mujer. Una pequeña productora. Primero llamaron a mi hijo y fue él que me convenció para que aceptara. En realidad pensé que iba a ir dos o tres veces para cumplir… nunca había tenido actividad gremial, siempre había estado en el trabajo en mi casa. De a poco, empecé a ir a las reuniones y me sentí muy bien, escuchada por muchos productores. Me recibieron e integraron dando pautas de lo que era la actividad gremial. Le fui agarrando el gusto y acá sigo”, contó orgullosa la tambera de San José.

No obstante, aseguró que se necesitan más mujeres involucradas en el sector, porque la mujer cumple un rol clave en la lechería.

“El 50% del trabajo en el tambo, o hasta más, lo hace la mujer. Por eso necesitamos tener el ojo de la mujer en la gremial. No es porque seamos mejores, es porque somos parte de esto y es necesario que se involucren”, afirmó.

Por otro lado, Sellanes explicó: “creo tanto en la mujer y hoy, en el grupo de ANPL, mi referencia es hacia la mujer, por el ejemplo que me dio mi madre. No desde lado feminista, sino para trabajar y buscar mejoras para el sector y para la sociedad en general. Seres humanos somos todos más allá del género”.

El mes que viene su esposo, Julio Alba, ya jubilado, cumple 70 años y dice ese día va a dejar de ordeñar.

“En realidad lo único que hago yo hoy en el tambo es charlar, porque tengo mucha limitante física y hay muchas tareas que no puedo hacer. Por eso yo le charlo a Julio mientras él ordeña”, confesó.

La vida son etapas. “Ya pasamos la etapa de levantarse a las 4 de la mañana, agarrar el banco y ponerse debajo de la vaca a ordeñar. Fueron años duros, pero en la década de 1990 cuando se inició la campaña de electrificación rural fue un cambio sustancial; accedimos a la energía y pusimos una máquina de ordeñe, el tanque de frío, fue una ventaja no solo para nosotros sino para la lechería en general”, recordó.

Actualidad. Sellanes hizo referencia a que el sector lechero siempre se ha ido reconvirtiendo, mejorando e incorporando las nuevas cosas que aparecen. Aseguró que es un proceso lento, pero es un sector “que no se queda” porque si lo hace, “desaparece”.

Además, señaló que el 80% de los remitentes a Conaprole son pequeños productores y responsables del 20% de la leche. Por el contrario, el 80% es remitida por un 20% de productores.

La lechería viene de una crisis que duró siete años. Los números no daban porque se depende (en un 70%) del comercio internacional.

“Nuestro mercado es muy pequeño, veníamos en picada, en caída libre… En esos años se perdieron una cantidad de tambos, no solo familiares, sino que también medianos, grandes y chicos. Habían muchos problemas económicos, demasiados”, recordó.

Otro gran problema, que aún persiste, es que no hay recambio generacional. El promedio de edad de los productores lecheros está en el entorno de los 60 años.

“Tenemos que trabajar para que haya una integración de gente joven, que no es fácil. Cuando empezamos a salir de la crisis, avizorando mejores números, había que salir del endeudamiento con una disparada de los precios del combustible, de los insumos, de los fertilizantes, herbicidas, granos, raciones. Hay que entrar a afinar el lápiz, pero no te podías quedar. Había que seguir porque la relación costo/ganancia lo valía. Transmitir eso a las nuevas generaciones es complicado”, expresó la directiva de ANPL.

La tambera dijo que cuando el costo es tan alto “los números asustan” y uno piensa que no se puede fertilizar, pero en la relación del litro de leche, y afinando los número, cierra.

Sobre el reciente conflicto en la industria láctea, la tambera aseguró: “fue algo que nos descolocó”.

“No se podía entender cómo un sindicato estaba enfrentado a una cooperativa, porque no se trata de una multinacional ni de empresarios que vienen a invertir y si los números no dan cierran y se van. Es un sistema cooperativo, que en su mayoría son medianos y pequeños productores. Todos tenemos los mismos beneficios, un precio base, la diferencia está en la calidad que cada uno aporte a la leche, pero todos tratamos de producir lo mejor”, dijo.

Aseguró que “no se entiende” cómo se podía estar atacando a la cooperativa, porque “todo lo que la empresa pierda va a menos precio de la leche”.

“Fue algo de perder-perder, porque nosotros perdimos, los funcionarios estaban perdiendo al menguar sus ingresos, el distribuidor perdió, el almacenero perdió y el usuario perdió”, lamentó.

La realidad es que la charla ya estaba concluida, y Nina me había agradecido la paciencia por escucharla durante tantos minutos al teléfono -lo cual fue un placer- cortamos. Pero al poco tiempo la vuelvo a molestar.

-¡Nina! Siempre la llamé por su apodo, pero no le pregunté cómo es su nombre de pila.

Se río.

-Mi nombre es María Saturnina Sellanes Choca. Me mataron, pero nadie me conoce por ese nombre, porque desde chiquita siempre me han dicho Nina. Y seguiré siendo Nina.

Volvimos a cortar el teléfono, pero espero poder volver a llamarla algún día.

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