Historias que son cuentos

Dicen que…

“Se ve pasar un jinete

Como si fuera un fantasma,

Sobre un rosillo fogoso

Que parece tener alas

Galopando enardecido

Con una estrella en la espalda.

Es Francisco de los Santos

¡que lleva la gloria en ancas!

Tabaré Regules.

 

Milagros Herrera.

Pocas cosas más lindas para los que tuvieron oportunidad de vivirlo luego de una larga tarde campereando de a caballo, volver a las casas ya oscureciendo al ritmo del tranco con algún hombre viejo, un buen contador siempre dispuesto a compartir una de estas historias que solo suceden en la campaña oriental.

Usando nuestra imaginación los invito a repasar una de ellas…

¿Acomodamos las garras y vamos rumbeando para las casas?

 

Dicen que… hace mucho tiempo, en época del General, había un hombre muy valiente y de a caballo llamado Francisco de los Santos. “El chasque de Artigas”.

Hombre nacido en los pagos de Rocha allá por 1788, de origen indígena, hijo de unos indios Tapes de los tantos venidos de las Misiones Guaraníticas y que trabajaron en la construcción de las Fortalezas de Rocha. A cambio de sus servicios, y para mantenerlos en el pago procurando detener el avance de los portugueses, el gobierno español los agració con pequeñas suertes de estancia en la zona de la “Angostura”, entre la Laguna Negra y el océano Atlántico. Allí se crió De los Santos.

Fue “un servidor”, como se le llamaba en aquel entonces.

Con tan solo 23 años, en 1811, se integró a las filas del ejército de la Revolución Oriental y rápidamente demostró su valentía y arrojo en las primeras acciones que se dieron, lo que le que valió el grado de Sargento, para su honra.

 

Las mentas del jinete corajudo y guapo se forjaron con lo que pasó en 1820, cuando se ofreció para la famosa misión que lo puso a la historia.

Corrían los primeros días de setiembre cuando el General Artigas, vencido por la adversidad, resuelve su destierro al Paraguay, no sin antes acordarse de sus fieles oficiales que estaban presos en la Isla das Cobras (cerca de Rio de Janeiro) pagando la fianza con los últimos patacones que le quedaban.

Dicen que el General reunió a sus hombres y les dijo: “Paisanos, vamos a reunir toda la plata que tenemos y mandársela con un chasque. Hay 4 mil patacones del ejército y yo pongo 25 onzas de oro que tengo. Pero alguien tiene que llevar este auxilio… ¿Quién se ofrece voluntario?”

“Yo me animo, mi General”, dijo Francisco de los Santos y así fue el encargado de cumplir la última orden del mejor de todos nosotros.

Se convirtió también en un símbolo de lealtad, de compromiso por la causa, de desinterés, de coraje, y sobre todo, de amor a la Patria.

Tuvo que recorrer caminos intransitables, cubrir cientos de leguas por valles y selvas que no conocía, hasta llegar finalmente a Río de Janeiro portando aquellos patacones entre los cojinillos. Se dice que tal dinero no llegó a manos de Lavalleja y sus compañeros en una primera instancia, sino que se lo quedó el jefe de la prisión. Francisco quedó preso junto con los otros orientales.

La historia registra que Lavalleja fue liberado en 1821, después de tres años de prisión, así que, probablemente De los Santos también debió haber recuperado la libertad en aquel momento.

De vuelta en sus pagos de Rocha, Francisco de los Santos no tuvo mucha paz, ya que en 1825 formó en la División Maldonado y lucharon, junto a Lavalleja, contra el dominio portugués.

En 1826 cumple actuaciones como Teniente en la 2ª Compañía de Caballería de Maldonado.
En 1828 es ascendido a Capitán. Posteriormente se le confirió el grado de Teniente Coronel de Milicia.
Actuó en distintos hechos de la revolución libertadora.
En 1835 es nombrado Comandante de la Fortaleza de Santa Teresa. En 1837 fue Comandante Militar de la Villa de Rocha. A principios de 1838 debe abandonar la Comandancia licenciado por enfermedad.

Pero en 1848 se lo vuelve a encontrar en documentación cuando revistó en el ejército de Oribe, en la División Maldonado.

Dicen que… siendo ya anciano, cierto día mandó a sus peones juntar el ganado vacuno. Cuando estaba hecho el “rodeo”, montó a caballo y se dirigió hasta allí. En el trayecto le dio un desvanecimiento y cayó del caballo ocasionándole la muerte. Tenía 68 años.

Fue sepultado en el cementerio de Rocha, cubierto por la Bandera Nacional.

 

Ya estamos llegando, de a poco la noche se irá adueñando del paisaje, ahora a desensillar, darle un baño a los pingos y aprontar un buen mate.

Se hizo cortita la vuelta del campo, será porque siempre se vuelve más ligero cuando se va para las casas, será porque vinimos entretenidos conversando sobre cosas que dicen…

 

“Símbolo de un tiempo que pasó a la historia
evocarte quiero, sargento olvidado,
para que tu pueblo de poca memoria
recuerde una hazaña que nadie ha igualado”.

 

Parte final de un poema publicado en el libro EL CHASQUE DE ARTIGAS del profesor Jesús Perdomo.