El cuerpo va aflojando el cansancio de yeguas y jinetes y las emociones empiezan a transitar por otro lugar. Ya no hay tanta adrenalina ni nerviosismo; es tiempo de balances, reflexiones y nostalgia. Esos quince días donde parece que el reloj se detiene, tienen mucho de eso; de pararse a ver la vida desde otro lugar, disfrutando de una pasión entre gente que quizá nunca se había cruzado, o sí, pero que se vuelve casi familia en esta convivencia “Marchera”.
En este balance hasta los podios pierden un poco el sentido, o no, pero lo que es seguro, es que dan lugar a re-pensar y valorizar que ese noble animal además de toda su fuerza, potencia y rusticidad está dejando un legado tan inmenso que a veces sólo la adversidad permite visualizarlo.
La carrera más importante. “Esta Marcha se la quiero dedicar a todos los que están luchando contra el cáncer, los que ya lo pasaron o están en plena batalla, para que tomen toda la fuerza y energía que nos da esta pasión y puedan pelearlo así”, esas fueron las primeras palabras de Juan Manuel Borges, titular de la cabaña Don Julio, ganadora de la Marcha en categoría menores. Y ahí es cuando todo cobra sentido; cuando la pasión se vuelve ilusión y permite transitar los momentos más amargos.
Amigos de la familia fueron acercando los caballos a los Borges, invitando a sus hijos a participar de diferentes competencias y actividades y, poco a poco, le fueron agarrando el gustito. En 2016, en la liquidación de Santayana, Borges compra dos yeguas con potrancas al pie que son hoy los primeros RP de la novel cabaña. Una de ellas era “Ambiciosa Simpatía”. Fue marcada con el RP 1, entrenada por Valentina Paiva, Gonzalo Llasure y Mercedes Paiva y, en esta edición de la Marcha, se consagró ganadora de la categoría menores.
“Con mi señora elegimos este deporte para nuestros cuatro hijos que lo practican con pasión y dedicación y estamos muy orgullosos de que estén junto al mundo del caballo Criollo. Este triunfo es tan especial porque nos dio una alegría en un momento tan complicado, en un momento de salud de mi señora, estamos corriendo la carrera más importante de nuestras vidas dándole batalla al cáncer y tenemos toda la fe y esperanza de lograrlo, así como lo hizo Ambiciosa Simpatía. Clarissa es el pilar de nuestra familia de cuatro hijos, madre, esposa y amiga ejemplar que tuve la suerte de que se cruzara en mi camino y por eso es que lo del domingo nos ayuda a recargar energías para continuar esta batalla” relató conmovido Juan Manuel Borges.
El tiempo de los balances encuentra a esta familia con una alta vulnerabilidad emocional por el momento que están viviendo, pero lo seguro es que les permite visualizar y agradecer todo el apoyo y ayuda recibidos al iniciarse en esta pasión y también en esta batalla. Conversar con Juan Manuel es dialogar con alguien que no para de agradecer y sólo encuentra palabras de ánimo y motivación, eso que seguramente sea un pilar para enfrentar los días donde hay más leguas por recorrer, más peso sobre el lomo y un poco menos de energía.
Más que buena suerte. Cada anécdota, cada historia muestra que la Marcha es familia. Un poco la familia que acompaña y otro poco las amistades que se construyen en el camino, en cada legua compartida, en cada proseada, porque vaya si habrá horas en ruta para ir recopilando anécdotas, vivencias y sentires. Ese vínculo construido que resulta difícil de explicar, de definir pero que resulta tan natural, tan auténtico. Si hay lágrimas de emoción son compartidas, si hay contratiempos hay palabras de consuelo. Estar en la Marcha es estar siempre acompañado.
José Pedro Payssé, más conocido como “Pepe”, corre desde 2003 y con varios kilómetros de Marcha en el lomo el pasado fin de semana seguramente aprendió una nueva lección del camino. Faltando una legua para la llegada del último día, “rodó”. La yegua estaba bien, en condiciones de seguir, pero para él lo más conveniente era parar. “Ella se merecía llegar, después de 745 kms y estando como estaba, tenía que cruzar la meta” contó convencido Payssé. Por esas cosas del destino, acompañando el pelotón donde venía Pepe, estaba Luis Pedro Valdés quién no dudó en hacer el ofrecimiento de cambiar camioneta por yegua y hacer cruzar a Cantora Molles por la meta.
El camino regala sorpresas también y esta caída puede verse como un golpe de suerte. “Cosas de Dios, eso me permitió llegar a la meta en la yegua de mi amigo Pepe, de la mano de mi hijo y mi yegua. Inolvidable suceso que no hace sino reforzar lo que tenemos con los criollos: familia y amigos, alrededor de nuestro caballo de insuperable entrega” relató Valdés.
Payssé y Valdés, además de ser los más veteranos de la Marcha, tienen en común el hecho de haberla compartido y haberla vivido junto a sus hijos; ambos estaban corriendo con ellos. Pepe junto a Federica y en el caso de Luis Pedro, compartiendo la conducción de “Averías Hilandera” junto a Fernando. Ellos viven la Marcha como una prueba de selección, pero también una instancia de hacer amistades y conocer personas que solo en estos quince días cruzan y posiblemente no se reencuentren hasta la próxima largada, pero que acompañan horas de trote y galopito.
Por suerte la vida da segundas oportunidades y esta premisa es válida mucho más allá de los 750 kms y los Criollos. Vendrán tiempos donde resurja la esperanza, haya más disfrute, tiempo de otras convivencias, y también nuevas aventuras en el lomo de algún Criollo que siempre estará listo para salir al camino. Y en la vida será cuestión de hacer lo propio.