"El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos." — Marcel Proust
Durante más de un siglo, el mejoramiento genético bovino persiguió un mismo objetivo: seleccionar animales cada vez mejores y más eficientes. La incorporación de registros productivos, la evaluación genética, los EPD y, más recientemente, la genómica, permitieron aumentar de forma extraordinaria la precisión con la que identificamos aquellos individuos capaces de transmitir características superiores a la siguiente generación.
Pocas disciplinas agropecuarias han experimentado un progreso científico comparable. Sin embargo, mientras la precisión de nuestras herramientas aumenta, una pregunta permanece abierta.
¿Qué ocurre con todo el conocimiento que generan esos reproductores una vez que salen a trabajar en rodeos comerciales?
Es precisamente en ese momento cuando comienza su etapa más valiosa. Cada animal en un rodeo comercial, pero en especial su descendencia, continúa enseñándonos durante toda su vida. Lo hacen a través de su fertilidad, su eficiencia productiva, su crecimiento, su adaptación al medio ambiente, la calidad de su canal e incluso mediante la aceptación que finalmente tiene su carne por parte del consumidor.
Es allí donde la genética demuestra su verdadero valor. Paradójicamente, también es allí donde comienza a perderse gran parte del conocimiento que esos animales generaron.
No porque la información no exista. Sino porque el sistema fue concebido para seleccionar mejores reproductores, pero no para capturar de manera sistemática los resultados que esa selección produce en la población comercial.
Durante décadas, la estrategia predominante consistió en concentrar el esfuerzo de selección en los planteles de cabaña, con la expectativa de que el progreso genético se derramara gradualmente hacia los rodeos comerciales. Ese modelo permitió avances extraordinarios y explica gran parte del progreso genético alcanzado durante el último siglo.
Pero también tuvo una consecuencia inevitable. Una vez que los reproductores abandonan la cabaña, el flujo de información genética asociado a esos animales prácticamente se pierde.
Hoy, probablemente la mayor parte de la información objetiva sobre el desempeño de los animales se genera en los corrales de engorde y en los frigoríficos. Allí se mide crecimiento, eficiencia, rendimiento de canal, calidad de carne y numerosas variables que describen el resultado final de las decisiones genéticas tomadas años antes.
Sin embargo, ese enorme caudal de información rara vez logra retroalimentar los procesos de selección en los rodeos de cría.
Especialización vs Integración
Al mismo tiempo, la cadena cárnica evolucionó como un conjunto de actores altamente especializados. Productores, feedlots, frigoríficos, asociaciones de criadores, investigadores y empresas de tecnología desarrollaron herramientas cada vez más sofisticadas para optimizar sus propios procesos. Pero en forma muy fragmentada y sin una visión integradora de la cadena
Durante muchos años esa limitante pareció simplemente una circunstancia inevitable de la producción ganadera. El problema no era la falta de datos, sino la ausencia de una arquitectura que permitiera transformarlos en un proceso continuo de aprendizaje.
Utilizar la información generada al final de la cadena para retroalimentar el proceso de selección requiere identificar y conectar los terneros con sus progenitores, el verdadero “eslabón perdido” de nuestra ganadería. Una tarea que hasta ahora era costosa, impracticable y no reportaba beneficios tangibles para el criador.
"La creatividad consiste simplemente en conectar cosas." — Steve Jobs, CEO de Apple
Cada año nacen millones de terneros cuya historia genética comienza a desaparecer desde el momento en que se separan de su madre.
Pero aquí es donde comienza a dibujarse un nuevo horizonte para nuestra ganadería. La posibilidad de recuperar ese conocimiento perdido, conectar los distintos eslabones de la cadena y transformar millones de datos individuales en un proceso de mejoramiento evolutivo más acelerado.
Por primera vez contamos con herramientas capaces de derribar algunas de las barreras que durante décadas parecieron infranqueables. Hoy en día no solamente somos capaces de predecir genéticamente con mayor precisión el potencial productivo de cada animal, sino también reconstruir los vínculos genealógicos entre esos terneros comerciales y sus progenitores.
Lo verdaderamente trascendente no es la tecnología en sí misma, sino lo que colectivamente podemos hacer con ella.
Una ganadería en la que las decisiones de selección dejen de apoyarse exclusivamente en predicciones y comiencen a enriquecerse sistemáticamente de los datos de miles de animales producidos bajo condiciones comerciales.
Pero existe una dimensión todavía más importante para los tiempos que se avecinan. Durante décadas hemos comulgado con la idea de integrar nuestra cadena cárnica, mientras, en la práctica, productores, corrales e industria operan con objetivos aparentemente contrapuestos. Un sistema donde las relaciones comerciales suelen transformarse en un juego de suma cero, en el que las ganancias de unos parecen necesariamente construirse sobre las pérdidas de los otros.
Quizás haya llegado el momento de cambiar esa lógica.
La información compartida puede convertirse en el lenguaje común que hasta ahora nos ha faltado. Permitiría construir señales económicas más precisas, reconocer las características que verdaderamente generan valor y trasladar esos incentivos hasta el primer eslabón de la cadena.
Porque difícilmente podamos exigirles a nuestros criadores que produzcan animales a la medida de nuestras necesidades comerciales si no somos capaces de identificar, reconocer y remunerar esas diferencias. Un denominador común presente en cualquier cadena de valor moderna.
Y es precisamente allí donde Uruguay tiene una oportunidad que merece ser observada con luces largas. Hoy contamos con buena parte de los ingredientes necesarios para dar un nuevo salto de calidad. El desafío consiste en aprender a combinarlos.
Los mercados internacionales ofrecen oportunidades crecientes para carnes diferenciadas, donde atributos como el marmoreo, terneza, uniformidad y consistencia adquieren una importancia cada vez mayor. De hecho, analistas como Simon Quilty pronostican una segmentación cada vez más importante entre la carne de calidad proveniente de animales Bos taurus y la carne de origen cebuino que predomina en buena parte de los países productores de carne.
Ahora bien, sería un error perseguir este objetivo desconociendo que este escenario favorable para las carnes uruguayas requiere un esfuerzo institucional mucho más importante en función de separarnos del pelotón y no seguir siendo arrastrados por la comoditización de las carnes de menor calidad.
La oportunidad no consiste en imitar otros modelos productivos, sino en construir uno propio, capaz de combinar las virtudes de nuestra ganadería pastoril con la precisión de las nuevas tecnologías y las posibilidades que ofrece la terminación a corral. Una propuesta que permita agregar valor sin renunciar a nuestra identidad productiva.
Tal vez los nuevos horizontes no estén tan lejos como imaginamos. Quizás, como sugería Proust, solo necesitemos aprender a mirar con nuevos ojos aquello que siempre tuvimos delante.