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El hombre de las mil historias

Fue mozo, librero y llegó a la radio casi que por casualidad. Adora su libertad por sobre todas las cosas y aseguró que falta la pata rural en el área de la educación cultura de Uruguay. Esta es la historia de Juan Carlos López, o mejor, Lopecito

Juan Carlos López
Juan Carlos López

Nunca sabes en dónde va a terminar una frase que escribís o una historia que contas, fueron sus primeras palabras. Ante todo es un hombre libre, que no tiene miedo de expresarse y que se define como un militante de la cultura tradicional rural del país. Cada persona que conoció lo marcó y cada libro que leyó lo instruyó. Cada domingo, como desde hace 50 años, nos lleva un poquito más lejos del sur. Nos trae historias simples, pero increíbles. Lo lindo es que en cada programa o en cada presentación se sigue emocionando y tensionando como si fuera la primera vez. Pero este domingo él será el protagonista. Esta es la historia de Juan Carlos López. O, mejor dicho, “Lopecito”.

Nació en lo que él denomina una familia “muy tradicional” de la clase media uruguaya, en el barrio Bolívar. La vieja Propios y General Flores fueron las calles que lo vieron crecer.

“Me gusta mucho decir que me crié en las estribaciones del Cerrito de la Victoria, por lo que tiene de historia, porque si el Cerrito está ahí, nosotros estábamos en el valle”, señaló.

Su padre siempre fue comerciante. Primero, tuvo un pequeño almacén que luego agrandó un poco y se transformó en una carnicería. Esta es la parte que Juan Carlos recuerda mejor: la de su papá como carnicero de barrio. Enfrente había un zapatero, del otro lado un panadero y en la esquina de un almacén.

Se crió en lo que fue Montevideo de hace 75 años. Seguramente, muy tranquilo, sin rejas ni muros, o quizás alguno para separar el fondo de las casas. Todo el vecindario tenía un jardín, algunos plantaban verduras y tenían alguna gallina.

Los gurises se pasaban el día en la calle jugando a la pelota o a la rayuela. Los padres de ese entonces estaban muy despreocupados de lo que les pudiera pasar en la calle.

Eran los años en los que el vecino era una figura vital en el desarrollo de la vida; y cuando la escuela siempre estaba cerca de la casa, con una maestra que, por sobre todas las cosas, imponía respeto.

“Y así transcurrieron los primeros años de mi vida. Hoy, mirando desde la distancia, era una especie de placidez increíble”, recordó.

Lopecito asistió a la escuela pública N°156, a la vuelta de su casa. De allí pasó al liceo Dámaso Larrañaga y asistió hasta tercer año. Allí conoció a un guitarrista y compositor muy famoso de aquel momento, Osiris Rodríguez Castillos, dado que su hijo era compañero de clases.

“Él y yo, en tercero, decidimos que era bastante más importante escuchar al padre que concurrir a clase. Sí, porque además el padre se despertaba sobre las 12 o 13 hs, después de actuar en peñas y bares por la noche, y nosotros entrábamos al liceo a las 13:15 hs. Entonces era entrar a clases o ir a tres cuadras del liceo a escucharlo. Realmente me pareció mucho más interesante escucharlo”, contó entre risas.

Sin embargo, cuando sus padres se enteraron de las rabonas no hubo reprimenda, pero sí un regalo: un saquito de mozo. Lo único que le dijo su madre fue: “Mañana a las 4 am te vas a trabajar con tu padre”.

“No hacía falta más nada. No estaba cumpliendo con lo que tenía que cumplir. Ellos hacían un gran sacrificio por darnos estudios a mí y a mis dos hermanos. Si no estudias, trabajas, porque estar en casa sin hacer nada no corría”, contó.

Así fue. Al día siguiente marchó al bar Colón, en Andes y Soriano, en donde su padre tenía el comercio. Fue allí en donde comenzó a correr la historia.

Cerca del bar había un cine, el cine Cervantes. Ni bien terminaba de trabajar, sobre las 17 o 18 hs de la tarde, mientras su padre hacía el cierre del boliche, Lopecito iba todos los días a ver la misma película: “Años después me di cuenta de que eso fue muy importante en mi vida. Me abrió la cabeza”.

Pero fue en el bar, atendiendo a un asiduo cliente, cuando este le ofreció hacer una audición en radio América para hacer locución.

“De ahí en más pasaron mil cosas que seguramente ya estaban marcadas en el destino. Cuando pasa toda una vida, como en mi caso, te das cuenta cómo todo se fue haciendo y cómo cada una de las piezas fue encajando con la otra. Uno simplemente va viviendo las oportunidades; algunas se dan y otras no. Pero cuando llegas a la edad que yo tengo, te das cuenta de que algo había y, por suerte, se cumplió. A veces te das cuenta que ese es tu plan o tu camino. Me imagino que hay otras veces que no te das cuenta, que le errás al camino o que quizás tomás uno que no era el mejor. Si pasa eso, no tendrás una vida tan linda como la que yo he tenido, haciendo las cosas que a uno le gusta”, señaló.

TIEMPO EN LA RADIO. En radio América realizaba la presentación de cantantes de una forma muy artesanal. En esos tiempos le marcó muchísimo el contacto con los libros: durante muchos años trabajó en Librería Universitaria o Librería Tarino, en la esquina de la Universidad. Aquello era todo una institución. La gente se pasaba el día entero mirando o comprando libros. Era un Uruguay que leía mucho más que hoy.

Así pasaban sus días, alternando entre ser el librero, vendiendo libros en el interior y dando sus primeros pasos en radio Rural, en donde había comenzado con Audición Española, en 1968. Pero se ganaba la vida realmente como librero.

“Ser librero te obliga a leer y leer mucho me hizo descubrir la pasión por el libro. Lo he dicho un mundo de veces: buena parte de lo que soy lo produjeron los libros que leí. Autores que no tenes idea de cuánto te aportan. Soy lo que soy en buena parte por la lectura”, aseguró.

Al tiempo, en radio Rural, se abre la posibilidad de hacer algo más: empieza Americando, primero bajo el nombre Encuentro en la Nación Latinoamericana.

Una mañana de agosto de 1972 nombró por primera vez Americando, que es un apócope de ir por América. Comenzó pasando folklore (casi todo argentino), mucha música mejicana, francesa, la música que se escuchaba hace 50 años. Siempre me gustó la radio, nunca tanto folklore. Pero cuando di en radio Rural entendí que se creó para defender los intereses del campo y de la cultura rural”, expresó.

Americando. Americando era, primero, un lugar en donde se escuchaba mucha música de América en general. Pero también hubo un tiempo en el que, increíblemente, buscaba gente perdida. Crearon una sección especial para encontrar gente perdida. “Antes, lo normal era que un matrimonio tuviera siete, ocho, 15 o hasta 20 hijos, sobre todo en campaña. Entonces los padres no los podían criar. Los mandaban a pionar a una estancia o se los llevaba otra familia. Y esos gurises se separaban. Un día, en la radio pasamos el aviso que ‘fulano’ buscaba un hermano que se llama ‘tal’ y que, seguramente, podría estar trabajando en tal departamento o que había trabajado en la estancia de ‘fulano’. Manejábamos esos tipos de datos y lo pasábamos por la radio. Fue brutal. Teníamos centenares de casos mensuales y decenas de apariciones. Radio Rural llevó a juntar otra vez a la familia. En la década del ‘70 no te puedo decir cuántas”, recordó.

En los años ‘90 llegó la consolidación de Americando. Lopecito los recuerda como los años “más jugosos” porque fue un tiempo de recambio y afianzamiento de aquello que había empezado hace 20 años atrás y hoy ya lleva 50 años.

Sin dudas, fue en radio Rural en donde se gestó el conocimiento y la pasión de Lopecito por el campo y por la ruralidad, empezando por la transmisión de remates agropecuarios.

“Americando siempre tuvo muchas horas al aire; eran cuatro horas diarias de lunes a sábado. El domingo eran seis. Tenías que buscar permanentemente material, hacer que nacieran festivales, que pasaran cosas para tener tantas horas al aire”, contó. Y agregó: “había una realidad social, una cultura rural que se me metió por todos los poros. Como comunicador, fue lo que pude expresar porque era el material que tenía dentro: ¿de qué otra cosa puedo hablar en la radio o en la televisión que no fueran estas cosas?”.

En ese mundo por el que transita su vida, todos los días se encuentra con una historia o le dicen de alguien que es buen material para ir a entrevistar. Siempre tiene que ver con la cultura rural o con una forma de vida.

“Me exaspera la falta de una presencia fuerte en la mesa de la cultura de la pata rural. Se han hecho esfuerzos, creo. Reconozco en este gobierno el trabajo de Pablo Da Silveira, Ana Ribeiro. Hay una inquietud hacia lo rural. Se habla por primera vez en años de la cultura rural, pero me gustaría que fuera con más insistencia”, expresó.

Llegada. Como era de esperar, Lopecito tiene un archivo de cartas importante. Pero hay una en particular que siempre la tiene presente. La escribió Hortensia Lacuesta, de Treinta y Tres. Decía algo así como que un día, hace muchos años atrás, levantó a los gurises y se vinieron en tren para Montevideo, posiblemente ante un evento de agresión familiar. Cuando llegaron se instalaron al costado de la vía del tren. Entre chapas y cartones se quedaron ahí. Así empieza su vida en Montevideo. “Cuando me escribió la carta ya estaba en una mejor situación y tenía una radio. Me contaba las que había pasado, las dificultades de cada día. Por sobre todo me pedía que no dejara nunca de pasar música alegre, porque cuando pasaba una polka o una chamarrita agarraba la escoba y me ponía a bailar. Lo único que tenía que le alegrara el día era la radio y me pedía que le diera para adelante. Son miles de cartas, pero esa la tengo siempre presente”, recordó.

Luego de unos minutos de reflexión, Lopecito confesó que siempre se pregunta cuál es el secreto de Americando, porque muchas veces pensó que la magia, en algún momento, iba a pasar. Aseguró que vive con estas cosas en la cabeza las 24 horas del día. Y dijo: “La consolidación que se ha dado en el tiempo de Americando puede obedecer a tener tiempo para el otro. A escucharlo. A darle el tiempo necesario. A no apurar la respuesta. A ir al lugar en donde está. Una cosa es enterarse de la historia, traer a esa persona a un living de la capital y pagarle la noche de hotel para entrevistarlo, pero lo sacas de su esencia. El que tiene que ir es uno, así bien esté en el medio del campo”.

Y, como no podía faltar, Lopecito contó una historia: “hace unos años me invitaron a hacer una gira cristiana. Era un grupo de jóvenes comprometidos liderado por Horacio Castells y el padre Cholo. Eran dos o tres días en el norte de Durazno. Habían dos o tres lugares bien lejanos. El Cholo me insistió en que tenía que conocer a un matrimonio rural, porque los gurises de la misión el año anterior les habían hecho un baño y en dos o tres días con bloques, chapas y azulejos quedó un bañito espectacular. Allá fuimos. El camino era un barrial impresionante. Al año de inaugurado el bañito fuimos a conocerlos. Era gente que no es que tengan poco; tienen vida y ganas de vivir que ya es muchísimo, pero económicamente tenían muy poquita cosa. Eran unos ranchos de paja y tierra. Ella se había pintado las uñas porque iba la televisión. Me mostraron el cuarto en donde dormían. La cocina, con el piso de tierra bien barrido, todo estaba muy acomodado. Él la seguía en la prosa, pero acotaba poco. Ella, en cambio, no paraba de hablar y de mostrar. Yo solo quería llegar a conocer el famoso baño. Cuando me lo mostraron estaba impecable: ‘qué divino quedó, los felicito. Está como recién inaugurado’, les dije. ‘No lo usamos, López’, me dicen. Ante mi sorpresa, les pregunto porqué no: ‘no lo que pasa que quedó demasiado lindo. Si toda la vida usamos el otro sistema. Solo lo usamos cuando viene la hija’. Y sí, era lo más lindo que tenían para compartir y lo querían cuidar”.

Entonces, Lopecito expresó: “cuando ves eso, si no te replanteas todo lo que tiene que ver en valores, sos un insensible. Al rato, conversando con ella en plena grabación, él se metió en la charla para darme dos huevos de avestruz ‘pa que me haga unas buenas tortillas’. Era lo que tenían para darme. Esas son cosas las que te marcan. No haces una evaluación inmediatamente, pero en ese mundo es donde yo me muevo. Cómo no va a estar sensibilizado el que recibe el mensaje. Más bien tiene que estar sensibilizado”.

Llama la atención, primero, que se cuente una historia tan común, que sea narrada por los propios personajes y que la televisión de un tiempo para ello. Además, lo cuentan en un lenguaje estético que intentan sea lo más simple posible; sí que esté bien iluminado, bien resuelto el sonido, que esté muy bien clipeado, pero nunca puede perder la esencia. “Ahí está el diferencial con otras propuestas y la permanencia”, comentó. Pero, además, criticó: “No nos contamos las cosas nuestras. Empezando por la educación, que tendría que ser la primera en informarle a la gente sobre el país en el que vive. Arena de otro costal. Mostramos un campo que no parece Uruguay, pagos que la gente no sabe que existen. Y eso que vivimos en un país que es un pañuelito”.

En ese sentido, Lopecito aseguró que es “un tipo libre” y que, más allá de su adhesión, cariño y vibra con el partido Nacional, sobre todo, con el “pedazo” de presidente que nos mandamos, “soy libre para decir que hay cosas que no me gustan cómo se están haciendo, que habría que darle énfasis a otras y eso es la libertad”.

Hay dos cosas que ha dicho y repite. Primero, que hay modelos culturales en pugna. Es de la idea de que si algo no sirve o se está haciendo mal, hay que hacer una cosa totalmente nueva. Luego, aseguró que está “orgulloso” de su pasado y de quienes lo precedieron. “Voy a tomar lo mejor de eso y me lo voy a incorporar; poner lo que le tenga que poner y lo voy a entregar a quienes lo van a seguir: mis hijos y nietos. Pero no creo nunca en un modelo de ruptura con lo anterior de ninguna manera”, aclaró.

Se define como un militante tradicionalista, un militante de la cultura tradicional rural de este país, la cual tiene que tener su lugar en la mesa de las decisiones de la cultura nacional.

“Soy todo lo que me han ayudado. Soy todo lo que leí, la gente con la que hablé. Uno solo no resuelve las cosas, necesita de los demás, muchas veces la felicidad está ahí nomás, bien cerquita. El tema es que te des cuenta cuáles son los valores que realmente te hacen feliz”, aseguró.

En ese sentido, criticó las propuestas de los medios y de las redes sociales, porque la mayoría de las veces la vida no pasa por lo que los medios proponen, sino por las cosas más sencillas y simples.

“A veces marean, tenes que tener esto y lo otro; tenes que estar aquí y allá… al final vivís pensando en lo que tenes que tener y no disfrutas en absoluto cada logro que vas haciendo. Te tiene que pasar la vida, tener tiempo para pensar en estas cosas y asumir esas actitudes. No es lo mismo tener 20 y pico, que mis 70 y pico. Te puedo contar lo que yo tengo, lo que yo sé”, concluyó.

Las 48 Expo Prado y los 50 años de Americando

Homenaje a Lopecito en Expo Prado

En está Expo Prado 2022, la Asociación Rural del Uruguay (ARU) homenajeó a Juan Carlos López por sus 48 años en Expo Prado y por los 50 años de Americando. Sin embargo, era algo que no estaba en el libreto y lo agarró desprevenido. “Cuando me llamaron al centro del Ruedo no tenía idea de lo que iba a pasar. Me corté totalmente, porque me avisaban que estaban las tropillas y que estábamos atrasados. Me descolocaron totalmente y no pude decir lo que quería”. Por eso, aprovechó la ocasión: “es lógico que nos demos la mano y trabajemos juntos, Americando y la ARU. Llevo ideas, me siento como en mi casa, pero no las podría llevar a cabo si ARU no da el ok. Ellos ponen todo el equipo, aterrizan y realizan las ideas. Encantando de que me reconozcan méritos, pero en este caso es un mérito es compartido. El regalo del alma fue que lo hicieran en un momento en donde el presidente, Luis Lacalle Pou, estuviera a mi lado. Eso fue lo más emocionante”

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