Los primeros recuerdos de Leonardo Bravo vinculados a los alfajores están llenos de aromas. Tenía apenas dos años cuando llegó desde Argentina a Uruguay junto a su madre y desde entonces construyó su vida de este lado del Río de la Plata. Sin embargo, buena parte de su familia permaneció allí y las vacaciones significaban volver a visitarla. Entre esos viajes quedó grabada para siempre la panadería de su abuelo.
De niño no prestaba demasiada atención a lo que ocurría detrás del mostrador. En la adolescencia fue diferente. Empezó a quedarse en la cuadra de la panadería, observando cómo se elaboraban los productos. “Siempre tengo esos recuerdos de los aromas, de cómo hacía los alfajores”, contó.
La curiosidad creció y le pidió a su madre que le enseñara a cocinar. Empezó con tortas y bizcochos dulces. Nunca estudió gastronomía, pero desde entonces disfrutó de preparar cosas nuevas y compartirlas con su familia.
Los alfajores también forman parte de sus recuerdos de escuela: guardaba los pesos que le daban para comprarlos y todavía recuerda algunos de aquellos sabores, aunque no sus marcas.
Durante muchos años, sin embargo, su vida laboral siguió otro camino. Trabajó principalmente en logística, pasando por supermercados mayoristas, laboratorios y el puerto de Montevideo. En los laboratorios encontró una forma de trabajo con la que se sentía cómodo por el orden, los procedimientos y los protocolos. Con el tiempo encontró un vínculo con la pastelería. “También es algo meticuloso, por medidas. Hay que seguir pasos para llegar a un producto acorde a lo que uno quiere presentar”, explicó.
Hasta 2023 trabajó en un laboratorio de Montevideo. Dejar aquel empleo no fue inicialmente una decisión empresarial, sino familiar.
Leonardo y su esposa, Rocío, habían dejado Barros Blancos y se habían instalado en la zona de Tala alrededor de 2022. El lugar los conquistó rápidamente. “Nos atrapó. Ahora estamos enamorados de Tala y no nos queremos ir”, aseguró.
Encontraron allí algo que valoran especialmente: la cercanía entre las personas. El saludo diario, los vecinos dispuestos a ayudar y una forma de relacionarse que sentían que habían perdido en lugares más urbanizados. En 2023, con su hija menor de apenas tres meses, la familia tuvo que reorganizarse. Rocío es maestra y debía retomar su actividad con el inicio del año lectivo. No tenían con quién dejar a las niñas y Leonardo era quien trabajaba más lejos, trasladándose diariamente hasta Montevideo. Entre los dos resolvieron que fuera él quien dejara el empleo.
Comenzó entonces una rutina diferente, al cuidado de sus hijas, mientras la familia buscaba alternativas para complementar los ingresos. Vendieron huevos, produjeron verduras en un pequeño invernáculo y durante un tiempo tuvieron algunas ovejas. Y reaparecieron los alfajores.
Leonardo ya los elaboraba desde 2022 como hobby y para generar un ingreso extra. Su familia, especialmente su suegra, lo impulsó a seguir al ver la buena aceptación que tenían.El desafío era encontrar cuándo hacerlos. Durante el día estaban las niñas, la escuela, los pañales, las gallinas, los perros y la huerta. Así que Leonardo encontró su horario cuando los demás terminaban el suyo: cocinaba de noche.
De a poco empezó a comprobar que el producto tenía aceptación. Primero fueron familiares y conocidos. Después llegó gente que simplemente quería comprar sus alfajores.
El siguiente paso fue salir a buscar clientes. En noviembre de 2024 comenzó a participar en la feria de Tala. El inicio fue sencillo: una mesa, un mantel negro, los alfajores y algunos carteles impresos. Paralelamente salió a recorrer las calles y comercios del centro ofreciendo sus productos puerta a puerta. La respuesta lo sorprendió. “Empezó a tener éxito, todo el mundo quería. Las variedades les gustaban”, recordó. A partir de allí el crecimiento se aceleró. Leonardo comenzó a averiguar qué necesitaba para formalizar el emprendimiento y, en 2025, decidió enfrentar uno de sus primeros grandes desafíos: participar en la Feria Internacional del Alfajor.
Para una pequeña empresa que recién comenzaba, pagar en dólares por un espacio era una apuesta importante. Pero estaba convencido. “Yo dije: ‘Tengo que ir’. Le dije a mi familia: ‘Nos tenemos que mostrar’”. La primera participación tuvo precisamente ese objetivo. Más que vender, quería que la gente probara el producto. Llevaron alfajores para degustar, conversaron con el público y consiguieron algo que hasta entonces les faltaba: la opinión de consumidores que no conocían a Leonardo ni a su familia.
Vendieron todo. Y, además, con el alfajor de whisky y el clásico negro consiguieron clasificar al Mundial del Alfajor.
La exposición abrió nuevas puertas. Llegaron entrevistas, invitaciones y otros eventos. Participaron en la Fiesta de la Chacra, en San Jacinto, y Leonardo se animó también a competir en el concurso gastronómico de la Fiesta de la Capital de la Uva y el Vino, en Las Piedras.
Allí preparó un postre basado en un alfajor relleno con ganache de Tannat, cobertura de chocolate espejo, coulis de Tannat y helado con pasas de uva al vino. El calor complicó la presentación y el helado llegó derretido al momento de la degustación, pero el resultado igualmente lo sorprendió: obtuvo el segundo premio.
Leonardo casi no difundió aquel reconocimiento. Lo vivió como una confirmación personal. “Fue decir: ‘Estoy yendo por el lado correcto, estoy haciendo las cosas bien’. Si bien no tengo estudios, creo que tengo la capacidad de seguir mejorando”.
Más adelante llegaría otro reconocimiento importante, esta vez con el alfajor de gofio. La variedad, cuya receta Leonardo fue ajustando hasta encontrar el equilibrio buscado, obtuvo un el primer premio en el Mundial del Alfajor. Para Bravo, el reconocimiento confirmó nuevamente que el camino iniciado casi de manera artesanal y familiar comenzaba a trascender las fronteras de Tala.
Desde el comienzo, Leonardo Bravo apostó a diferenciar sus alfajores a través de los sabores. Actualmente produce nueve variedades: clásico negro, clásico blanco, limón, membrillo, coco, Tannat, cerveza, whisky y gofio. Los sabores con alcohol surgieron buscando una propuesta distinta, primero con cerveza y whisky y luego con Tannat, para el que desarrolló incluso una tapa con sabor al vino. El de gofio también atravesó varias modificaciones hasta encontrar el resultado buscado. “Quería que se sintiera el sabor, pero que tampoco invadiera ni quedara seco”, explicó. Su objetivo es mantener un equilibrio entre tapa y relleno. No todas las pruebas llegan al mercado: algunas variedades fueron lanzadas temporalmente y luego retiradas al no obtener la respuesta esperada.
El crecimiento de los alfajores llevó a Leonardo Bravo a transformar progresivamente el emprendimiento casero en una empresa. En 2025 inició la formalización ante BPS y DGI como pequeña empresa, lo que le permitió acceder a nuevas herramientas de apoyo. ngresó al programa Avanza MIPYMES, vinculado al LATU y la Cámara de Industrias, donde participó en cursos y accedió a asesorías en el rubro alimenticio y financiero. Para Bravo, ordenar los números es tan importante como mejorar el producto.
“Yo creo que uno, si es ordenado, puede crecer. También hay que tener esa base financiera fortalecida”, sostuvo.
Este año comenzó a trabajar en las cocinas comunitarias de Canelones, donde produce desde abril. Esto le permitió avanzar en las habilitaciones y dejar atrás la elaboración doméstica. Actualmente está habilitado para producir y comercializar directamente y avanza en los registros necesarios para llegar a comercios y supermercados. “Queremos mostrar que estamos haciendo las cosas bien y que es un producto que se está haciendo con cuidado”, afirmó.
El siguiente objetivo es construir un módulo de cocina propio que reúna elaboración y venta, incorporar maquinaria y aumentar el volumen de producción. La creciente demanda dejó en evidencia esa necesidad: los pedidos llegaron a acumular demoras de una semana o más. Bravo explicó que la producción continúa siendo manual y no pretende acelerar los procesos si eso compromete la calidad. El proyecto, además, busca trascender los alfajores. La intención es desarrollar nuevas líneas de golosinas, fortalecer la marca y, con el tiempo, generar empleo en la zona. También proyecta comenzar a estudiar pastelería profesional el próximo año para perfeccionar las técnicas que aprendió de forma autodidacta.
A largo plazo, aspira a llevar la marca a distintos puntos del país e incluso al exterior.
“Queremos que la marca se proyecte más, que crezca más, no solo como productores de alfajores, sino como marca en sí”, resumió.
Hoy aquella mesa con mantel negro sigue funcionando como una referencia para medir cuánto avanzaron. Detrás del emprendimiento continúan Rocío y sus hijas, Manuela y Bruna, probando productos y acompañando cada nueva etapa. Leonardo insiste en que el proyecto nació en Tala, aunque actualmente la familia esté instalada en la zona de ruta 108, kilómetro 15. Allí comenzó a caminar ofreciendo sus alfajores, encontró a sus primeros clientes y descubrió que aquello que durante años había sido simplemente una afición podía transformarse en un proyecto de vida.
Por eso adoptó una frase que su hija menor ya repite con naturalidad: “Tala para el mundo”.
Una expresión que comenzó casi como un juego familiar y que ahora resume hacia dónde quiere llevar aquella pasión que nació muchos años atrás, entre los aromas de la panadería de su abuelo.