A la vuelta de su casa de Tacuarembó está el escritorio. Abayubá Valdez se levanta, toma mate y, cuando tiene ganas, cruza hasta allí. Se instala entre quienes trabajan, mira, escucha y espera alguna conversación. A veces vuelve con una queja que ya se transformó casi en una broma familiar: “Nadie me da pelota”. Olga Pasturino, su esposa desde hace 65 años, tiene pronta la respuesta: todos están trabajando.
No es que el escritorio esté vacío. Lo que ocurre es que Abayubá -de 90 años- conoció otro escritorio. Uno que, además de ser una empresa, era punto de encuentro. Por sus puertas entraban productores, clientes y amigos. Se hablaba de ganado, del tiempo, de los campos, de negocios y de la vida. “El escritorio era el club que tenían”, recuerda Olga. Allí se reunía la gente cuando todavía no existían celulares, Internet ni ventas por pantalla. Hoy buena parte de los negocios pasa por un teléfono, pero Abayubá sigue cruzando hasta ese lugar que forma parte de su vida desde hace casi siete décadas.
Porque contar la historia de Abayubá Valdez es también recorrer buena parte de los 110 años de Valdez y Cía. Y, para hacerlo, hay que ir bastante más atrás.
Los primeros Valdez de esta historia llegaron desde Asturias en el siglo XIX. El destino original, según conserva la memoria familiar, estaba del otro lado del Río de la Plata, pero el viaje cambió los planes y terminaron instalándose en San Carlos, Maldonado.
Con los años, una rama de la familia quedó vinculada a Manuel Oribe. Entre aquellos antepasados aparece el coronel Juan Valdez, mientras que su hermano Pablo integra la línea directa de la familia de Abayubá. Fue así que los Valdez terminaron llegando a Tacuarembó.
Allí comenzaron a echar raíces. Una vieja chacra ubicada a pocos kilómetros de la ciudad todavía conserva parte de aquella historia. Hubo una fábrica de jabón —la recordada “Jabonería de Valdez”— y también un servicio de diligencias que unía Tacuarembó con Paso de los Toros, donde pasajeros y cargas continuaban luego hacia Montevideo.
El campo ya estaba presente. También esa necesidad de moverse, conectar lugares y encontrar oportunidades que, muchas décadas después, seguiría formando parte del ADN familiar.
El nacimiento del escritorio
El punto de partida formal llegó en 1916. José Artigas Valdez, padre de Abayubá, fundó la empresa que atravesaría generaciones y que continúa funcionando hasta hoy.
La vida familiar y la del escritorio crecieron prácticamente juntas. José Artigas tuvo cuatro hijos: Tabaré, que murió muy joven tras un accidente con un caballo; Yamandú; Marta; y Abayubá, el menor, que nació después de la muerte de su hermano mayor.
Cuando Abayubá era joven, su destino parecía estar inicialmente en otro lado. Se había ido a estudiar Veterinaria, pero un problema de salud de su padre cambió los planes. El escritorio necesitaba manos y él regresó.
Tenía poco más de 20 años. La Facultad quedó atrás y apareció el martillo.
No hubo una ceremonia para recibirlo ni un camino especialmente preparado. Había que trabajar. Y trabajar significaba hacer lo que tocara.
Abayubá comenzó acompañando, recorriendo establecimientos, buscando negocios y, poco a poco, rematando. De aquella primera vez no conserva demasiados detalles. Sí recuerda lo esencial: tomó el martillo, hizo el remate y el negocio salió. Era otra época para la actividad.
Los grandes remates de estancia podían durar varios días. No se vendía únicamente ganado vacuno: había lanares, caballos, herramientas y prácticamente todo lo que formaba parte del establecimiento. La firma debía llegar antes, organizar la venta y quedarse después para realizar las entregas.
Hasta la comida viajaba con el escritorio. Olga conserva en la chacra viejos cajones repletos de platos de loza que se utilizaban para atender a las cientos de personas que podían participar de aquellas jornadas.
Los caminos eran otros y también las comunicaciones. Una llamada telefónica podía ser una empresa en sí misma. Por eso el trabajo comercial se hacía recorriendo. Había que ir a buscar al productor.
Abayubá podía pasar una semana entera en campaña, entrando y saliendo de establecimientos. Allí estaba el cliente y allí se hacía el negocio. Durante años, el escritorio tuvo presencia y locales en distintos puntos, acompañando una ganadería que funcionaba con otras distancias y otros tiempos. Hasta que Abayubá encontró una manera bastante particular de acortarlos.
El cielo como carretera
Le gustaban los deportes, los autos y todo aquello que implicara movimiento. Y le gustaban los aviones.
En aquellos años, los aeroclubes del interior tenían una actividad que hoy resulta difícil imaginar. Aprender a volar podía ser un pasatiempo, un deporte y, para alguien que debía recorrer cientos de kilómetros buscando negocios, también una herramienta de trabajo extraordinaria.
Abayubá se hizo piloto.
Lo hizo, además, prácticamente a escondidas de su madre. Después de haber perdido un hijo y de que otros familiares murieran en accidentes aéreos, ella no quería saber nada con que Abayubá volara. Él encontró una solución sencilla: decía que salía en auto y se iba en avión.
Olga todavía se ríe al recordarlo.
Lo que comenzó como una pasión terminó transformando la manera de trabajar. Un viaje que por tierra podía demandar horas o incluso buena parte de una jornada se resolvía volando hasta una pista en medio de un establecimiento. Aterrizaba, hacía la recorrida, conversaba con los productores, conseguía el negocio y volvía.
Era, dice Olga, “como el Internet de ahora”.
Probablemente allí estén algunos de los recuerdos más felices de Abayubá. Cuando se le pregunta qué etapa disfrutó especialmente, vuelve a los aviones. Porque durante aquellos años se confundían trabajo y diversión: salir a buscar un negocio también significaba hacer algo que le apasionaba.
Voló hasta que los exámenes médicos dejaron de permitirle renovar el brevet.
Sobrevivir cambiando
Los 110 años de Valdez y Cía no fueron una línea recta. Hubo buenos momentos y crisis. Muchas.
La familia aprendió temprano que, cuando el negocio tradicional se complicaba, había que encontrar alternativas. En una de aquellas épocas difíciles, José Artigas Valdez llegó a comercializar automóviles Studebaker. En otra, ya con Abayubá y Olga casados, la respuesta fueron los Volkswagen.
“Cubrimos Tacuarembó con los Volkswagen”, recordó Abayubá.
En el escritorio hubo incluso espacio para mecánicos y personal dedicado a mantener vehículos y camiones. Era una estructura muy diferente a la actual, capaz de resolver puertas adentro buena parte de lo que necesitaba para seguir funcionando.
La fórmula parecía repetirse: adaptarse para continuar. Y volvió a ocurrir con la siguiente generación.
José Artigas, uno de los hijos de Abayubá y Olga, estudiaba Veterinaria y estaba a apenas dos materias de recibirse cuando terminó incorporándose al escritorio. Después llegó Pablo Camilo Yamandú, “Tongo” para toda la familia.
Los comienzos tampoco tuvieron privilegios. Había que hacer lo que hubiera para hacer, salir temprano, acompañar a campaña y aprender el oficio trabajando.
Con ellos, otra generación de los Valdez empezó a ocupar su lugar en una empresa que nunca dejó de transformarse.
Del escritorio lleno a la pantalla
Abayubá vio cambiar prácticamente todo.
Vio los remates que duraban días y las entregas interminables. Vio los caminos difíciles, las comunicaciones lentas y las recorridas de una semana. Después llegó el avión. Más tarde el teléfono se volvió cotidiano. Y finalmente aparecieron Internet, las filmaciones y los remates por pantalla.
Esa última revolución no fue precisamente la suya.
Durante la crisis de 2002, Pablo decidió que los integrantes de la empresa debían hacer un curso de Internet. Olga se anotó. Abayubá faltó al primer día. Al segundo consiguió ir, pero cuando comenzaron a hablarle de software y hardware la experiencia duró poco. Terminó tomando café y abandonó el curso.
Nunca se amigó demasiado con la tecnología.
Tal vez por eso el escritorio de hoy le resulte, por momentos, silencioso. Antes, para enterarse de un negocio había que ir. Para conversar con alguien, también. El escritorio se llenaba de productores y amigos. Ahora las operaciones llegan por teléfonos y pantallas que él eligió no incorporar a su vida.
Pero sigue yendo.
La historia también se construyó en casa
En esta historia, Olga Pasturino no es solamente quien ayuda a ordenar fechas y rescatar nombres cuando la memoria de Abayubá se toma alguna licencia. Ella también fue protagonista.
Se conocen desde jóvenes. Olga también es de Tacuarembó y su padre era veterinario. Después llegaron el noviazgo, el matrimonio y una familia que hoy reúne cinco hijos, 15 nietos y dos bisnietas.
Durante décadas acompañó una vida atravesada por el escritorio y el campo. También montaba a caballo, iba a campaña y hacía “lo que hubiera que hacer”. Y es ella quien hoy conserva buena parte de las pequeñas historias que permiten reconstruir al hombre detrás del rematador.
Como aquella vez que nació una de sus hijas en Semana Santa y Abayubá estaba de pesca porque no se perdía la salida con sus amigos. O las escapadas en avión escondidas de su madre. O el curso de Internet que abandonó casi antes de empezarlo.
Son esos detalles los que completan una trayectoria que no puede medirse únicamente en remates.
A los 90, Abayubá todavía maneja. Olga, de 86, también. Salen, van al cine, a conciertos, visitan amigos y organizan paseos. Siguen haciendo planes, aunque ahora se permitan bromear con los plazos.
Hace poco quisieron comprar entradas para un espectáculo previsto para varios meses después. Cuando invitaron a un amigo, la respuesta fue inevitable: “¿Y será que viviremos?”. Olga encontró rápidamente la solución: si no llegan, las entradas quedarán de herencia.
Detrás del humor aparece también la parte más difícil de alcanzar esa edad. Muchos amigos ya no están. Abayubá lo resume con pocas palabras: “No me quedan”.
Quizás por eso el escritorio tenga hoy un significado todavía mayor.
Ya no están los remates de varios días. No hay cientos de platos esperando para servir un almuerzo en una estancia. Tampoco hace falta subirse a un avión para encontrar a un productor. Las pantallas achicaron las distancias y el teléfono reemplazó buena parte de aquellas conversaciones cara a cara.
Pero Valdez y Cía sigue allí, 110 años después.
Y Abayubá también.
Cada mañana puede tomar mate con Olga, salir de su casa y caminar hasta ese escritorio donde trabajaron su padre, él mismo y luego sus hijos. Puede sentarse un rato, observar cómo continúa una historia que empezó mucho antes de que él naciera y protestar, medio en serio y medio en broma, porque los que están trabajando no le prestan suficiente atención.
Después vuelve a casa.
Al día siguiente tendrá nuevamente un lugar adonde ir...