Historias que son cuentos

Una fiesta de valores…

En Fiesta del Cordero Pesado hubo mucho más que ovinos…

Milagros Herrera 

Fui a una fiesta, pero no se bailaba ni había música ni barra… .

El sábado 9 fue la 20ª Fiesta del Cordero Pesado en Sarandí del Yí.

Fui a trabajar y a conocer.

Llegué antes que empezara porque pienso que las previas son lo más lindo.

Al mediodía comenzó el concurso de destrezas de jóvenes rurales.

Los gurises competían por ver quién trabajaba mejor.

Sí como lo leyó.

¿El premio? Una beca para estudiar.

¿Se está preguntando algo más? Sí se divertían y mucho.

Los desafíos consistían en distintas estaciones donde se representaba tareas comunes de criadores de ovejas.

Mirándolos, miles de recuerdos del tiempo en que en casa había ovejas fueron llegando. Semanas antes sólo había dos temas de conversación: el clima y cómo venía de tiempo la comparsa en el establecimiento anterior… Todo giraba en torno a eso, mientras se armaban los bretes y se acondicionaba el galpón para recibir a la gente.
Hasta que llegaba el día y todo se revolucionaba…

Pero volvamos a la Fiesta del Cordero Pesado.

Una de las estaciones del concurso de jóvenes consistía “agarrar” la oveja y manearla de 3 patas…

Otra vez mi cabeza se fue volando a las esquilas cuando era niña… El galpón lleno de bolsas, escenario ideal para jugar a la escondida. Madrugones interminables trayendo ovejas mañeras a las casas de a caballo y de a pie. Porque hay un momento que es tan poco lo que avanzan que uno prefiere ir con la rienda en la mano y estirar las piernas. El cruce de la majada en un arroyo al grito de “no aprete que va a reventar”.

¡Qué bichito que da trabajo la oveja!

Y el olor… Olor a esquila… Olor a vacaciones. Porque antes se esquilaba más tarde. Olor a campo…

Otra estación del Concurso era armar un alambrado eléctrico…

Y sí… como a muchos, “molestar” a los amigos de Montevideo también me tentó cuando niña. ¿Quién no dijo: “tocalo que no patea…?”

Además del Concurso de Destrezas de jóvenes rurales, también había un concurso llamado “Cordero Guacho”. Allí, niños de entre 3 y 6 años mostraban el vínculo que habían generado con sus corderos guachos…

Y me acorde de “mi cordero”.
El día que lo trajeron no podía más de novelería, quería darle la mema cada 5 minutos, quería meterlo en la casa, a la semana ya con el cordero pegado a mi todo el tiempo o balando incansablemente cada vez que no me encontraba.
La cosa empezó a cambiar… Y me fui dando cuenta que aquello que era un juego también era una responsabilidad.

Algunos podrán pensar “qué pavada” y otros dirán cuando terminen de leer este párrafo “que mala madre…”, pero creo que alguna madre, sobre todo recordando la primera experiencia, lo va a entender.

Porque algo similar me pasó con mi primera hija.

Vuelta a casa del sanatorio, estaba feliz, novelera, hasta que un día quise hacer algo de lo que comúnmente hacia antes y ya no era posible. Ahí volví a darme cuenta que otra vez como con el cordero era mi responsabilidad, pero esta vez para siempre. El tiempo fue pasando y acomodando los zapallos en el carro lo suficiente como para decir que fue lo mejor que me paso en la vida.

El tiempo también fue pasando en la Fiesta del Cordero Pesado y entre trabajo y charlas llegó a su fin.

Me fui pensando qué me pasó. Jugar a trabajar era común, y hoy me asombra.

¿Será cierto que nosotros los propios medios destacamos más las noticias de los jóvenes que van a fiestas y terminan haciendo desastres, que las de los jóvenes que van a fiestas a jugar y competir por quién trabaja mejor para recibir un premio que es una beca para estudiar?

¿Ya lo dije no?

Se ve que sigo asombrada.

Es que fui a una fiesta diferente. Que me llevó al campo de vuelta…

Fiesta en la que no se bailaba ni había música ni barra…

Fui a una fiesta de valores…