Historias que son cuentos

Historias que son cuentos. El puesto de estancia, sitio clave en la campaña

 

El campo en su más dura y original forma, que forma personas de bien. La historia de dos “puesteros” que se convirtieron en hombres de negocios y, sobre todo, de familia.

Milagros Herrera.

Uno de los lugares que más me gusta en campaña es un antiguo puesto ya abandonado.

Era una visita casi obligatoria cuando niña, quedaba bastante lejos de las casas obviamente ya que su función era la de controlar determinando pedazo de campo, así como lo fue hace muchos años mi casa.

Recorría un camino largo de a caballo, cruzaba el arroyo “el potrero” con su monte de galería lleno de pájaros y seguramente muchos animales más que se escondían a mi vista. Pero no al olfato de los perros que rápidamente desaparecían entre los pajonales siguiendo algún rastro. Con suerte oír el ladrido ronco y zambullón de algún carpincho marcaban la mitad del recorrido.

Un rato después, subiendo un cerro empezaba a verse la copa de la quinta vieja de eucaliptus y el techo que alguna vez fue colorado de El Puesto.

Llegar, atar caballo en algún árbol y recorrer como miles de veces el pequeño edificio en forma de L. Primero, lo que fue la cocina y tres habitaciones, todos en hilera y con galería formaban una pata. La siguiente, estaba solo unida por un arco del techo, allí la despensa y el galponcito. En frente el aljibe, más allá, algo que podría haber sido un baño, pero nunca tuve la certeza.

Un puesto cualquiera bien pensado, pero como todo con historia, porque los lugares cobran vida. Esta historia era de los cuentos que más le pedía repetir al viejo capataz de la época, y con la que llenaba aquel puesto de vida en mi imaginación.

Contaba que era muy joven cuando entró a trabajar, que se fue haciendo en las tareas, que un buen día conoció a la que sería su señora, la visitó durante algún tiempo y decidieron casarse. Con esa decisión llegaba la de animarse a hablar con mi abuelo para pedirle el puesto. “¡Unos nervios barbaros! En esa época no se le hablaba al patrón mija… Recuerdo que volvíamos del campo los muchachos atrás y él solo enorme adelante con el capataz… Apuré el corazón y el caballo, me emparejé al suyo y le hablé… Don Gustavo era buenaso y después de preguntarme quien era mi novia me dijo que si” contaba el viejo capataz entre risas de nostalgia.

Y si, allí formo su familia, vivió de forma sencilla y feliz haciendo lo que le gustaba.

Como el caso de este viejo capataz está el de muchos, hace un tiempo hablando con Víctor Brion, capataz de la conocida estancia La Invernada, contaba su experiencia criado en EL puesto del Rincón, sobre las márgenes del Zapallar. Sus recuerdos son desde muy chico cuando su padre José Luis salía de noche rumbo a la estancia que distaba a unos 10 km, de los cuales 2 eran bañados del arroyo Sarandí e iba con el agua en la punta de los pelegos, cuando no nadando. Atrás quedaba Víctor con dos años y su hermano Gerardo con 6 meses a cargo de su mama.

La misma madre que crió a un total de 4 hermanos y que Víctor recuerda haciéndoles bombachas para ellos de telas que conseguían, porque salir, se salía muy pocas veces al año o incluso con bombachas viejas de su padre. Ella además, ordeñando, criando algún chancho “para estirar el sueldo”, picando leña, una madre que lo era todo, en un lugar y una época en que no había comunicación, en que si alguno se enfermaba era yuyos paños fríos y rezos. Porque como Víctor cuenta, su padre llegó a pedir una mañana libre para que sus hijos lo conocieran, ya que salía antes de las 4 de la mañana “porque era de esa gente nerviosa que no le gustaba que le vinieran a decir nada y llegaba antes que todos los otros a trabajar”. Cuando volvía, ya estaban acostados… ya estaban dormidos…

Hasta que un día llegó la edad escolar y lo mandaron vivir con los abuelos en Sauce. Desprenderse de lo único que conocía fue muy duro, como Víctor recuerda: “llegar a un lugar que era todo chacra, bueyes y de caballos ni hablar. Yo no conocía nada, tengo mi abuela ahí todavía y hoy en día me cuesta ir…”, aseguró.

Después abrió la escuela en La Invernada y volvió, cuando terminó la escuela, derecho a trabajar en la estancia, si bien recuerda que su primer sueldo fue con 8 años cuando luego de los 3 meses de vacaciones el capataz mandó pagarle.

Hoy en día los dos protagonistas de esta historia formaron su capital, son gente conocida en sus pagos y respetada. No sé si tendrá que ver con la vida en el puesto, la forma de criarse, pero me gusta pensar que sí.

El campo en su más dura y original forma, que forma personas de bien.