Historias que son cuentos

Empezar de nuevo… porque seguimos… siempre seguimos…

Milagros Herrera.

¡Qué tarde bárbara!

El sol casi de verano todavía está fuerte a esta hora, aquí bajo la sombra de la anacahuita se disfruta del fresco.

Dos de los perros están echados en la vuelta, el otro: “Capitán” anda atrás del Viejo. Se lo oye como de costumbre rezongar, siempre fue así, es su peor defecto, pero con el tiempo me acostumbré tanto que hasta extraño si no lo hace. Dice que va a arreglar el gallinero, lo dice todos los años cuando me oye rezongar porque las gallinas se me ganaron para adentro de la cocina. Nunca fue muy bueno arreglando cosas, pero es tenaz.

Para eso y para todo.

Miro alrededor y pienso: a la quinta le hace falta un poco de agua, cuando baje el sol la riego y ya aprovecho a sacar unas frutillas para el postre. Se está armando tormenta, pero no es para hoy, porque como dice el dicho “cielo aborregado, a los tres días mojado”. Los caballos de andar están en el bajo aprovechando el verde, los terneritos más jodidos parecen mejor en la praderita pegada a las casas, mañana después de llevarle las sobras a los chanchos les pego una recorrida.

Ahí viene “Capitán”, seguro está por volver el Viejo a aprontar el mate, sentarse abajo del alero a pensar las actividades para mañana, y obviamente, en como seguir con el gallinero.

Vuelvo a la escritura.

Estoy donde soñé. Mi casa es sencilla pero llena de vida, de recuerdos de cosas vividas. ¡Pasaron tantas cosas!. Cuando pasan muchos años quedan mojones en la memoria. Por ejemplo como cuando éramos chicos en campaña y nos acostábamos con mamá en el pasto a mirar las estrellas o como cuando con 18 años empecé a trabajar en “Americando” y a través de eso a conocer mi país y valorar la gente.

Tantos paisajes, tantas historias de vida, tantas experiencias vividas. Fue la puerta de entrada para todo lo que vino después en cuanto a lo laborar y porque no de alguna manera espiritual. Sin duda fue una época enriquecedora desde todo punto de vista. Durante aquellos años salíamos casi siempre de madrugada hacia algún destino previamente coordinado. Lopecito al volante, nos contaba cual era el plan, plan que nunca se cumplía, siempre aparecían en la zona a la que llegábamos, nuevos lugares para conocer, gente a quien entrevistar, actividades interesantes que cubrir o interminables festivales folklóricos. Invitaciones que la gente local nos hacía porque quería que su lugar sea conocido. Querían compartir su historia, su gente, sus obras. Para nosotros no era importante si esa noche dormíamos en una carpa militar sobre la Laguna Merín o en un espectacular casco de estancia del 1850 o en un hotel con todas las comodidades o una pensión, todo era fascinante, todo era un estímulo permanente que nunca defraudaba.

Así, afortunadamente recorrí mucho y aprendí mas.

Luego llegaron los hijos, y la vida cambió para buenas. Dejé de disfrutar solo mis cosas para disfrutar muchas mías y todas las de ellos. Traté de que sean una versión mejorada, dándoles lo mejor de mí y acompañándolos en sus distintas etapas y actividades. Comer, caminar, hablar, estudiar, pero, las que más disfrutamos fueron las de acaballo. Saber que podía trasmitir la sensación de subir acaballo y que sientan que son todo uno. Cuando los vi con toda la naturalidad del mundo volear la pata y salir en un trancón como una sola pieza a emparejarse conmigo, fue increíble. También estuvo la educación humana, los valores. Cada cual agarró a su forma lo que les di para convertirse en una buena mujer y un buen hombre. Creo que no es poca cosa.

No todo salió como pensaba pero, tuve la fortuna de ejecutar una de las frases de mamá: “Bueno mija, te vas a campaña, comés bien, dormís bien, te pegas un baño en el arroyo y empezás de nuevo” y así volví a empezar muchas veces.

A la frase de mamá le agregué algo mío cuando se las heredé a mis propios hijos. “nosotros seguimos, siempre seguimos”.

Y siguieron, formaron sus familias y trajeron los nietos. ¡Los nietos! ¡Deben estar al llegar! Mejor dejo por aquí la escritura y me voy corriendo a preparar la comida. Bueno… en realidad ya no corro, los años hicieron lo suyo. Ya no subo a caballo tampoco, pero mientras les ensillo a ellos, huelo el pescuezo a la caballada y casi, casi, siento que voleo la pata y salgo en un trancón.

Sé que van a llegar llenos de ilusiones como les paso a sus padres y a mi. Seguramente comeremos temprano, me contarán cómo les fue en su semana, yo les contaré historias de mi juventud, y cosas que sucedieron como la famosa pandemia de coronavirus allá en la década del 20.

Cuando se cierre la noche nos acostaremos en el pasto a mirar las estrellas y si algo no anduvo bien les diré “bueno mijos, se vienen a campaña, comen bien, duermen bien, se pegan un baño en el arroyo y empiezan de nuevo, porque nosotros seguimos… siempre seguimos”.