A Anyela Zaspe le cuesta explicar con palabras qué significa el campo. No porque le falten razones, sino porque para ella es algo que se siente antes de poder definirse. Tiene 23 años, trabaja como peona rural y desde que tiene memoria su vida está ligada a los animales, los caballos y las tareas de todos los días. “El campo para mí es mi lugar, es donde me siento yo”, resume. Le gusta levantarse temprano, trabajar, ensuciarse las botas y, sobre todo, esa sensación de libertad que encuentra en el medio rural. “Simplemente siento que pertenezco al campo”.
Ese vínculo viene de familia. Su madre también se crió en el campo y desde muy chica acompañaba a su padre, el abuelo de Anyela, en las tareas rurales. Mientras su abuela intentaba acercarla a otras actividades, ella prefería escaparse detrás de los animales. Años después, la historia parece repetirse. “Salí muy a ella. Bichera, que ama el campo y los animales”, cuenta Anyela.
Pero su relación con el medio rural no quedó solamente en un gusto heredado. Se convirtió en su oficio. Actualmente trabaja como peona en un establecimiento de ciclo completo en el departamento de Florida, próximo a ruta 6, donde está desde hace dos años.
La primera oportunidad de trabajar formalmente en el campo se la dio quien ella llama “mi viejo”, su padrastro. Juntos comenzaron en una firma en el departamento de Durazno y fue él quien le abrió una puerta cuando todavía estaba dando sus primeros pasos laborales.
“Él fue el primer empujón”, recuerda. Después llegaron nuevas tareas y aprendizajes. Su padrastro había trabajado toda la vida en alambrados y con él Anyela también aprendió las nociones básicas de ese oficio. Más adelante conoció a quien hoy es su compañero y desde hace aproximadamente tres años y medio trabajan juntos en el campo.
Así, entre jornadas rurales, caballos y tareas que forman parte de su cotidianeidad, fue tomando forma otra inquietud. Anyela ya había participado de aparcerías y disfrutaba especialmente de los desfiles y las actividades vinculadas a las tradiciones criollas. Pero empezó a preguntarse por el lugar de las mujeres dentro de esos espacios.
Veía que había muchas con el mismo amor por el campo, los caballos y las costumbres, pero que no siempre encontraban dónde participar o sentirse plenamente parte.
“Pensé: ¿por qué no hacer un espacio donde las mujeres podamos estar, participar, aprender, compartir y demostrar todo lo que somos capaces?”, relata.
De esa pregunta nació Criollas del Uruguay.
Una idea que venció al miedo
La idea llevaba tiempo dando vueltas en su cabeza, pero había algo que frenaba a Anyela: el miedo a que no funcionara. Dudaba si compartirla, si otras mujeres se sentirían identificadas y si realmente sería posible transformar aquel pensamiento en una aparcería.
Hasta que decidió intentarlo.
“Un día dije: ‘¿por qué no? La voy a largar y que pase lo que Dios quiera’”.
A fines de febrero y principios de marzo difundió la propuesta a través de las redes sociales. La respuesta fue inmediata: en un primer momento llegaron a reunirse alrededor de 40 mujeres. Con el paso de los meses el grupo se fue acomodando y actualmente son 15 las que permanecen vinculadas de manera firme al proyecto.
Llegan desde distintos puntos del país, entre ellos Florida, Soriano, San José y Colonia. La mayoría trabaja directamente en establecimientos rurales, incluso en tambos y otras actividades productivas. También hay mujeres que todavía no han tenido la oportunidad de trabajar en el campo, pero quieren acercarse a ese mundo.
Y allí aparece una de las ideas que Anyela considera centrales: Criollas del Uruguay no fue creada solamente para quienes ya saben ensillar, andar a caballo o desempeñar tareas rurales.
También quiere ser una puerta de entrada. “No es solamente para la mujer que sepa hacer algo en el campo. Se pueden unir mujeres que no sepan andar a caballo, que nunca hayan andado o que simplemente no sepan nada de campo. Este lugar también es para ellas, para que aprendan”, explica.
La lógica es sencilla: una enseña lo que sabe y otra aporta desde su experiencia. “Vos sabés algo, yo te ayudo; esto no lo sé, vos me ayudás”, ejemplifica.
Con esa filosofía, la aparcería busca participar de desfiles, encuentros y actividades tradicionales, pero el objetivo va más allá. Para Anyela se trata de demostrar que las mujeres también pueden ocupar esos espacios sin que eso signifique competir con los hombres.
“No queremos sacarle el lugar a nadie. Al revés: queremos trabajar o hacer lo mismo, acompañando también al hombre. Y que vean que la mujer también puede”, sostiene.
Lo que comenzó como una aparcería terminó adquiriendo para ella una dimensión mucho mayor. “Al principio una piensa que está armando simplemente una aparcería, pero para mí es mucho más que eso. Es un grupo de mujeres que después se fue construyendo como una familia”.
El mensaje que llegó mientras trabajaba en las mangas
Apenas unos meses después de haber dado aquel primer paso, apareció una oportunidad inesperada. Anyela conoció la convocatoria Transformadoras, impulsada por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), y recibió el consejo de presentar el proyecto de Criollas del Uruguay.
Hasta ese momento no sabía demasiado sobre la iniciativa. Buscó información, preparó la propuesta y sobre fines de abril decidió postular al grupo, pocos días antes del cierre de la convocatoria.
Después vino la espera. Pasaron cerca de dos meses sin novedades y Anyela comenzó a pensar que quizás el proyecto no había sido seleccionado. Sabía que se habían presentado decenas de iniciativas y asumía que podía haber otras propuestas que encajaran mejor.
Incluso lo habló con su compañero. “Le decía: ‘Quién sabe, capaz que no les gustó nuestro proyecto’. Se habían presentado un montón y yo pensaba que capaz había uno mejor, y estaba superbien”.
La respuesta llegó cuando menos la esperaba. Anyela estaba trabajando en las mangas del establecimiento junto a un compañero y el patrón. En un momento libre miró el teléfono y encontró el mensaje: Criollas del Uruguay había sido seleccionado. De las 79 propuestas presentadas, 23 habían resultado elegidas.
La reacción fue difícil de disimular.
“Tenía una emoción terrible. Tenía ganas de llorar, de reírme. Pensaba: ‘Si hago esto acá, esta gente me va a mirar y va a decir que estoy loca’”, recuerda entre risas. Pero detrás de aquella alegría había algo más profundo. El respaldo significaba que una idea que meses antes le daba miedo siquiera publicar en redes sociales ahora era reconocida como un proyecto con posibilidades de crecer.
“Fue una confirmación de que lo que estamos haciendo tiene valor”.
Un respaldo para empezar a construir
Para una aparcería que recién comienza, el apoyo económico tiene un peso importante. Criollas del Uruguay todavía necesita construir buena parte de su identidad material: vestimenta, banderas, insumos y elementos necesarios para participar de las actividades y encuentros.
Por eso, el respaldo recibido a través de Transformadoras permitirá comenzar a cubrir esas necesidades, pero también proyectar actividades, capacitarse y generar nuevas instancias de encuentro.
Para Anyela, sin embargo, el significado excede ampliamente lo económico. “La financiación no es simplemente plata. Es una oportunidad para seguir formándonos, para organizar actividades, para tener materiales, para movernos y, sobre todo, para seguir haciendo crecer este espacio”, afirma.
También lo interpreta como un empujón para mirar más lejos. Criollas del Uruguay nació hace apenas unos meses, a partir de una publicación en redes y de la decisión de una joven peona rural de vencer sus propios temores. Hoy reúne a mujeres de varios departamentos y cuenta con un primer respaldo para consolidar el proyecto. “Esto que empezamos entre nosotras puede llegar mucho más lejos”, dice.
Cuando piensa en el futuro, Anyela no habla solamente de aumentar el número de integrantes. Sueña con construir un espacio que permanezca y en el que cada vez más mujeres rurales encuentren la posibilidad de participar, aprender, mostrarse y mantener vivas las tradiciones.
“El gran sueño de Criollas es crecer, crecer juntas. Que cada vez haya más mujeres rurales que se animen a participar, a mostrarse y a ocupar el lugar que merecen”, señala.
Aspira a que la aparcería pueda recorrer diferentes puntos de Uruguay y, algún día, incluso cruzar fronteras representando a las mujeres rurales del país. Mientras tanto, las puertas permanecen abiertas. Quienes quieran sumarse pueden contactarse directamente con Anyela o hacerlo a través de la cuenta de Instagram de Criollas del Uruguay. No importa si tienen experiencia, si trabajan actualmente en el medio rural o si jamás se subieron a un caballo. La intención es precisamente que exista un lugar donde aprender unas de otras.
Su propia historia, asegura, le enseñó algo que ahora intenta transmitir a otras mujeres que tienen proyectos guardados por miedo a fracasar.
“Muchas veces una misma se pone límites antes de que los demás se los pongan. No importa si no sabés, si nunca lo hiciste o si pensás que no vas a poder, porque siempre hay una primera vez”.
Hace pocos meses, ella misma estaba del otro lado: tenía una idea, dudaba y no sabía hasta dónde podía llegar. Hoy aquella idea reúne a 15 mujeres y comienza a encontrar apoyos para crecer.
“Yo tuve una idea y no sabía hasta dónde iba a llegar, y hoy estoy hablando de algo que empezó como un sueño y terminó convirtiéndose en una realidad compartida con un montón de mujeres”, reflexiona.
Quizás ahí esté la esencia de Criollas del Uruguay. Nació para abrir un lugar para las mujeres dentro de las tradiciones criollas, pero en el camino se transformó también en una red de compañía y aprendizaje. Como dice Anyela, “una sola puede empezar algo, pero cuando se juntan muchas mujeres con ganas, pueden hacer cosas enormes”.