Historias que son cuentos

La pasión por los caballos y el permanente aprendizaje

Historias de todos los tiempos, siempre vinculan al caballo con la gente. En todo momento, quienes hacen los cuentos demuestran cariño y respeto hacia los equinos. Y está bien.

 

Milagros Herrera.

Es famosa la importancia que tuvo el caballo en la conquista, y la impresión que causaron estos monstruos, mitad hombre, mitad animal en los indígenas.

La incorporación de vacunos y equinos modificó la alimentación y las costumbres de los indios, quienes se convierten en excelentes jinetes. Pero el paisano no queda atrás siendo un jinete distinto, dado que sus patrones culturales y su tipo de vida era otro.

Fue clave, tanto en las batallas de independencia como en las luchas civiles, fue también imprescindible en la conformación de los establecimientos ganaderos, en el trabajo que no tenía fronteras territoriales.

Caballos de huasos chilenos, de charros mexicanos, de gaúchos brasileños, y tropillas características de nuestro gaucho o paisano Rio Platense fueron construyendo la realidad y la leyenda de nuestro caballo.

El caballo ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos, formando parte de la historia mundial.

También forma parte de nuestra historia personal en aquellos que tuvimos el privilegio de vivir y crecer en su compañía.

 

Recuerdo la primera yegua en la que comencé a andar sola, una oscura más bien petizona, clinuda, llamada “Furia”. Creo que el nombre se lo pusieron mis tíos por una película conocida de la época.

Con ella aprendí a ser tenaz. Claro que me llevó algún tiempo y varios chichones, ya que ni bien llegábamos a la primera cañada, escondía la cabeza como si fuera a tomar agua y me descargaba por el tuce. Así, la noción de tiempo y espacio fue rápidamente aprendida. Con la virtud del caballo manso quieta en el lugar donde me había bajado como comprendiendo la inmadurez de mi niñez para no desalentarme y darme una nueva oportunidad.

Con las cosas más claras, llegó la zainita, una yegua mansa pero dispuesta. Muy ligera y firme de manos, de la que guardo los mejores recuerdos. Corriendo potros para traer a las casas, jugando carreras, aquella zaina era una luz de rápida.

Como dice la canción “siempre en pelo y bien montado”, ponía apenas una jerga que no duraba mucho seca y pronta para salir. En la adolescencia la ansiedad no es muy compañera. Es que, cuando uno es chico la comodidad no es prioridad, el cuerpo no distingue de esas cosas.

Con ella, entendí el concepto de binomio, aquello que el caballo sea una extensión de nuestro propio cuerpo, dándome un nuevo concepto de libertad. También comprendí con mucha tristeza cuando en una de esas correrías se mancó, que uno tiene que cuidar lo que quiere, porque hay cosas que no tienen vuelta atrás.

La mayor lección me la dio el gateado. Un caballo que como ya les conté aquí mismo, había sido el mejor pingo del capataz. Aquel gateado tuvo la desgracia de fisurarse una pata por lo que estuvo un par de años suelto hasta que, gracias a los cuidados y dedicación de su dueño, logró componerse lo suficiente como para que alguien liviano anduviera en él. Es que parecía que pedía una nueva oportunidad. Llegaba todos los días al corral, de galope tendido, retozando y una vez dentro ¡troteaba hacia “la forma” como en el aire! Como si estuviera diciendo mírenme, acá estoy yo, pronto para volver al ruedo. Y le dimos el gusto.

La primera vez que entré a la manga en él a apartar ganado, entendí lo que es un “pingo”, me llevó a los límites de la adrenalina con la seguridad de un veterano profesional. A través de sus movimientos justos y efectivos, aprendí a mirar el ganado para anticiparme a sus intenciones, a saber dónde pechar y cuándo, pero lo más importante: a saber administrar la energía. Una vez cumplido el trabajo volvía a su estampa siempre atenta, pero tranquila, del animal experiente que sabe que “los pingos se ven en la cancha”.

Así llegó el momento de ensillar lo que hubiera, porque ser medio jinetón siempre en el mismo caballo no es más que aprenderle las mañas. Llegó la época de sacarle al caballo que toca lo mejor, y resignarse a lo que no tiene. De adaptarse, de confiar en lo aprendido, sin descartar imprevistos. De llevarse algún porrazo, porque no, para recordarle a uno que siempre las cosas no son como uno quiere. Y en alguna bellaqueada tratar de aguantar las hamacadas porque es lo que hay que hacer. Pera también a enseñarnos con el pasar del tiempo, a medir si es posible aguantar, o es mejor ir pensando cómo bajarse.

Caballos que fueron acompañando las distintas etapas del crecimiento, como si quisieran prepararnos para la vida misma.

Hace algún tiempo echando caballo al corral de a pie, casualmente la tropilla quedó cerca de una esquina del potrero, di la orden de formar y la mayoría de ellos así lo hicieron, una yegüita colorada muy linda fue la primera en dar el frente, y a esa misma le puse el freno, salté en pelo pensando en ahorrarme parte de la caminata para llevar el resto de la tropilla al corral. Tranqueó un poco medio incomoda y en un suspiro se arrastró a bellaquear. A pesar de los años mis instintos funcionaron, me prendí de las crines y afirmé los garrones. Dos o tres saltos y en mi mente apareció la imagen de mis hijos… fue todo uno. Con serenidad absoluta, salté de la colorada y, salvando un poquitito de orgullo, caí parada.

Volví de a pie y con ella de la rienda. No era de andar en pelo. Entrando al galpón ya se sentía las risas de algunos y el comentario del más joven: “¿no aguantaste nada eh?”.

Me reí al tiempo que le contesté “ya te vas a bajar vos también” y pensé: le faltan muchos caballos para aprender que el orgullo ya no es lo más importante, lo importante es cuidarse uno para poder cuidar a los que dependen de uno.

Llegué al galpón, ensillé, traje la tropilla de andar donde entreverada viene mi baya. Es una buena yegua, no le gusta que le aprieten mucho la cincha “una templadita nomás”, pero es guapa para trabajar y cómoda para trotear este tramo que seguramente no será el último, como seguramente no será el último caballo de mi vida. Por suerte hay caballo para rato y rato para aprender.