En los últimos días se han acumulado noticias de problemas laborales y de empleo en varias empresas. Por un lado todo lo que tiene que ver con el área de los servicios globales, un sector de la economía que se ha expandido en los últimos años pero que ahora enfrenta nuevos desafíos y noticias adversas por la reconfiguración de las estrategias de las empresas globales y sin duda también problemas de competitividad en la economía uruguaya.
A su vez también en el sector agroindustrial han emergido complicaciones. La más reciente el anuncio de Ambev de cerrar por dos meses su maltería de Paysandú, con la posibilidad de que la detención sea definitiva. La noticia es negativa en varios planos. Primero porque acumula problemas en Paysandú, que arrancaron con el frigorífico Fricasa, luego con la decisión de Ancap de eliminar allí la producción de portland y ahora Ambev.
Asimismo, además de la lamentable pérdida directa de empleo, el maltero ha sido un sector dinámico, impulsado inicialmente en los tiempos de la primera apertura comercial (años 70) con pioneros que comenzaron a perfilar una producción de cebada competitiva más allá del mercado interno (recuerdo a Omusa y los propios desarrollos de la FNC, entre otros). Mejora genética, agronómica y desarrollo logístico se fueron acumulando para impulsar una producción llamada en aquellos tiempos “no tradicional”, con una firme articulación entre producción e industria, en base a contratos; un rubro al que los productores recurrían particularmente en tiempos de restricciones financieras.
Con la expansión agrícola desde principios de este siglo la cebada acompañó al trigo en un rol clave complementario en la rotación agrícola. No solamente mantuvo su espacio sino que siguió creciendo en productividad y producción, llegando en 2024 a superar el millón de toneladas, récord histórico. Creció sustancialmente la exportación de grano sin maltear y de cebada forrajera. El crecimiento no estuvo exento de dificultades; exigencias de calidad cada vez mayores y la competencia con otros rubros, entre otras.
Las malterías en Uruguay son de capital internacional, con la gigante Ambev (de origen brasileño) como protagonista. Cierta debilidad en la demanda desde Brasil -principal mercado- y problemas logísticos, pusieron a la maltería de Paysandú en cuestión. Ambev tiene una maltería de mayor escala y más competitiva en Nueva Palmira, que sigue sin problemas. La planta de Paysandú, en cambio, ha quedado rezagada en escala y tecnología, si bien se han hecho algunas inversiones. Además, hay un serio problema logístico: la malta uruguaya se destina al norte de Brasil, tiene que ir por barco, y Paysandú no tiene salida fácil; usar el puerto de Concepción del Uruguay (Argentina) es una posibilidad, pero no asegura la viabilidad.
Otros casos.
La industria frigorífica también está advirtiendo por los problemas de competitividad, mientras se mantiene firme la exportación en pie. Como es recurrente, manifiesta su preocupación por la confluencia del aumento de costos locales y la salida de ganado vivo. Limitarla -sabemos todos- es un error fatal; pero también es un error grave desconocer los problemas de competitividad y costos, incluyendo energía y logística portuaria (altos costos directos y una conflictividad permanente en el puerto, con imprevistos paros y disrupciones que hacen muy difícil sostener los negocios).
Y si lo del puerto es insostenible, qué puede decirse de la situación en la industria láctea. Esta semana Conaprole ha pedido explícitamente al gobierno que cumpla su tarea de garantizar relaciones laborales equilibradas y justas, cosa que obviamente no está sucediendo, con un sindicato en conflicto permanente que daña con costos millonarios al sector; costos que recaen -obviamente- en las espaldas de los productores.
Señales de advertencia.
El viernes el Banco Central informó que la economía uruguaya creció menos de lo previsto en 2025 y en el segundo semestre no creció (incluso podría haber retrocedido). Dado que las agroindustrias son un sector clave de la economía no puede dejar de relacionarse el dato con todo lo descripto.
Como factor común a todos los problemas, es bastante obvio que la fase industrial está presionada por un aumento del costo laboral en dólares inusitado. En la gráfica adjunta se muestra el aumento de 20% del último año y del 50% si lo comparamos con el promedio entre 2013 y 2023. Es cierto que el dólar se ha debilitado, pero no explica -ni de cerca- este explosivo aumento del costo del trabajo en Uruguay. Esto se comprueba con la evolución del Tipo de Cambio Real, que cayó 8% en el último año, con caídas más abruptas aún con China y EEUU (gráfica).
Obviamente, no son todas pálidas. En el sector forestal maderero se están concretando inversiones importantes de nuevas plantas de procesamiento de productos (Lumin, Urufor, Braspine) de madera que incluso han movido la aguja en la acumulación de capital industrial (gráfica). Ya con el sector celulósico plenamente desarrollado, le toca ahora al sector maderero avanzar con plantas más modernas que aspiran a abrir espacio en los mercados internacionales.
Esto no quita que la cadena maderera está afectada por problemas similares a los mencionados para los otros casos: costos altos en dólares, energía, logística y costos laborales que no se compensan con mayor productividad. Nuevas plantas con más inversión de capital y tecnología le dan al negocio y a los trabajadores un mejor desempeño, pero la economía tiene que acompañar, y no lo está haciendo.
Justo en estos momentos de tensión y dificultades, el país firma el acuerdo con la Unión Europea a través del Mercosur, un objetivo largamente buscado que ahora plantea el desafío de aprovecharlo, lo cual no puede hacerse de otra manera que con una economía más competitiva. Los pasos que se están dando no apuntan en ese sentido y algunos van en el sentido contrario, como la aspiración del ministerio de trabajo de establecer un requisito de aviso previo cuando una empresa decide recortar personal (Conaprole avisó con casi 1 año de antelación el cierre de su planta en Rivera, y se la “premió” con un conflicto cerril). El MTSS no está viendo el problema (o no lo quiere ver).
La producción del campo uruguayo está en un momento virtuoso y aprovechar eso para mantener y ampliar agroindustrias competitivas es una notable oportunidad para el empleo y el desarrollo social. Permite diversificar la economía, sofisticarla, generar innovación en procesos, productos, sistemas, energía, etc., etc.. Pero si no se abre espacio a relaciones laborales racionales y equilibradas, y los costos se encarecen de manera insostenible por desequilibrios macro, la oportunidad pasará y luego, solo quedará lamentarlo.