Historias que son cuentos

El incalculable valor del sabor…

Hay una parábola que dice: “si una rana se pone repentinamente en agua hirviendo, saltará, pero si la rana se pone en agua tibia que luego se lleva a ebullición lentamente, se acostumbrará y finalmente se cocerá hasta la muerte”.

Milagros Herrera.

Si vamos a cualquier carnicería o supermercado el kg de carne tiene precio.

Pero ¿Cuánto vale encontrase, una tardecita de verano, tomando mate y viendo un ganadito pastoreando a la fresca?

¿Qué precio le podría usted, a una madrugada de recorrida como dice el poema de Osiris Rodríguez Castillos: presenciando pariciones, igual que un Dios: de a caballo?

Y el ver a un hijo salir entusiasmado porque ese día toca aparte de acaballo, ¿que vale?

¿Usted cree que  podríamos vivir sin esas experiencias?

Seguramente, sí.

Pero ¿Cuán feliz sería nuestra vida en un mundo lleno de industrias tecnológicas que sustituyan a nuestra cría natural de animales?

¿Nos daría lo mismo pedir una hamburguesa de carne perfectamente redonda y perfectamente sintética, que ver una tira de asado cocinarse lentamente a las brasas?

¿Nos excitaría de la misma forma seleccionar células madres en un laboratorio, que seleccionar aquellos animales que por sus virtudes genéticas nos hacen soñar con el ternero que anhelamos?

Seguramente hay gente que sí le daría lo mismo. Pero otros, los que elegimos las últimas no nos conformamos con las primeras, incluso sabiendo que no todo es color de rosa en este rubro.

El tema es que parece que todo avanza, y muy rápido, hacia un lugar que nos obliga a alejarnos  de la naturaleza y con ella todo lo que nos regala. Nos lleva a acostumbrarnos, como la rana de la fábula.

Si cada vez se crían menos animales de forma natural es garantido que cuando queramos disfrutar de sus frutos será también más caro y, por ello, más difícil de conseguir.

Una verdadera lástima porque nos veremos privados de una increíble forma de vida llena de estimulantes emociones.

La idea original de este artículo era compartir algunas reflexiones sobre el valor y el amor que tiene, por lo menos para mí, la producción ganadera como forma de vida. También como forma de vida económica.

Porque todos sabemos cuando vamos al supermercado y recorremos las heladeras, que todo tiene su precio.

Desde el caracú para hacer un rico puchero, a la nalga para unas milanesas, a una colita de cuadril para hacer un asado en familia o con amigos.

Además, todo perfectamente fraccionado, medido, ni un gramo de más o de menos de lo que dice la etiqueta.

Nadie puede dudar así del precio de un kilo de carne proveniente de un animal criado en esta penillanura suavemente ondulada. Sobre eso, no hay dudas.

Ahora, cuando salimos a recorrer los animales en el medio del campo, o cuando presenciamos la parición, o vemos levantarse la polvareda tras una tropa llegando a las mangas ¿Qué precio tiene eso?

Cuando recorremos kilómetros y kilómetros de ruta y vemos al costado de ella rodeos de ganado pastando tranquilamente, o  bajo la sombra de algún monte, o verdeando con el agua por las costillas en un tajamar, formando un paisaje espectacular y tan nuestro ¿no vale nada?

Cuando un hombre de campo ve entreverado en el rodeo un animal abichado y en milésimas de segundo hace un majestuoso tiro de lazo para curarlo llenándose  de orgullo campero ¿Cuánto cuesta?

Cuando llegamos “molidos” del campo y nos sentamos en silencio, bajo un alero, a disfrutar un mate y contemplar el atardecer entre algún mugido que nos llega de lejos ¿Cuánta plata vale eso?

La verdad que no lo sé, pero seguro tiene valor, aunque resulte casi imposible traducirlo a un número específico de plata.

Imagine conmigo esto: sube a caballo y al ritmo del tranco, recorre un campo verde, llega un bajo que le refresca hasta el alma, se detiene para que el caballo tome unos tragos de agua, y sigue. Mas allá un rodeo de cría, terneros nuevitos retozando entre ellos, las vacas madres ajenas al juego comen tranquilas. Entreverados en el rodeo  algunos caballos que, siempre más atentos, levantan la cabeza y paran las orejas a su llegada. Algún relincho musicaliza la escena para avisarle a los demás de su presencia. La tarde está cayendo, y sobre los pajonales que bordean el arroyo  refleja el tono dorado de los últimos rayos de sol…

Solo imaginarlo, ¿no le da algo de placer?

Si lo vivió, estará de acuerdo conmigo, en que estos recuerdos no son solo imágenes. Tienen  contenido afectivo.

De hecho son parte de lo que nos hace felices, nos distrae de lo malo, y nos rescata en las otras.

Seguramente tengamos muchos otros recuerdos útiles y que nada tienen que ver con lo rural, pero los que en el campo se originan, son sin lugar a duda, muy diferentes.

Entre otras cosas porque pueden ser más emocionantes, porque los paisajes cambian permanentemente, porque se presentan distintas situaciones y desafíos todos los días,  porque son más variados que por ejemplo los de la vida urbana. Tan variados como la misma naturaleza que los origina.

Al final por muchas razones, pero en resumen “porque sí”.

Porque esa forma de vida rural, esa forma de cría natural de los animales, esas cañadas frescas, praderas verdes, campos naturales, montes de abrigo etc, donde todo se desarrolla, nos da a nosotros la posibilidad de ser más felices.

Al fin y al cabo se trata de eso, y cuantas más posibilidades tengamos más cerca de lograrlo estaremos.

Así que le propongo que, cuando alguien le cuente que un Sr Norteamericano muy famoso, desconociendo nuestro país, dijo que debería usted comer carne 100% sintética y que uno puede acostumbrarse a la diferencia de sabor, podríamos pensar si el precio será solamente acostumbrarnos a un sabor o perderemos cosas invaluables… cual rana hervida…

Basado en: Artículo sobre la Naturaleza: con valor o precio, por Claudio Bertonatti