Opinión

Hay que comer

La crisis por el Coronavirus pasará, pero los costos son difíciles de estimar y -seguramente- aún no se ha visto lo peor. Por eso hay que mantener -más que nunca- las medidas sanitarias para reducir el contagio. Y no olvidar que -antes de la epidemia- Uruguay tenía serios problemas de competitividad que habrá que volver a encarar. Mientras, “a parar la olla”.

Ing. Agr. MBA, Nicolás Lussich.

La economía está seriamente impactada por la epidemia del Coronavirus, pero en el campo las tareas siguen, porque no pueden parar y porque no es razonable hacerlo: la situación sanitaria es grave en todo el mundo, pero la población -más que nunca- necesita seguir alimentándose.

En la tierra las tareas no implican grandes aglomeraciones, pero el trabajo es abundante aunque esté ‘disperso’ en cada establecimiento. Una cosecha acá, un silo allá, una siembra de pradera en otro lado: mucha actividad, pero sin juntarse demasiado, lo que reduce el riesgo de contagiar el virus. Por mucho tiempo este rasgo del trabajo rural – distribuido en el territorio- ha sido malinterpretado por conspicuos observadores urbanos, que hablan de poca gente en el campo, “desiertos” de soja o bosques sin gente. Es cierto que la población rural ha bajado en las últimas décadas, en todo el mundo. Pero el campo sigue siendo un ámbito clave de generación de empleo, directo e indirecto.

Y como el campo está integrado a la economía global, está recibiendo el efecto de la recesión económica que se ha instalado, fuera y dentro de fronteras. La epidemia por Coronavirus sigue avanzando y ya tiene a EEUU como epicentro. Dicho país es la cuarta parte de la economía global, por lo que su situación -cada vez más complicada- está afectando profundamente a todo el resto. A esto se suma la crisis en Europa y las dificultades en la región.

Primeros datos. La pandemia tomó a la economía uruguaya escorada: sin crecimiento y con un déficit fiscal récord (5% del PBI). En este escenario los agronegocios se muestran relativamente más firmes que otros sectores: los datos de exportaciones de bienes en marzo (una baja de 8%) no son tan malos, si se considera la situación general de la economía. Las ventas de carnes y lácteos prácticamente se mantuvieron y hubo un impulso importante de las ventas de granos, aunque esto puede tener explicaciones zafrales transitorias. En cualquier caso, el dato de marzo es apenas inicial: el impacto de la epidemia en el comercio se irá viendo a medida que pasen los meses.

El aumento del dólar ayuda a los exportadores y con ellos al resto de la economía. Se venía de tiempos de retraso cambiario y la corrección es razonable para mantener precios relativos mejor fundamentados. De todas formas, la suba del dólar no garantiza de por sí una mejora de la competitividad, pues otros países compradores y competidores también devalúan sus monedas frente al dólar (caso de Brasil y Australia). En el cuadro adjunto se muestra el efecto de la suba del dólar en el valor real de las exportaciones: si bien modera la caída, no la neutraliza totalmente. Lo clave es que sigan abiertos los mercados y se abran otros -si esto es posible-, al tiempo que se reducen aranceles. Lamentablemente, en tiempos de epidemia, el reflejo de muchos países es cerrarse, no solo en lo sanitario sino también en lo comercial, y falta liderazgo global para neutralizar esto e ir por el camino de la apertura y el intercambio. Por todo esto, seguramente la situación empeorará antes de mejorar.

Caso a caso. En el sector cárnico la realidad es preocupante: la faena ya venía cayendo (26% en el primer trimestre) y la crisis por la epidemia la hará retroceder más. A eso se suma la decisión unilateral del sindicato (la FOICA) que decidió parar y afectó a varias plantas. En las plantas industriales sí hay aglomeración y -por tanto- preocupación de los obreros por su salud, algo comprensible, Pero los frigoríficos tienen mecanismos de inocuidad muy estrictos, vigentes desde antes de la pandemia. Con algunas adaptaciones, el ámbito de trabajo se preserva seguro y se puede seguir la actividad. El paro complica las exportaciones y también el abasto interno.

Las exportaciones cárnicas están en serios problemas. China ha retomado algunas compras, especialmente desde las industrias procesadoras, pero la demanda de carne para gastronomía y restoranes (food service), aún está deprimida y le costará levantarse.
En Europa la situación es crítica ante el derrumbe del consumo y el cierre de restoranes; posiblemente no se cumpla la emblemática Cuota Hilton. Se sostienen algunos envíos, pero no está claro cómo se configuran los negocios, hechos o por hacer. Los importadores intentan recomponer las condiciones para poder trabajar la carne que está llegando, pero son pocos los que respetaron los contratos firmados antes de la epidemia; otros piden plazo, varios piden bajar el precio, y algunos directamente incumplieron. De uno y otro lado del Atlántico se espera que la UE otorgue créditos para recomponer la cadena de pagos.

En la agricultura los precios lograron sostenerse en las primeras semanas de la epidemia, pero comienzan a verse los efectos de la crisis. Es que la demanda está resentida: por un lado, la producción maicera en EEUU -clave en el mercado global de todos los granos- enfrenta la incertidumbre que genera el derrumbe del precio del petróleo y su impacto en el mercado de etanol, destino importante de la producción de maíz. Esta semana el petróleo recuperó terreno, ante un posible acuerdo entre Arabia Saudita y Rusia para reducir la producción, lo que podría darle mayor sostén al maíz. A su vez, los rendimientos locales han sido buenos a muy buenos, a pesar de la sequía que afectó el sur del Uruguay. Muchos maiceros tendrán buenos resultados, en un cultivo que ha incorporado mucha tecnología.

En soja los precios han cedido, pues si bien la demanda -con vaivenes- se mantiene, la oferta se muestra pujante y Brasil -particularmente- está con una gran cosecha y moneda devaluada, presionando el precio FOB regional y global. Para el agricultor uruguayo los 305 U$S/ton que se están ofreciendo por la oleaginosa no son satisfactorios y se han concretado pocos negocios, a la espera de un “rebote”, con los consabidos riesgos que esta dilación implica. Además, los rendimientos -desparejos- no son los del año pasado. Deberían concretarse más negocios hacia mayo, por los compromisos financieros existentes.

Para los cultivos de invierno el escenario no es mejor: el precio del trigo que ofrecen los compradores -menos de 165 US$/ton- no es atractivo y hay pocos negocios. La cebada -que hasta ahora se perfilaba mejor- enfrenta una caída en la demanda de malta en Brasil, el mercado excluyente. Con la epidemia de Coronavirus el turismo se desplomó y con él el consumo de cerveza, por lo que el área de cebada podría resentirse. No va a ser un año fácil en las chacras.

Alimentos. Mientras la economía retrocede gravemente y con ella el empleo, se divulgó el dato de inflación de marzo, que no resultó tan malo como se temía: la inflación anual -medida por el IPC- quedó en 9,2%, un aumento importante aunque sin llegar al 10%. Con una suba anual del dólar de 30%, no podía esperarse una inflación más baja.

Pero la situación que vivimos es excepcional y hay que tenerla en cuanta al “leer” el IPC (Índice de Precios del Consumo). Éste refleja una canasta de consumo promedio para una situación normal, pero hoy las compras de vestimentas, servicios recreativos, autos, repuestos, etc., etc…, son casi nulas: lo clave son los alimentos, y éstos han subido 14,2% en el último año. Es un golpe duro, en especial para los que se han quedado sin ingresos. Por algo se han desplegado iniciativas alimentarias a todo nivel: desde agroindustrias aportando arroz, fideos, carne, hasta gente en los clubes y en los barrios armando canastas para distribuir entre los más necesitados.

Ante este problema, hay que reafirmar que los problemas alimentarios se superan con oferta, como lo ha hecho el mundo en estos últimos años. Por eso los controles de precio son un tiro por la culata: genera una falsa sensación de contención y afecta seriamente la producción, generando incertidumbre a la cadena productiva. No quiere decir esto permanecer pasivo: el gobierno ha hecho bien en advertir que está atento y divulga precios para exponer abusos.

Los problemas de carestía alimentaria no se dan porque falten alimentos, sino porque cae el ingreso. Por eso es clave que las ayudas y partidas de emergencia que el gobierno está impulsando tengan la mayor eficacia y lleguen a los que efectivamente lo precisan. Más producción y ayuda a los que no tienen es la combinación lógica y genuina.

En este escenario, tener a la carne como componente básico de la canasta alimentaria es una suerte: por un corte o por otro, es difícil superarla en su relación calidad / precio, a pesar de los aumentos de los últimos meses. Lo mismo puede decirse para los lácteos e incluso las frutas y verduras: las que están caras no se venden y las otras defienden el bolsillo. Por eso, a parar la olla, que ya vendrán tiempos mejores.