Lechería / Opinión

Lechería: crecer pese a todo

A pesar de la pandemia y las dificultades de clima, costos y mercados, la producción lechera creció 5% en 2020 y espera que los precios internacionales de los productos lácteos acompañen la fuerte suba de los granos. Hay temas financieros pendientes y preocupa la situación de los productores más chicos, pero el sector vuelve a tener perspectivas interesantes.

Por Nicolás Lussich, Ing. Agr. MBA

La lechería es un ejemplo de consenso en Uruguay como sector pujante y de permanente progreso: la producción de los tambos ha tenido avances notables, lo que ha permitido sostener un sector industrial muy importante, con Conaprole como empresa líder y principal exportadora del país, a la que se suman otras industrias de diverso perfil y porte.

La propia producción en los tambos es una verdadera industria, por su sofisticación y complejidad: en los tambos hay que articular sanidad, energía, manejo de pasturas, nutrición, calidad del producto, gestión del personal, finanzas, etc. etc.. Cualquier tambo de cierto porte es una empresa con la dinámica y el valor de una industria mediana en la ciudad, con la virtud agregada de motivar desarrollo territorial, descentralización, infraestructura.

En 2020 la producción lechera se recuperó notablemente y marcó un nuevo récord, llegando a 2.070 millones de litros remitidos (un crecimiento de 5%). La modesta reducción de los costos y el permanente empuje de la productividad, por escala y por desempeño de los rodeos, permitió volver a la senda del crecimiento, a pesar de que los precios al productor no avanzaron mayormente (la suba promedio en pesos corrientes fue de 7%).

El sector –contrariamente a lo que sucede en la carne- paga la producción en pesos, pero es claro que tiene un perfil netamente exportador. Por lo tanto, más temprano que tarde, una suba en los precios externos o la mejora en la cotización del dólar, le resulta positivo, porque ayuda a reducir algunos costos en moneda local, al medirlos en dólares. Además, se mantuvo el precio de los combustibles, bajó el precio de los fertilizantes y otros costos también ayudaron a una mejor ecuación, sin ser holgada.

El Índice de Poder de Compra de la leche (una relación entre el precio medio recibido y una canasta de insumos), que calcula el INALE, se mantuvo en 2020 respecto a 2019, aunque aún está lejos de los “buenos tiempos” del 2014 y años previos. El índice se ubica en 75, cuando promedió 94 en 2014. Los resultados de los establecimientos lecheros de FUCREA, que habían llegado a ingresos de capital de 400 U$S/ha entre 2010 y 2014, cayeron a 200 y han tenido una paulatina recuperación hasta llegar a 272 U$S/ha en el último ejercicio 2019/2020 (sin costo de capital ni de arrendamiento).

La incidencia del clima fue ambigua en el último año. El tiempo seco beneficia la operativa de los tambos, al haber menos barro, mejor sanidad y vacas que se adaptan bien a los días más fríos y más soleados. Esto es bueno siempre que la base forrajera no se afecte en demasía, y aquí es donde emergen las preocupaciones: se venía de un ciclo seco en el verano previo, se consumieron muchas reservas y –si bien los últimos meses la producción subió- el nuevo período seco acotó la acumulación de reservas de primavera y las que se hicieron se están consumiendo en forma más prematura. Esto hace que los establecimientos tengan que depender más de la comida “importada” (concentrados), pero justo cuando aumenta esta demanda, el precio del maíz ha dado un salto histórico, que complica las cuentas.

La producción lechera tiene en la alimentación el 70% de sus costos totales. Y la misma se basa en un trípode de pastos, reservas y suplementos. Si bien se busca el mayor equilibrio posible (el pasto de primavera es la comida más barata), al cerrar el ejercicio los suplementos llegan a responder por el 40% del costo total del tambo. Por tanto, si éstos se encarecen -como sucede ahora-  la ecuación económica puede caer en rojo (para varios ya ha sucedido). En los últimos 6 meses el precio de los concentrados ha subido en torno a 20%, lo que implica una suba del costo total de producir leche de alrededor de 8%; y es esperable que siga el aumento.

La suba en el precio internacional del maíz tiene sus fundamentos, pero lo que no era previsible es que Argentina (principal proveedor de maíz importado en Uruguay) trancara las ventas, para cuidar la oferta interna. La medida ha tenido marchas y contramarchas y finalmente se suspendió, pero quedan resquemores e incertidumbres. Y si no hay acceso fluido al maíz regional, tambos y feedlot se verán en problemas. Esto no desmerece el notable avance de la producción uruguaya de maíz, que con aumentos de áreas y rendimientos, ha permitido que los tambos cuenten con abundante oferta local.

Para paliar la situación, CONAPROLE decidió establecer un programa de financiamiento sin intereses para la compra de raciones y concentrados, hasta fin de mes. Se podrá pagar en 3 cuotas a partir de setiembre. El objetivo es fortalecer el estado de las vacas para las pariciones de otoño, y que no decaiga la producción. A pesar de las dificultades, la remisión a Conaprole en diciembre se ubicó 9% arriba de lo registrado en el mismo mes del año anterior.

El lado positivo. El aumento en los precios internacionales de los granos puede causar dolores de cabeza a los productores lecheros a corto plazo, pero debería motivar un consecuente aumento en los valores de las carnes y los productos lácteos: en todo el mundo –y en bastante mayor proporción que en Uruguay- la producción lechera se basa en granos y raciones; las vacas de los tambos en EEUU y Europa pasan la mayor parte del tiempo confinadas, comiendo maíz y otros concentrados. Es casi imposible que los precios internacionales de los lácteos se mantengan con el empuje histórico que está teniendo el precio del maíz y el resto de los productos agrícolas. De hecho, ya el último remate de productos lácteos en Nueva Zelanda (en el Global Dairy Trade) marca una fuerte suba, que hizo que la leche en polvo entera dejara atrás los 3.000 U$S/ton y rumbeara 10% arriba; si los granos siguen firmes, el precio debería seguir subiendo.

Problemas de fondos. Mientras los mercados parecen sonreír, hay problemas financieros por resolver. El sector lácteo venía acumulando un endeudamiento importante y herramientas como el Fogale y el FFAL se han aplicado en los últimos años para ayudar a sobrellevarlo. Pero estos Fondos han generado problemas propios. El FFAL (Fondo de Financiamiento de la Actividad Lechera), va ya por su tercera versión (FFAL III). Es compulsivo (lo pagan los que precisan y los que no) y se financia con una alícuota sobre la producción de leche de todos los remitentes (0,77 centavos / litro). Este flujo respaldó un fideicomiso que sirvió para refinanciar deudas de varios productores por U$S 70 millones, en el cual invirtieron BROU y BBVA (acreedores); pero lo están pagando todos, incluso unos 200 que ya han pagado bastante más de lo que han recibido (o que no han recibido nada nunca, porque no necesitaron o comenzaron su actividad lechera más recientemente). Se trata de los productores que más han crecido en los últimos años y constituye una injusticia obvia, que ya se vislumbraba en 2015 (cuando se lanzó el Fondo) y se está intentando resolver (se necesita una ley). En el FFAL restan pagarse unos U$S 22 millones (un período de 2 años).

Por otra parte, el Fogale (Fondo de Garantía de la Lechería) se constituye con una alícuota de 2,7 $/l sobre la leche consumo. Ya unos 700 productores han recurrido al Fogale para refinanciar su endeudamiento (usando unos U$S 14 millones). Dicho fondo tiene hoy libres unos U$S 18 millones para seguir financiando a productores en problemas. Se resolvió aumentar el monto de deuda a garantizar (de U$S 25 a 125 mil) pero muchos productores no alcanzan a una producción suficiente (ratio producción / deuda) para acceder al financiamiento. El BROU tiene aquí la última palabra.

El financiamiento no soluciona en sí mismo problemas productivos y de baja rentabilidad. Si se aspira a una solución más fuerte, las propuestas deberían ser más potentes, aunque eso –por capital, intereses o plazo- alguien siempre lo paga. Vale remarcar que todas estas herramientas, que habitualmente se divulgan como “apoyos” al sector, muchas veces son interpretadas como subsidios por la opinión pública general, cuando lejos están de serlo. Mientras, el endeudamiento bancario total ha bajado en el último año, de U$S 262 a 244 millones. El sector aguarda que los precios mejoren. Hay fundamentos.