Historias

Una comparsa de esquila bien celeste y familiar

Una pareja oriunda de Tacuarembó decidió fundar su propia comparsa

Beatriz Rosa y Ramón Vigo se conocen desde la adolescencia, pero hace ocho años que son pareja

Manuela García Pintos

Él, con 30 años de experiencia, fue uno de los primeros esquiladores en viajar al exterior para realizar la contrazafra; ella es de las pocas mujeres que trabaja en el oficio acondicionando lana. Se conocen desde los 18, pero son pareja hace ocho años y desde hace cuatro trabajan como equipo en su comparsa de esquila.

Ramón Vigo (49 años) y Beatriz Rosa (46) son oriundos de Tacuarembó, de Pueblo Centenario y Paso de los Toros respectivamente. Se conocieron en su adolescencia, cuando Vigo con 18 años daba sus primeros pasos como esquilador. Ambos trabajaban en una estancia de la zona, él como peón y ella en la cocina. El propio oficio obligó a Vigo a viajar a Rocha para continuar esquilando y perdieron contacto. El reencuentro se dio hace ocho años en una carrera de caballos en Sarandí de Navarro.

Rosa se dedica al acondicionamiento de lana y trabaja junto a su esposo en la esquila. Trabajan como equipo desde hace cuatro años y hace dos que tienen grifa verde. Han viajado a España, a Chile, trabajan para el norte del país, para el sur y también en su zona.

El apoyo del Secretariado Uruguayo de la Lana (SUL) ha sido fundamental en la carrera de ambos trabajadores. Vigo aprendió el oficio a través de una escuela regional del SUL, en donde un técnico de Australia formó a 20 esquiladores en la esquila Tally Hi.

“Tuve la suerte de aprender con uno de esos maestros que fue José Pedro Roldan. Años más tarde Roldán le dijo a Bea (Beatriz Rosa) que sacara la grifa verde porque teníamos todas las condiciones para hacerla. Nos dio coraje y aquí estamos. Roldán nos impulsó a hacerlo y nos dijo que sí podíamos. En ese entonces para nosotros era un mito llegar a grifa verde. Lo mismo con (Carlos) Piovani y todos los chicos nuevos del SUL”, dijo.

La facilidad que brinda trabajar en esta comparsa familiar es que ninguno tiene que abandonar el hogar para trabajar, sino que pueden viajar juntos. En Uruguay recorren desde establecimientos en Paysandú hasta Maldonado y a veces han estado ausentes hasta dos meses.

“La diferencia es que somos una pareja que hace el trabajo, con la facilidad de que no tenemos que dejar nuestra casa para hacerlo. Esa es la parte más dura de ser esquilador, no es nada fácil porque no es un día, sino que varios, y a veces hasta meses. Pero lo que uno hace con esfuerzo y esmero no pesa tanto”, contó.

Si bien hoy el mercado lanero mundial está tambaleando y el local tiene una operativa casi nula, Rosa expresó que la cosecha de lana se sigue haciendo igual, y hasta de mejor manera porque cuanto mejor sea la calidad, mejor será el precio.

El trabajo de Rosa consiste en acondicionar la lana. La clasifica por finura, a ojo, quitando lo fino de lo grueso.

Lo primero que hay que hacer cuando el vellón está sobre la mesa es probar la resistencia de la lana es decir, que no reviente, porque una mecha de lana que reviente a la mitad no es una buena lana para llevar a la fábrica. Se fijan en el color, fundamental para el teñido. Se desbordan los costados, se le quita la parte de los sobacos y las verijas para que el producto llegue a la industria en buenas condiciones.

Al rubro llegó por medio de Ramón, quien la impulsó a estudiar y a hacer los cursos que brinda el SUL y el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional.

En Uruguay es muy difícil encontrar a una mujer que se dedique al trabajo en esquila, y según dijo Rosa ella es la única que lo hace en su departamento.

De hecho, esta pequeña cuadrilla prefiere el trabajo femenino, porque sostienen que manejan la lana con mayor delicadeza.

“Apostamos a la mano de obra femenina porque en el trabajo en mesa, el acondicionamiento, la mujer es más delicada. Los hombres, después de un rato, meten lana para aquí y para allá. Son más toscos. La mujer no; la mujer siempre presta la máxima calidad”, explicó Vigo.

Trabajan como cuadrilla y, dependiendo del establecimiento, realizan el trabajo que soliciten. Si se necesita más mano de obra contratan a otro esquilador o va la sobrina o la hermana de Rosa.

“Hacemos el trabajo que pidan, la esquila, el acondicionamiento, el corea de lana, la clasificación. Somos una pequeña empresa, de una o dos tijera, pero hacemos lo mismo que una de 12 tijeras. Tratamos de modernizarnos”, concluyó.

Prefirió no viajar. Hace unos 15 años que Uruguay exporta esquiladores, y cada vez lo hace en una cantidad mayor. Sin embargo, este año participar de ese trabajo se vio particularmente complicado debido a las restricciones que trajo la pandemia del covid-19, y Vigo optó por quedarse en casa.

Boom de la comparsa. Cuando sucedió el boom de la soja, Vigo trabajaba con un establecimiento que terminó siendo tapizado por la oleginosa. El que arrendaba ese campo se quedó sin tierras y lo que explotaba no le rendía. Por eso probaron suerte y se montaron su propia comparsa.

Buen desempeño. Los esquiladores uruguayos son muy requeridos porque cumplen con requisitos fundamentales, como el buen comportamiento y el conocimiento sobre Tally Hi, una técnica de esquila que prioriza el bienestar animal y, a la vez, una mejor calidad en la obtención del vellón.