Historias que son cuentos

Entre el zoom y la petiza piquetera, un campo de imaginación

Recuerdos y realidad se mezclan en el encuentro de dos generaciones en una mañana de esta “Nueva Normalidad” que todos vivimos en el medio del distanciamiento social responsable.

Milagros Herrera.

“¡Mamaaaaaá! mañana tengo clase a las ochooooo!”, avisa Diego con la ansiedad y entusiasmo que tiñen su voz.

Es algo natural. En voz alta comienza sus planes generalmente con un “¡mamaaaaá!”.

Se mantiene la tensión, cuando a lo lejos oigo: “Antes de acostarme  tengo que fijarme que no cambien la hora de la clase, ayer cuando prendí la computadora ya me perdí una. Y que me manden el link para el zoom. ¿Cuántos seremos en el grupo?”, todo de corrido en un monólogo al ritmo de la ansiedad. Y sigue… “Juan se conecta con su teléfono, aunque la última vez no tenía señal, Felipe con la computadora de la madre y Juan Martín con su computadora ¡que está tremenda!”. Entonces se habla a sí mismo pero en un tono que todos escuchamos: “Mejor me levanto a la 7 y vuelvo a revisar el mail”, para finalizar diciendo algo que sabía me lo iba a pedir: ¡Mamaaaaaá, si me duermo llámame a la 7 ¿taaaa?!”.

Obvio que no fue necesario que lo llamara.

Al día siguiente, antes de las 7, está levantado. Se baña, se viste, desayuna y vuelve a revisar el mail. Ahí está el link, sin cambios para su tranquilidad. Y la mía tambien.

Cuando está a punto de lustrase los zapatos lo miro y le digo: “Diego, sólo te van a ver la cara… es zoom…”. Obviamente que discute acaloradamente algo como que “nunca se sabe y es mejor estar pronto…”.

Pensé que debe estar nervioso por todo este sistema nuevo. Por la “Nueva Normalidad”, que también a ellos les llegó con esta pandemia.

Entonces, mis pensamientos se fueron lejos. Me lo imaginé en la misma situación, pero yendo a la Escuela Rural de La Cuchilla.

Y hasta en mi cabeza se reprodujo un dialogo, que seguramente sería algo así:

“¡Mamaaaaaá! mañana tengo clase a las ochooooo!”. Y continuaría, con la misma ansiedad: “antes de acostarme, me tengo que fijar que la petiza no se haya escapado del piquete. Ayer “la mañera” había desatado la piola que puse a la portera y estaba en el monte. Tengo que asegurarme que las alpargatas estén en la mochila para cambiarme las botas cuando llegue a la Escuela”.

Y, con la misma ansiedad y voz que denotaría una mezcla de entusiasmo y preocupación, se (me) preguntaría en voz alta: “¿Cuántos seremos en el camino?”. Y seguiría su monólogo: “Juan seguro va con su petizo, aunque la última vez estaba crecida la cañada y no le dio paso, Felipe con el caballo de siempre, que es del padre y Juan Martín con el suyo… ¡flor de pingo!”.

Sin dudas diría: “Mejor me levanto a la 6 y vuelvo a revisar el piquete”, para terminar la frase con el pedido, que seguro yo sabría que vendría:  “¡Mamaaaaá!, si me duermo llámame a la 6 ¿taaaa?”.

Obviamente que al día siguiente, antes de la 6 estaría levantado, bañado, vestido, desayunando y volvería a revisar el piquete. También obviamente ahí estaría la petiza, bien en el fondo del piquete… Se la vería venir, porque también ella sabe que tendría que ir a la escuela…

Y en eso. Mis pensamientos, se mezclan con la realidad y cuando está a punto de lustrase las botas, lo miro y le digo: “Diego, sólo te van a ver la cara… es zoom…”.

Entre la imaginación y los recuerdos de mi propia infancia logré trasladarme a mi lugar en el mundo, donde estaba aquella petiza mañosa piquetera, que misteriosamente, a pesar de todos los inventos por mantenerla encerrada, amanecía afuera del piquete. Aquella, que cuando la miraba de lejos parecía que nada la inquietaba, hasta que uno agarraba el freno y daba un paso, ahí mismo iba a dar al fondo del monte. La misma que en la primera cañada del camino agachaba la cabeza como si fuera a tomar agua y nos descolgaba por arriba de las cruces, una y mil veces.

Nobleza obliga reconocerle que el único momento en que nos poníamos de acuerdo con la petiza era cuando rumbeábamos para las casas. Ahí, ella se convertía en todo un pingo parejero y yo en una jinete profesional.

Otras veces, la vuelta era más larga de lo pensado, sobre todo en tardecitas de calor, donde cualquier arroyo era un paraíso de rastros y echaderos de animales, un cerro de piedra un seguro escondite de matreros, o un monte una guarida de indios. Todo podía ser una aventura. Claro que la verdadera aventura era llegar entre los rezongos de mamá preocupada porque se venía la noche y no llegaba… ¡qué mala se ponía¡ Y a la distancia ¡cuánta razón tenía! Vuelvo a sentir el contraste de la salida a la intemperie después de desayunar cerca de cocina económica, entre olores de leche hervida, humo de eucaliptus y el vapor de la ropa secándose frente a ella. Abrir la puerta, salir y todo aquel aire helado de golpe, se convertía sin duda en el mejor y  más eficaz despertador.

Aquellas mañanas tan frías que dolían las manos y los pies, tan frías que las sensaciones se confunden, las manos no se quieren mover y los pies parecen quemar. Resuena en mi cabeza la voz del viejo capataz “es frío sano mija…” y sé, era sano. Todo era más sano.

Entre el zoom de Diego y mi petiza piquetera pasaron muchas cosas, y quedaron muchas más que hoy como fotografías mentales, me permiten un campo de imaginación.