Ganadería / Historias

Mucho más que un problema de perros

Cuando el ataque de una jauría va mucho más allá del perjuicio a la majada: La cruda historia de vida de un productor rural de Lavalleja

Manuela García Pintos

Lamentablemente el perjuicio que los perros sueltos hacen a la producción –ovina en este caso– no es novedad. Tampoco el recurrente –y consecuente– problema que esto acarrea con los vecinos que, en el peor de los escenarios, termina en disputas por la responsabilidad de los canes.

Esta es la historia de Santiago Alfaro un productor familiar del norte de Lavalleja que, como tantos otros, ha sido víctima en reiteradas ocasiones del ataque de perros a su majada. Sin embargo, lo que lo diferencia del resto de los trabajadores rurales víctimas de este flagelo, es la cruda historia –larga y también triste– que le tocó vivir a causa de un enfrentamiento con los vecinos.

Notoriamente afectado por la situación, el ovinocultor narró a Rurales El País que a sus 14 años su padre se suicidó, luego de que un vecino lindero del campo le pegó un tiro y lo dejó inválido.

“Mi padre tenía un comercio en la ciudad, pero todos los fines de semana nos íbamos a campaña. Yo tenía 11 años y un día estábamos a caballo con mis hermanos y mi padre nos mandó irnos para la casa. Ese día el vecino le pegó un tiro a mi padre y de ahí quedo inválido”, recordó.

A partir de ese momento ocurrió un mundo de sucesos y tras la ausencia de la cabeza de familia, que dejó seis hijos por el camino, lo perdieron todo.

“El campo fue una odisea porque mi padre era muy cabeza de familia. Falleció y, por circunstancias de la vida, perdimos el campo. En ese momento yo tenía 14 años”, lamentó.

Raíces camperas. Sus raíces camperas provienen de su abuelo, quien le pasó el gusto por el campo a su padre y este a Alfaro, quien hoy se lo transmite a la cuarta generación, representada hoy por Camila, de ocho años.
Entre otras cuestiones, la pasión por el campo fue lo que le impidió continuar con sus estudios terciarios y a una temprana edad optó por irse a trabajar a campaña con una tía.

“Siempre me fascinó trabajar y vivir en el campo. Mi vida entera es el campo. Hice hasta 6° de liceo, pero con la cabeza en el campo. Hice solo un año en Montevideo, y no quise seguir estudiando. No pude, era solo campo”, contó.

Afortunadamente, a sus 20 años se hizo de una pequeña herencia de su padre que le dio para arrendar 100 hectáreas. Hoy, con 36, tiene 1.200 hectáreas.

“Es una historia larga y ese es el principal problema que tengo con los perros, que va mucho más allá del problema en sí que generan las jaurías”, dijo.

Confesó que “lo resigna” tener problema con los vecinos: “Pasó mal. Me angustia, me recuerda cosas que no quiero pensar. Me rehúso a tener problemas con vecinos, me rechina y me trae muy malos recuerdos de mi infancia y adolescencia, dijo.

Sacrificio. Alfaro produce en la sección N° 11 al norte de Lavalleja, aunque el último suceso ocurrió en un campo arrendado ubicado en la sección N° 7 de Treinta y Tres. Son dos campos iguales 600 hectáreas cada uno. En uno hace invernada y recría y en el otro cría a las majadas.

La familia se dedica “con mucho sacrificio” a la cría Merilín e integra la Sociedad de Criadores de la raza. Comenzó, junto a su suegro, con una majada de 200 cabezas y hoy cuenta con 500 madres en producción.

“No tenemos cabaña porque no tenemos tiempo para eso, pero se intenta poder llegar”, contó.
Hace ocho años tuvo a su hija Camila y ese fue el motivo por el cual se radicó en el campo de Lavalleja en el cual vive y produce actualmente.

Según comentó, trabaja junto a su señora, Adriana, y los padres de ella por lo que se define como productores familiares, porque “trabajamos entre nosotros”.

“Somos productores familiares como todos. Más que una empresa es un emprendimiento familiar”, indicó.

Desde hace unos seis años aproximadamente la familia Alfaro ha padecido continuamente el ataque de jaurías a su majada.

“En seis años perdí más de 300 lanares y todo el desgaste que eso conlleva, como los malos momentos familiares. Es poco, pero es mucho trabajo lo que pasas con el lanar”, comentó.

En algunos casos ha logrado que los vecinos se hagan cargo del daño que ocasionan los perros, pero lamentablemente no ha sido una tarea fácil, sobre todo, a la hora de enfrentar al dueño para reclamarle lo perdido.

“Es vergonzoso. Una persona que perjudica a su vecino no se le puede llamar productor . He pasado muy mal por culpa de los perros, me lleva a lugares que prefiero no recordar”, concluyó.

Panorama desolador. El último caso sucedió hace unas dos semanas. Los productores entraron al potrero, como lo hace diariamente en temporada de pariciones, y el campo estaba pintado de blanco y rojo. Alfaro se encontró con un panorama desolador: habían 50 corderos muertos y otros 20 más mordidos, que fallecieron horas más tarde.

“Una semana antes había hablado con el encargado porque había visto a los perros sueltos vagando. Le pedí que los atara porque las majadas estaban pariendo e íbamos a tener problemas”, recordó.

En esta ocasión, y afortunadamente, la vecina se hizo cargo de sus perros (a quienes los quitó de ese campo) y le prometió a Alfaro que le devolverá su producción en diciembre.

“Me quedó de entregar corderos destetados”, informó.

Una experiencia de “duele y cansa”

Hace unos seis años los perros de un vecino le mataron unos 50 lanares y desde hace al menos dos que sufre de mordeduras constantes en su majada.
De las ocho veces que padeció este problema en un año, en al menos dos de esas ocasiones, reconocieron a los perros, pero el vecino no se hizo cargo del suceso hasta que, un tercer vecino dio captura a los canes en su predio y el propietario no tuvo más remedio que acatar la denuncia de sus vecinos.
“Fueron casi dos años en los que pasé muy, muy, mal. Tenía miedo de enfrentarme con el vecino, con los dueños de los perros. Me da miedo porque tengo una historia de vida dura, que por eso la conté. Perdí las ganas de ir a ese campo arrendando. No quería, iba presionado porque tenía miedo de que me pasara algo. En los momentos de calentura una no hace cosas coherentes”, señaló.
Alfaro también hizo referencia a que criar ovejas da mucho trabajo e hizo hincapié en que “es muy injusto” que todo lo el tiempo y dinero dedicado durante todo el año desaparezca en una noche por culpa de una jauría de la que nadie se hace responsable.
“Cuidamos, encerramos los lanares salimos emponchados bajo la lluvia y bajo truenos recorriendo, mirando las ovejas parir, mirando si hay alguna que cayó mal… Estaba todo bien y en una noche ¡pimba! 70 corderos muertos. Es doloroso. Con todas las veces que me pasó estoy curado de espanto, pero duele. Duele y cansa. Cansa al punto de pensar muchas veces de terminar el rubro ovino”, lamentó.
Dejar de producir lanares y dedicarse exclusivamente a los vacunos es algo que se le ha pasado por la cabeza en más de una ocasión.
“Pienso en la gravedad del asunto y pienso que si no hacen algo se va a terminar el rubro ovino”, concluyó.