Ganadería / Opinión

De carne somos

El aumento reciente en el precio de la carne es reflejo de un escenario auspicioso para el sector y para el Uruguay. El lado complicado es su incidencia en la inflación. Y dada la alta indexación de precios en la economía uruguaya, un problema circunstancial se agranda más de lo que es.

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

Los uruguayos tienen que acostumbrarse a pagar más cara al carne”, dijo esta semana el presidente del INAC, Federico Stanham. No es asunto fácil: somos los mayores consumidores del mundo de carne vacuna, a pesar de que en los últimos meses -por el aumento de precios- el consumo ha cedido y está por debajo de los máximos históricos.

La carne ya venía valorizada por el buen desempeño del sector exportador: el producto uruguayo ha logrado posicionarse en forma destacada en Europa y otros mercados, y las exportaciones subieron a niveles récord este año por la demanda china, que ya crecía firme y se aceleró por la crisis sanitaria (fiebre porcina). Dado que el mercado interno arbitra con la exportación (algo sano y lógico), el precio al consumo local subió de manera drástica, aunque no tanto como el precio al productor (cuadro). Todo indica que en las fiestas, el tradicional asado estará de todas formas, pero en el consumo anual el aumento se sentirá.

En cualquier caso, el aumento en los precios de la carne trae más beneficios que problemas: los ingresos por exportaciones aumentan (llegaron a un récord, como se ve en la gráfica) y eso derrama en las industrias, trabajadores, proveedores y productores, y luego indirectamente en la sociedad, especialmente en los pueblos y ciudades del interior. Que la carne valga siempre es buena noticia para el Uruguay, a no confundirse. Y es un sector que agrega valor desde el campo al plato. Sí hay que lamentar la menor faena, aunque eso tiene explicación: las exportaciones en pie de hace 2 y 3 años “se llevaron” los novillos que deberían estar faenándose hoy. La posibilidad de exportar en pie es clave para los criadores y es hoy la garantía para recomponer la oferta desde la cría y generar más volumen.

Se suele comprar la carne con el turismo, para ver qué sector ingresa más dinero, una comparación algo antojadiza que -sin embargo- ilustra dinámicas interesantes. En el caso del turismo, el ingreso de los últimos años es cercano a los US$ 2.000 millones anuales, aunque a eso habría que restar lo que gastan los uruguayos haciendo turismo fuera, cifra que ha venido subiendo y llega a casi US$ 800 millones. El neto da -de todos modos- una cifra contundente, superior a los US$ 1.000 millones. Muy importante.

En el caso de la carne, Uruguay cerrará el año con exportaciones cercanas a US$ 2.200 millones, la enorme mayoría carne vacuna. A eso habría que restar la importación, históricamente muy baja pero que ha subido en los últimos años, justamente por la suba del precio local que ha hecho conveniente importar carnes; históricamente Uruguay importa principalmente carne de cerdo, pero en los últimos meses ha subido la importación de carne vacuna desde Brasil y Paraguay, que resultaba más barata y de buena relación calidad / precio para los paladares orientales. En la medida que estos países comenzaron a arbitrar también con precios de exportación al alza, la importación ha bajado el ritmo. Aun así, el año cierra con importaciones cárnicas (de todos los tipos) superiores a 80.000 toneladas (gráfica). Esto implica que 1 de cada 4 quilos de carne consumidos este año habrá sido de carne importada ¿quién lo diría? En dólares, la cifra es cercana a los US$ 250 millones, de lo cual surge un “saldo neto” de ingresos por carnes cercano a US$ 1.950 millones, lo que pone al sector cárnico como de los principales -sino el principal- de la economía. La comparación es una simple curiosidad, aunque hay que destacar que el turismo es una vía de difusión para las carnes extraordinaria: quienes llegan a visitar Uruguay -en especial desde el hemisferio norte- y consumen nuestras carnes, las recomiendan y quieren tenerlas en su país de origen.

Alertas recientes. Para 2020 el escenario tiene desafíos: China redujo las compras en las últimas semanas, los precios de exportación bajaron (siguen altos, pero debajo de los récord de las semanas previas) y eso se trasladó al productor y los consumidores. Para quienes conocen el mercado chino, no sorprende: una vez que se abastecieron bien -pagando precios altísimos y con ayuda financiera del gobierno- los importadores chinos frenaron las compras, con el claro objetivo de recomponer posiciones y comenzar a negociar nuevas compras a precios inferiores. Otro factor que juega en contra para 2020 es la reducción de la cuota 481 con la UE, que caerá casi a la mitad (de 11.250 a 6.625 toneladas). Este asunto es muy significativo: esta cuota de carne de calidad sin aranceles fue uno de los principales motivadores de la expansión de los feedlot, los engordes para terminación a grano de los vacunos, herramienta que mejora sustancialmente la calidad de las carnes por dieta y por edad de faena, al acelerar el ciclo de producción. Los feedlot apuntalan el mercado de reposición y permiten un precio final destacado.

Quienes trabajan en este sector ya están concretando alternativas, aunque no será sencillo sustituir la 481, que ha sido de los mejores negocios del sector cárnico en décadas. El asunto ilustra -una vez más- la necesidad de avanzar con acuerdos comerciales y acceder mejor a los mercados. Uruguay tiene el producto y las garantías, y la apertura reciente del mercado japonés es un buen ejemplo, pero para vender en Japón tenemos que pagar casi 40% de arancel; mientras, EEUU concretó su acuerdo comercial con Japón (histórico aliado, además) y comenzará a ingresar con sus carnes con aranceles más bajos y decrecientes. El que se queda quieto retrocede…

Carnes, inflación y salarios. Así las cosas, el precio de la carne al público bajó en los últimos días y -posiblemente- puede haber alguna baja adicional. Pero hay un problema: por el empuje del precio de la carne -y también en parte por el aumento del dólar- la inflación cerrará este año cerca del 9%, según estima CINVE. Y esa tasa será la referencia para los ajustes salariales del sector estatal, lo que -a la larga- indexará también las jubilaciones. Así, se da una suerte de reacción en cadena que resulta complicada: a partir de un aumento que -en parte- es circunstancial, se indexan los precios generales de la economía.

Para el próximo gobierno, este es todo un desafío: ¿cómo serán los ajustes? En la última ronda de Consejos de Salario el gobierno que se va planteó -acertadamente- un esquema de aumentos decrecientes, pero con cláusulas de protección que garantizan el mantenimiento del salario real, de manera que si el ajuste preestablecido no cubre la inflación, se corrige.

A nadie le gusta perder poder adquisitivo, pero peor es perder el empleo: en las circunstancias actuales seguir aumentando el salario real sin contrapartida clara de productividad puede ser negativo; y esto es lo que puede pasar si se indexa por una inflación que aumenta transitoriamente, no en sus fundamentos. La inflación -claro está- es a la larga un fenómeno monetario y se controla desde la política monetaria del Banco Central, pero la indexación extendida a varios niveles que tiene la economía uruguaya hace más difícil la tarea de bajarla.
Y como corolario, la amenaza permanente para el agro: si el Banco Central va a fondo y restringe aún más la política monetaria (esta semana bajó un punto la meta de expansión de medios de pago de 7-9% a 6-8%), repercutirá en el tipo de cambio, retrasándolo; más en una economía bi monetaria (peso y dólar) con un mercado cambiario pequeño.

El ministro Astori y el presidente del Central, Alberto Graña, han rechazado que exista atraso cambiario, argumentando que el tipo de cambio con el resto del mundo subió en los últimos años. Es cierto tomando los últimos años (gráfico), pero estamos muy por debajo de los niveles de fines de los 2000; además, la situación en Argentina y Brasil no puede ignorarse, como tampoco la inercia indexatoria de los precios en la economía uruguaya y los problemas fiscales (elevado gasto y elevado déficit) que son causa de fondo del atraso cambiario contumaz del Uruguay. Claro que con estos precios de la carne, es difícil argumentar que hay atraso cambiario, pero la carne no es el único sector de la economía y -en cualquier caso- merece trabajar con un tipo de cambio razonable, y acumular lo que le corresponde si así fuera. Reitero que la política del Banco Central es razonable: el dólar cerrará el año con una suba real cercana al 6% y la institución salió en las últimas horas a comprar dólares cuando la cotización aflojó, por circunstancias particulares del cierre del año (más demanda de pesos por empresas que tienen compromisos de pagos, algo de inversión en bonos en pesos, etc.). Pero a la larga, si no hay ayuda desde el frente fiscal, el Central está en el difícil equilibrio de controlar la inflación y que el dólar no se caiga. ¿Atraso cambiario? No creo en brujas, pero que las hay, las hay.