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Soja, vacas y árboles: la receta de Brasil ante el cambio climático

Marize Porto Costa apostó a reconvertir un campo que solo tenía pastos degradados; combinando actividades produce más, mejoró indicadores del suelo y su modelo ayuda a bajar las emisiones de gases.

En Brasil el maíz se siembra consociado con diferentes pasturas para que luego las aprovechen las vacas. Foto: Red ILPF

En Brasil el maíz se siembra consociado con diferentes pasturas para que luego las aprovechen las vacas. Foto: Red ILPF

La Nación – GDA | Cuando quedó viuda, Marize Porto Costa se enfrentó al dilema de qué hacer con el campo que le había dejado su marido en Goiás, en plena sabana del Cerrado brasileño. Habló con los técnicos del Embrapa, el organismo símil del INTA argentino y les preguntó si le convenía venderlo o producir algo. En una región difícil, suelos que combinan en distintos porcentajes arena y arcilla y una materia orgánica que en ese momento estaba en el 1,8%, los indicadores de ese campo netamente ganadero eran pobres. Tenía una carga animal de apenas 0,5 cabeza por hectárea con pastos degradados. Porto Costa venía trabajando como odontóloga en San Pablo y se acercó al Embrapa sin prejuicios sobre qué hacer. La respuesta de los técnicos fue categórica: “no lo vendas, lo necesitamos”.

El modelo forma parte de políticas públicas como el Plan Sectorial para la Agricultura de Bajo Carbono y la línea de crédito del Programa ABC, que ofrece financiamiento a esta actividad al 4,5%. Además, existe una red de fomento a la ILPF integrada por diversas compañías, entre ellas John Deere. En Brasil sostienen que mantener pastos degradados es acelerar el proceso de emisión de los gases responsables del calentamiento global. Creen que de los 200 millones de hectáreas que hay en su sabana al menos en 70 millones hay pastos degradados. Y estiman que al menos 15 millones podrían recuperarse, una parte con la ILPF.

En el vecino país afirman que este modelo puede replicarse en el norte argentino.

El campo de Porto Costa, llamado Fazenda Santa Brígida, fue elegido hace unos días para hacer una jornada. Participaron 1200 personas. Se buscó mostrar el cambio que experimentó entre 2006 y 2016. Entre propias y alquiladas aquí se trabajan 2500 hectáreas. De ellas, 1500 son para agricultura, 1000 para ganadería y 100 hectáreas son forestales con eucaliptus.

Según se explicó en la jornada, con este modelo se optimiza el uso de la tierra. A modo de ejemplo, calculan que la producción que antes se podía obtener con 420 hectáreas hoy se consigue con un modelo de ILPF de 70 hectáreas, es decir, seis veces menos.

Con avión.

En el campo de Porto Costa es usual ver maíz con un pasto de brachiaria “adentro”. Cuando siembran maíz, en un tercer cajón de la sembradora se pone brachiaria para sembrarla al voleo. Esa brachiaria crece junto al maíz y cuando se levanta el maíz recibe animales para engorde. A la brachiaria también se la puede sembrar por avión o, en el caso de soja, cuando está en R6 hasta se recurre a una moto con un cajón montado en ella para hacerla al voleo.

Según los brasileños, la eventual competencia que puede hacer la brachiaria al maíz es reducida. Les importa su exploración de raíces y el posterior mayor rinde en una soja siguiente por mayor fertilidad en el suelo. Aquí han medido que una soja sobre brachiaria rinde 374 kilos más. Lourival Vilela, un técnico del Embrapa, calculó que tener una brachiaria “libera” 50% de la inversión en fertilizantes.

Sin descanso.

En resumen, en diez años Porto Costa no paró. De una carga de medio animal por hectárea pasó a cuatro. En todo Brasil el 70% de las explotaciones ganaderas tiene 1,25 o menos cabezas por hectárea. Y en el Cerrado en el 82% de los campos hay 1,25 cabezas o menos de esa marca por hectárea.

En carne el campo pasó de 69 a 730 kilos. Potenció la producción con pastos más productivos y sumaron un feedlot para la terminación. En agricultura, en soja el rinde subió de 2700 kilos a 3700/3800 kilos por hectárea, según la campaña. En maíz creció de 5400 a 10.800/11.000 kilos y con maíces de zafriña, de segunda cosecha, en torno de los 8000 kilos. Considerando todos los granos producidos, la producción aumentó 70 por ciento.

En el modelo de integración ponen, dependiendo del caso, de dos a cuatro líneas con eucaliptus. Entre una franja y otra de eucaliptus se deja 30 metros de distancia -o 60 metros según el caso- y en ellas se hace soja, maíz, girasol, sorgo o pasturas. Los eucaliptus se ponen en una dirección solar de este a oeste para que “el sol camine” y evitar el sombreado.

A modo de ejemplo, en el caso donde se ponen cuatro líneas de eucaliptus las dos líneas de afuera (más sensibles a los vientos) se cortan a los seis años y van para energía (carbón). Esas líneas se vuelven a implantar mientras se mantienen las otras dos centrales, que a los doce años se cortan para madera. Según los técnicos, este modelo de integración que suma a los árboles reduce 55% las emisiones de gases del calentamiento. Para 2025 el plan global de Brasil es emitir 37% menos de gases en la atmósfera respecto de 2005.

La integración mejoró la materia orgánica, que subió de 1,8 a 3,5 por ciento. A nivel económico la facturación se triplicó y además hubo un impacto social: el campo pasó de ocupar cuatro a 20 empleados.

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